Publicado: junio 21, 2026, 12:23 pm
El doctor en Psicología y Ciencias de la Salud y primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, Javier Urra, advierte del peligro de quienes sobreprotegen a los hijos «por el deseo de evitar el sufrimiento».
Urra establece que esta sobreprotección «puede llegar a ser casi un maltrato» y provocar niños «frágiles, dependientes e incapaces de gestionar el fracaso» porque «detrás de muchas dinámicas de sobreprotección hay adultos que proyectan sobre sus hijos sus propios miedos al sufrimiento, al conflicto o al fracaso».
El psicólogo distingue entre protección legítima, que implica intervenir ante situaciones como pueden ser las de acoso escolar, e hiperprotección contraproducente que puede impedir al niño enfrentarse a los pequeños conflictos cotidianos que forman su carácter. «Un menor que nunca ha recibido una negativa firme tendrá serias dificultades para acatar normas en la vida adulta», ha argumentado.
Ha advertido, asimismo, de un «fenómeno cada vez más extendido» y que consiste en sustituir la autoridad por el «coleguismo». «Muchos progenitores se mueven en una nebulosa de familia democrática que confunde el afecto con la ausencia de límites, cuando la sanción no es lo opuesto al cariño, sino una parte esencial del proceso educativo», ha explicado Urra.
Para Urra se ha «pasado de hijos que temían a sus padres a padres que temen a sus hijos. Y esa inversión tiene un precio muy alto: lo pagan los niños». Considera que esa situación se traduce en inseguridad emocional en los menores, que crecen sin referentes adultos sólidos ni capacidad para autorregularse. Frente a esta tendencia de evitar la frustración del niño a toda costa, el especialista defiende la firmeza como forma de cuidado. El «no» es innegociable y no puede retirarse.
Además, el exceso de actividades extraescolares agrava el problema. Para Urra, eliminar el tiempo de juego y de convivencia familiar, se priva al niño de las experiencias donde aprende a entretenerse solo, a resolver pequeños conflictos y a construir su identidad al margen de la agenda que los adultos le imponen.
El experto cree que la disciplina no nace por generación espontánea, sino que se se construye desde la cotidianeidad, a través de hábitos sostenidos en el tiempo y de una exigencia proporcional a la edad. «Si esos fundamentos no se asientan durante la infancia y la adolescencia, difícilmente podrán incorporarse en la vida adulta. Enseñar a responder al deber y a la obligación, a convivir, a ceder y a afrontar los conflictos sin huir de ellos, son habilidades que no se adquieren en un aula extraescolar, sino en la vida familiar de cada día», considera el especialista.
A su juicio, «el reto de la crianza contemporánea no es proteger a los hijos de la vida, sino prepararlos para afrontarla». «Los padres no tienen que convertirse en ‘superhéroes’ capaces de evitar cualquier dificultad a sus hijos, sino en adultos capaces de acompañarlos mientras aprenden a tolerar la frustración, los límites y los conflictos cotidianos», ha concluido el doctor Urra.
