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Las medusas y las anémonas también duermen, y su sueño se parece mucho al nuestro

Publicado: enero 6, 2026, 4:24 pm

Aunque a muchos les pueda parecer un lujo moderno, el sueño ya formaba parte de la vida mucho antes de que existieran los mamíferos, los pájaros o incluso los cerebros complejos. Y no en tierra firme, sino en un mundo tan ajeno a nosotros como el océano. Un estudio publicado en la revista ‘ Nature Communications ‘ revela que medusas y anémonas de mar duermen de una manera sorprendentemente parecida a la nuestra y que ese descanso cumple una función esencial: proteger el ADN de las neuronas. La idea de una medusa durmiendo puede resultar chocante, ya que no tienen cerebro, ojos y ni siquiera un sistema nervioso centralizado. Sin embargo, los investigadores han demostrado que estos animales primitivos entran en estados de reposo bien definidos, con menor actividad física y una mayor dificultad para reaccionar a estímulos. Además, si no duermen, se muestran ‘torpes’ y necesitan ‘recuperar’ el sueño perdido, igual que nos pasaría a nosotros. Cumplen todos los criterios que la ciencia utiliza para definir este estado de reposo total. El trabajo ha sido codirigido por los laboratorios de Lior Appelbaum y de Oren Levy en la Universidad Bar-Ilan (Israel). De hecho, el primero de ellos ya demostró en peces cebra , unos animales ideales para este tipo de estudios por su cuerpo transparente, que las neuronas acumulan daño en el ADN durante la vigilia y necesitan dormir para recuperarse. Ahora Appelbaum y Levy se han fijado en dos especies distintas de cnidarios (uno de los grupos animales más antiguos con neuronas): la medusa Cassiopea andromeda y la anémona marina Nematostella vectensis. Tras observarlas durante días, tanto en laboratorio como en su entorno natural, descubrieron que ambas duermen aproximadamente un tercio del día, una proporción muy similar a la de los seres humanos. Eso sí, lo hacen con horarios distintos: la medusa Cassiopea, de hábitos diurnos, duerme principalmente por la noche y se permite pequeñas siestas alrededor del mediodía; la anémona Nematostella, en cambio, descansa sobre todo durante el día y aumenta su actividad al amanecer y al atardecer. Cada una sigue su propio ritmo circadiano (ciclo biológico interno que regula el sueño y la vigilia, entre otros factores), pero la cantidad total de sueño se mantiene constante: unas ocho horas de media. El estudio también revela que los mecanismos que regulan el sueño ya estaban presentes hace cientos de millones de años. En las medusas, el descanso está controlado sobre todo por la luz ambiental y por la llamada presión homeostática del sueño: cuanto más tiempo permanecen despiertas, mayor es su necesidad de dormir. En las anémonas, además de esa presión, interviene un reloj circadiano interno similar al nuestro. Incluso la melatonina -la hormona que en los humanos se asocia al sueño nocturno- tiene un efecto conservado: administrada en el momento de mayor actividad, llevó al descanso tanto a medusas como a anémonas, independientemente de si eran diurnas o crepusculares. Pero el hallazgo más relevante va más allá de los horarios. Se conoce que durante la vigilia se crea daño en ADN por múltiples causas, entre ellas la actividad neuronal, el estrés oxidativo, el metabolismo y la radiación. Aunque este daño es perjudicial para todas las células, las neuronas requieren el sueño para evitar agresiones al genoma, posiblemente porque son células únicas que no se dividen. En la medusa y la anémona, los autores observaron que el sueño, efectivamente, reduce significativamente ese deterioro. Por el contrario, cuando se les priva de dormir, el daño genético aumentaba. Los autores también probaron a incrementar de forma artificial el deterioro con radiación ultravioleta o sustancias químicas mutagénicas (que hacen cambiar al ADN), y observaron que tanto la medusa como la anémona dormían más para compensarlo. «Este comportamiento, conocido como rebote del sueño, permitía la recuperación y la reducción de los niveles de daño en el ADN», explican los autores en un comunicado. La conclusión es clara: el sueño actúa como un mecanismo de mantenimiento celular, especialmente crucial para las neuronas, incluso aunque tenga contrapartida negativa. «Dormir tiene un coste evidente: nos deja indefensos», señalan los autores. Por ello, la persistencia del sueño a lo largo de la evolución ha sido uno de los grandes enigmas de la biología. Según este estudio, la función indispensable del sueño, que además de la reparación del ADN sirve para el descanso físico y emocional, así como ‘fábrica’ de recuerdos -mientras dormimos, fijamos nuestros recuerdos-, apareció muy pronto en la evolución animal y es tan crucial que compensó sus peligros inherentes. De hecho, son tan esenciales que ya estaban presentes en algunos de los primeros animales con neuronas del planeta. «Nuestros hallazgos sugieren que la capacidad del sueño para reducir el daño en el ADN neuronal es un rasgo ancestral ya presente en algunos de los animales más simples con sistema nervioso», señala Appelbaum. «El sueño pudo haber evolucionado originalmente para proporcionar un periodo consolidado de mantenimiento neuronal, una función tan fundamental que se ha conservado en todo el reino animal». En palabras de Appelbaum: «Dormir no es importante solo para el aprendizaje y la memoria, sino también para mantener sanas nuestras neuronas. El impulso evolutivo de conservar las neuronas que observamos en medusas y anémonas de mar es quizá una de las razones por las que el sueño sigue siendo esencial para los seres humanos hoy en día».

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