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La geopolítica convierte a 2026 en un año peligroso para los inversores

Publicado: enero 4, 2026, 5:30 am

El 2026 no será, previsiblemente, un mal año para los mercados financieros. Todo apunta a que la economía mundial seguirá creciendo a un ritmo moderado, la inflación permanecerá relativamente contenida y los beneficios empresariales continuarán aumentando en las principales economías desarrolladas. No hay señales claras de recesión global, ni de colapso financiero, ni de una burbuja generalizada a punto de estallar.

Y, sin embargo, 2026 se perfila como un año peligroso para muchos inversores. No tanto por lo que vaya a ocurrir en los mercados, sino por el contexto político y geopolítico que empieza a condicionar de forma creciente las decisiones económicas.

Tras varios años de rentabilidades elevadas, correcciones breves y una percepción generalizada de que los mercados “siempre acaban recuperándose”, el principal riesgo ya no es un shock económico clásico. El riesgo es que la política, el populismo fiscal y la rivalidad geopolítica pasen a desempeñar un papel central en la formación de precios, en la asignación de capital y en la percepción del riesgo.

El ejercicio arranca con varios focos de tensión activos y sin resolver que forman parte del paisaje económico desde el primer día del año. La guerra en Ucrania, iniciada en 2022, seguirá marcando la agenda de seguridad europea y condicionando el gasto público, la política energética y las decisiones industriales. El conflicto en Oriente Medio continuará influyendo sobre el equilibrio energético global, mientras que crisis prolongadas en Sudán y Myanmar seguirán afectando a materias primas, flujos comerciales y estabilidad regional.

En Asia-Pacífico, la situación en Taiwán permanecerá como uno de los principales puntos de fricción estratégica entre Estados Unidos y China. Las tensiones en el estrecho, junto con el endurecimiento de los controles tecnológicos y comerciales, seguirán pesando sobre la industria de semiconductores y las cadenas globales de suministro durante todo 2026. No se trata de un riesgo nuevo, pero sí de uno cada vez más integrado en las decisiones empresariales y de inversión.

Este entorno geopolítico convive, además, con un crecimiento económico que se mantiene, pero que descansa sobre bases cada vez más políticas. Diversos informes de gestoras y bancos internacionales coinciden en situar el crecimiento global en torno al 3%, un nivel similar al de 2025. Sin embargo, esa expansión se apoyará en una combinación de inversión masiva en inteligencia artificial, aumento del gasto en seguridad nacional y políticas fiscales crecientemente expansivas.

Según el análisis de la gestora francesa Carmignac, los gobiernos están optando por aplazar los ajustes estructurales mediante gasto público, subsidios y políticas de apoyo diseñadas para contener el descontento social. La baja productividad, el envejecimiento demográfico o la fragmentación de las cadenas de suministro siguen sin resolverse, mientras el recurso al estímulo fiscal se convierte en una respuesta recurrente. Este giro hacia políticas populistas no es aislado, sino cada vez más sincronizado a escala global.

La presión para los bancos centrales va en aumento

En este contexto, los bancos centrales se enfrentan a una presión creciente para sostener los mercados de deuda. La monetización de déficits, directa o indirecta, aparece como una herramienta cada vez más probable para evitar episodios de tensión abrupta en los mercados de bonos. No se trata necesariamente de un escenario de crisis inmediata, pero sí de un proceso acumulativo que introduce distorsiones y reduce los márgenes de maniobra futuros, especialmente en un entorno de tipos todavía elevados en términos reales.

Estados Unidos es un buen ejemplo. Las previsiones apuntan a una aceleración económica impulsada por nuevos paquetes fiscales, una política de desregulación financiera y unas condiciones monetarias más flexibles. Al mismo tiempo, la inflación podría estabilizarse en torno al 3%. El resultado es un escenario de crecimiento sólido y mercados fuertes que, sin embargo, convive con una percepción persistente de estancamiento entre los hogares.

Europa presenta un cuadro distinto, pero no menos dependiente del estímulo público. El crecimiento se verá apoyado por políticas fiscales activas, planes de inversión nacionales y la prolongación de los fondos europeos. La reciente adhesión de Bulgaria a la zona euro, efectiva desde el 1 de enero de 2026, simboliza tanto avances en integración como las tensiones internas del proyecto europeo en un contexto de polarización política y desinformación. Al mismo tiempo, la productividad sigue estancada y la desinflación muestra señales de agotamiento, lo que limita el margen de actuación del banco central.

A este escenario macroeconómico se superponen decisiones estratégicas con impacto directo sobre los mercados. A lo largo de 2026, las reuniones de la OPEP y sus aliados seguirán siendo determinantes para la evolución de los precios energéticos, especialmente tras la fuerte corrección del crudo registrada en 2025.

De la pugna entre EEUU y China… a Ucrania

La rivalidad entre Estados Unidos y China será otro foco constante de incertidumbre. El choque se intensificará en el terreno tecnológico, con nuevos controles a la exportación, tensiones comerciales y la consolidación de alianzas industriales selectivas.

El calendario político internacional añade, además, hitos relevantes. En julio de 2026, la cumbre de la OTAN en Ankara redefinirá prioridades en materia de defensa y seguridad en un contexto de guerra prolongada en Ucrania. Un mes antes, en junio, la reunión del G7 en Francia abordará la coordinación entre las principales economías avanzadas en un entorno de rivalidad entre bloques y creciente fragmentación geopolítica.

Más allá de cada evento concreto, el denominador común es un mundo que se aleja de la lógica de cooperación económica y se aproxima a una dinámica de suma cero. La frustración social derivada de un crecimiento desigual y la pérdida de poder adquisitivo alimentan políticas que priorizan el corto plazo. En ese entorno, los llamados “vigilantes de los bonos”, inversores que penalizan el exceso de endeudamiento, podrían volver a desempeñar un papel relevante, tensionando los mercados de deuda soberana.

El riesgo para 2026 no reside en un único acontecimiento, sino en la coexistencia y sincronización de múltiples frentes políticos, fiscales y geopolíticos. La economía puede seguir creciendo y las bolsas pueden resistir, pero el margen de error será más estrecho.

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