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El salto nuclear de Arabia Saudí que anticipa un nuevo dibujo regional en Oriente Medio

Publicado: julio 25, 2026, 8:23 am

El histórico acuerdo nuclear civil firmado entre EEUU y Arabia Saudí representa un punto de inflexión geopolítico que aspira a reconfigurar las alianzas en un Oriente Medio, una región nuevamente envuelta en una guerra que sigue golpeando la economía internacional y escenario de importantes cambios de fondo en los últimos años.

El pacto, estructurado como un Acuerdo 123 conforme a la Ley de Energía Atómica de EE. UU., otorga a Riad acceso a tecnología nuclear estadounidense y abre la puerta a un potencial enriquecimiento de uranio nacional tras un estudio de viabilidad de dos años. Este movimiento estratégico busca contrarrestar las ambiciones de Irán, asegurar lucrativos contratos para las corporaciones estadounidensesal abrir la puerta a contratos de ingeniería, suministro de reactores, formación técnica y gestión de infraestructura energética-, reforzar los lazos bilaterales con Riad y, sobre todo, bloquear el hueco que Rusia y China aspiraban a ocupar en ese mismo proyecto estratégico.

Acompañado de un pacto bilateral de salvaguardias, el texto abre la puerta a que empresas estadounidenses participen en el desarrollo del programa nuclear del reino, en una relación valorada en miles de millones de dólares a lo largo de varias décadas. El marco podría ofrecer a Riad una instalación que le permitiría enriquecer uranio en su propio territorio, un extremo que el comunicado oficial no confirma ni desmiente expresamente y que ha despertado recelos tanto en EEUU con las midterms a la vuelta de la esquina, legisladores estadounidenses de ambos partidos han expresado su oposición a la idea de un proyecto nuclear civil para Arabia Saudí, por el temor a que el enriquecimiento de uranio sea reversible hacia fines militares- como en su principal socio regional, Israel, que teme el inicio de una carrera armamentística en Oriente Medio.

Pero precisamente al día siguiente de su anuncio, el presidente estadounidense, Donald Trump, vinculaba la entrada en vigor del acuerdo a la adhesión de Arabia Saudí a los Acuerdos de Abraham, algo que el régimen ha descartado una y otra vez en los últimos meses hasta que no se produzca primero el establecimiento de un Estado palestino soberano e independiente. Ello convierte al pacto atómico en una herramienta de presión para que Riad acabe dando un paso histórico de reconocimiento mutuo con el Estado de Israel, consolidando un bloque unificado frente a las amenazas comunes.

Lo cierto es que después de lograr el respaldo de Emiratos, Baréin y Marruecos a los Acuerdos, en plena negociación bilateral entre Israel y Líbano, nada motiva a Trump más que dejar como legado la normalización de relaciones entre la monarquía saudí y su principal aliado regional y el ocaso del eje chií patrocinado por Irán e integrado por Hizbulá, los rebeldes yemeníes y resto de milicias chiíes afines en Irak y Siria, apoyado por Hamás, tras el desmoronamiento del régimen de Bachar al Asad en Siria.

Para el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, el acuerdo es la culminación de meses de negociación -intensificada tras su visita a Washington en noviembre de 2025- y una pieza central de su estrategia de diversificación económica más allá del petróleo. Pero el trasfondo es, sobre todo, estratégico: contar con tecnología nuclear propia -aunque sea de uso civil- sitúa a Arabia Saudí en una liga distinta dentro de la región, reforzando su papel de potencia dominante del golfo Pérsico frente a Emiratos Árabes Unidos, que ya opera su propia planta, y frente al propio Irán.

El telón de fondo de la guerra con la República Islámica

Nada de lo ocurrido esta semana puede leerse al margen del conflicto abierto entre EEUU, Israel e Irán. El acuerdo se produce mientras continúa la guerra contra Irán, que los aliados iniciaran a finales de febrero de 2026 y cuya tregua saltó hace dos semanas por los aires, en un contexto en que Trump ha insistido en que Teherán no debe poder desarrollar un arma nuclear, pese a que la República Islámica niega sistemáticamente tener esos planes.

El propio presidente estadounidense mantuvo conversaciones con líderes de Arabia Saudí, Qatar, Turquía, Egipto, Siria e Israel antes de anunciar avances en las negociaciones con Irán, lo que sitúa el pacto nuclear saudí como parte de un tablero más amplio de alianzas regionales frente a Teherán. En ese sentido, el acuerdo puede leerse como un instrumento de contención: Washington arma diplomática y tecnológicamente a su principal socio suní -que, como el resto de la región, ha sufrido las consecuencias de un conflicto que no era el suyo y hasta cierto punto ha sentido el desamparo de la Administración estadounidense- mientras libra una confrontación abierta con la República Islámica. “La oferta sería una forma de tener a los saudíes a bordo, y tranquilizarlos”, asegura a 20minutos el profesor de Política Internacional del centro universitario International Studies Abroad (ISA) Javier de la Puerta.

“Trump mantiene su estrategia de presión. Busca a través de la fuerza crear poder y autoridad en la región. Con Arabia Saudí, EEUU busca supervisar su programa nuclear y acercar a Riad a Israel, como parte de la reconfiguración regional impulsada por la guerra contra la República Islámica de Irán”, explica a 20minutos el analista político hispano-iraní Daniel Bashandeh. “Lo que pretendía ser una intervención para propiciar un nuevo poder en Irán ha derivado en un conflicto cada vez más prolongado, que obliga a Washington a aumentar sus recursos y la presión sobre los actores regionales. Mientras tanto, la República Islámica se reorganiza para garantizar su supervivencia e imponer costes a la estrategia de Trump”, concluye el especialista.

Relación con Irán: sin distensión a la vista

Para Teherán, el acuerdo llega en el peor momento posible: en plena guerra con EEUU e Israel, y ver cómo su rival regional por excelencia recibe respaldo estadounidense para un programa nuclear refuerza la narrativa iraní de doble rasero occidental, dado que Irán ha sido sometido a máxima presión y ataques militares por su propio programa. Lejos de facilitar un acercamiento saudí-iraní -que había avanzado notablemente desde el deshielo mediado por China en 2023-, el pacto puede reactivar la desconfianza mutua entre Riad y Teherán.

“Esto evidencia que no es una cuestión de que las autocracias o teocracias no deban tener la posibilidad de un desarrollo nuclear, sino que la problemática está ligada a la República Islámica en sí misma. Arabia Saudí tiene poco de democrática, de la misma manera que no se cuestiona la posibilidad de que Corea del Norte se desnuclearice”, reflexiona a 20minutos el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid y especialista en política exterior iraní Juan Carlos Pastor.

“Por lo tanto esto agrava (y refuerza) la autopercepción iraní como un país perjudicado por Occidente y apuntala la postura de las facciones ligadas a la línea dura dentro de Irán que perciben el desarrollo del programa nuclear como la única vía de supervivencia en la arena internacional. Evidentemente esto va a perjudicar las relaciones entre los dos países, con el agravante de que la superpotencia estadounidense permite a Riad tener un programa nuclear generando un enorme dilema de seguridad regional que no invita al desarme y la pacificación, sino al rearme y la confrontación”, concluye el investigador.

“Ahora mismo, Irán estaría rodeada de tres países con capacidades nucleares, Israel, Pakistán y Arabia Saudí, que son aliados de Washington. Esto no genera precisamente un ambiente de entendimiento, multilateralismo y distensión, sino todo lo contrario. Hay que tener en cuenta que, ahora mismo, la República Islámica solo concibe la geopolítica en cuestión de supervivencia y desde una perspectiva defensiva, por lo que no se espera que Teherán cambie de actitud en un tiempo cercano. Al menos no mientras no se resuelva la cuestión de Ormuz y el conflicto”, remata Pastor.

El riesgo de la carrera nuclear regional

El mayor riesgo señalado por analistas y parte de la clase política estadounidense es el efecto dominó. Si Arabia Saudí obtiene capacidad de enriquecimiento -aunque sea supervisada-, es previsible que reclame paridad con cualquier capacidad que Irán conserve tras el conflicto, alimentando una lógica de disuasión mutua en una región ya extremadamente volátil. Congresistas estadounidenses ya advertían en noviembre de 2025 de que permitir a Riad un camino hacia el arma nuclear sería “altamente desestabilizador” para Oriente Medio y podría llevar a otros países a reconsiderar sus propias opciones atómicas, en clara alusión a Turquía, Egipto o incluso Emiratos.

Además de convencer a la monarquía saudí de la necesidad de normalizar relaciones con Israel, Trump tiene ante sí el escollo de los recelos que el acuerdo despierta en Tel Aviv, a menos de cien días para las elecciones en el país. “Con este acuerdo, Trump ha dejado claro que el actual primer ministro iraelí, Benjamin Netanyahu, ya no cuenta políticamente para él. ¿Por qué? Porque el acuerdo con Mohamed Bin Salman significa: te ayudamos a llegar al umbral nuclear, pero tu reconocerás a Israel. Pero un Israel distinto: sin Netanyahu ni extremistas a partir de octubre”, asegura Javier de la Puerta.

“Si es inevitable un Irán nuclear, como parece ser la premisa implícita en el acuerdo con Arabia Saudí, la mejor manera de convencer a Israel de la necesidad de aceptarlo, es que en Oriente Medio ya no se trate de una dialéctica dual de hostilidad/amenaza existencial entre dos, sino de un triángulo, y eventualmente un cuadrilátero, con Turquía, en el cual el resto de componentes estén igual de interesados en contener a Irán”, concluye el especialista en política internacional.

En suma, el acuerdo no es solo un contrato energético: es una pieza de ingeniería geopolítica que consolida a Arabia Saudí como socio nuclear privilegiado de Washington, alimenta el debate sobre proliferación en el Congreso estadounidense, añade un factor de fricción adicional en la ya tensa relación entre Riad y Teherán, aunque queda a expensas de la adhesión de Riad a los Acuerdos de Abraham, todo ello en medio de una guerra abierta cuyo desenlace condicionará buena parte del futuro nuclear de la región y el mundo.

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