Publicado: agosto 16, 2026, 12:25 pm
La pérdida de apetito durante el verano y la preferencia por alimentos frescos no son casuales, sino que responden a la necesidad del organismo de combatir el calor. La directora del Departamento de Biomedicina y Odontología de la Universidad Europea de Andalucía, Cristina López, explica que se trata de una cuestión de supervivencia térmica: “Al ser animales homeotermos, el organismo lucha por mantener una temperatura interna de entre 36,5 y 37 °C, lo que obliga al hipotálamo a activar la vasodilatación y la sudoración. De este modo, la necesidad de enfriar el cuerpo prevalece sobre el hambre, lo que regula de forma automática nuestras demandas de comida”.
Digerir comidas pesadas deja además de ser una prioridad para el cuerpo, ya que el procesamiento de los alimentos genera calor interno. Según López, esta sobrecarga contribuye a que disminuya el apetito ante platos copiosos. “El calor modifica los circuitos hormonales relacionados con la leptina y la insulina, reduciendo la señal de hambre y ralentizando las digestiones para priorizar el flujo sanguíneo en la piel”, asegura.
La preferencia por alimentos fríos durante los meses de verano tiene también un importante componente sensorial. El profesor de Fisiología y Nutrición de la Universidad Europea, Fernando Mata, explica que “la temperatura de la comida modifica de inmediato nuestra percepción en el cerebro a través de los receptores TRPM8, que son sensibles al frío”. Esta estimulación nerviosa genera un alivio térmico instantáneo en los circuitos de recompensa y está también detrás del dolor de cabeza momentáneo conocido popularmente como “cerebro congelado” cuando se toma algo muy frío.
Pero el calor no solo modifica directamente el apetito. Las alteraciones del descanso durante las noches calurosas también pueden influir en nuestra alimentación. Dormir mal altera hormonas como el cortisol, la melatonina, la grelina y la leptina, lo que repercute en las decisiones a la hora de comer. “Una mala noche de sueño altera nuestras preferencias al día siguiente, incrementando la búsqueda de alimentos rápidos y azucarados, aunque el calor reduzca el apetito global”, explica Mata.
Ante las olas de calor, beber agua se convierte en un pilar fundamental para evitar la fatiga. Los expertos rechazan las teorías que sostienen que beber agua pura deshidrata al aumentar la diuresis. “Este fenómeno solo se produce al consumir grandes volúmenes de agua sin alimentos, ya que el organismo posee un sistema de regulación extremadamente fino”, señala Mata.
Sopas frías, sandías, gazpacho…
El profesor recomienda además priorizar la ingesta de líquidos a través de sopas frías, frutas como la sandía o el gazpacho, puesto que el aporte de sodio y minerales mejora notablemente la absorción del agua en las células. Tampoco conviene esperar exclusivamente a sentir sed para beber, ya que, según López, “esta aparece cuando ya existe cierto grado de deshidratación, un mecanismo que además está muy atenuado en las personas mayores”.
El cansancio característico de los días más calurosos tampoco tiene por qué responder a una falta de azúcar en sangre. “La fatiga típica de esta época también encuentra su explicación en el esfuerzo extra que debe realizar el sistema cardiovascular para mantenernos frescos”, apunta López. Este bajón suele ser consecuencia de la vasodilatación y de una ligera bajada de tensión.
Por eso, recurrir a bebidas cargadas de azúcar no sería la solución. “Las bebidas muy azucaradas pueden empeorar la hidratación al aumentar la carga en el estómago, ya que el verdadero problema ante el calor extremo no es de glucosa, sino de equilibrio hídrico”, advierte López.
Las pautas para combatir los efectos de las olas de calor deben combinar, en última instancia, medidas nutricionales y cronobiológicas. Además de cuidar la hidratación, los expertos recomiendan cenar ligero y evitar el ejercicio físico durante las horas centrales del día para proteger también el descanso.
