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El oro pone rumbo a los 5.000 dólares y rompe su relación histórica con los tipos de interés

Publicado: diciembre 28, 2025, 5:30 am

El oro afronta el cambio de año con un comportamiento que está llamando la atención de analistas e inversores. Con el oro cotizando en el tramo final de 2025 en máximos históricos por encima de los 4.500 dólares, el metal precioso parece encaminarse hacia el umbral de los 5.000 dólares en 2026. No se trata de una previsión central ampliamente consensuada, sino de un rango que aparece de forma recurrente en análisis de estrés fiscal y de demanda estructural.

Pero más allá del nivel de precios, lo relevante es que este movimiento se está produciendo en un entorno que, históricamente, no le era favorable. Durante décadas, el oro ha mantenido una correlación inversa con los tipos de interés reales: cuando los rendimientos de la deuda subían, el atractivo del metal tendía a disminuir. Sin embargo, esa relación se ha debilitado de forma evidente en los últimos trimestres, como señalan los análisis del World Gold Council en sus informes periódicos sobre demanda y comportamiento del mercado.

Estrategas de materias primas de bancos como Goldman Sachs y JP Morgan han señalado en notas recientes que el oro muestra una menor sensibilidad a los tipos reales que en ciclos anteriores, apoyado por factores estructurales que van más allá de la política monetaria.

Un comportamiento que desafía el manual clásico

En 2025, el rendimiento del bono estadounidense a diez años se ha mantenido por encima del 4% durante buena parte del año. En ese mismo periodo, el oro ha registrado una revalorización muy superior a su media histórica. En un informe de estrategia publicado en el segundo semestre, Goldman Sachs indicaba que la presión negativa de los tipos reales se ha visto compensada por la fortaleza de la demanda oficial y por el creciente protagonismo del riesgo fiscal en la toma de decisiones de los inversores.

Desde esta perspectiva, el avance del oro no estaría respondiendo únicamente a expectativas de recortes de tipos, sino a un conjunto más amplio de factores relacionados con el entorno macroeconómico global: elevados déficits públicos, mayor volumen de deuda soberana y una percepción más frágil de los anclajes fiscales en las economías desarrolladas.

Déficit, deuda y compras de bancos centrales

Uno de los elementos recurrentes en los análisis es el papel de los bancos centrales. De acuerdo con datos del Consejo Mundial del Oro, las compras oficiales se han mantenido en niveles históricamente elevados desde 2022, con especial protagonismo de economías emergentes. Este flujo estructural ha reducido la sensibilidad del precio del oro a variables tradicionales como el dólar o los tipos de interés.

El elevado déficit presupuestario de Estados Unidos que en el ejercicio fiscal 2025 alcanzará los 1,8 billones de dólares (cerca del 6% del PIB) y las persistentes necesidades de financiación han sido un factor estructural relevante para los mercados globales.

Esa brecha entre los ingresos y gastos, sumado a las necesidades de financiación del Tesoro, han coincidido con un cambio en la operativa de la Reserva Federal (Fed), que ha retomado compras mensuales de Letras del Tesoro por valor de unos 40.000 millones de dólares, según datos del Banco de la Fed de Nueva York. Aunque estas compras se centran en el corto plazo, varios analistas apuntan a que contribuyen a mantener un elevado nivel de liquidez en el sistema.

Este contexto ha llevado a algunas casas de análisis a revisar al alza sus previsiones. Goldman Sachs sitúa el precio del oro cerca de los 4.900 dólares para finales de 2026, mientras que JP Morgan contempla niveles en torno a los 5.000 dólares en escenarios de estrés fiscal prolongado. Algunas firmas como Yardeni Research van un paso más allá y eleva su objetivo hasta los 6.000 dólares, aunque reconoce que se trata de un supuesto condicionado a la evolución del déficit y de la política monetaria.

Oro y renta variable, ¿competencia o convivencia?

Otro aspecto que subrayan los analistas es que el buen comportamiento del oro no se ha producido a costa de la renta variable. En 2025, los principales índices bursátiles estadounidenses han marcado o rozado máximos históricos, con el S&P 500 y el Nasdaq apoyados por la liquidez y por el crecimiento asociado a la inversión en inteligencia artificial. Esta convivencia entre activos tradicionalmente considerados alternativos refuerza la idea de que el oro está funcionando menos como cobertura táctica y más como activo estratégico.

Desde el punto de vista de la asignación de activos, el movimiento del oro plantea preguntas relevantes. Si el metal continúa avanzando en un entorno de tipos elevados, el coste de oportunidad de mantener exposición podría reducirse frente a otros activos defensivos, como la deuda pública. Al mismo tiempo, las valoraciones alcanzadas introducen un elemento de cautela, especialmente para los inversores con horizontes de corto plazo.

Algunos gestores subrayan que el oro ya descuenta un escenario macro y fiscal exigente. Para que el ‘rally’ se prolongue, deberían mantenerse condiciones muy concretas: elevada liquidez, persistencia de déficits y una demanda institucional sostenida. En caso contrario, los riesgos de consolidación o corrección aumentarían.

Un cambio de señal más que de precio

En conjunto, el debate en torno a los 5.000 dólares por onza trasciende la cifra concreta. Lo que observan los mercados es un cambio en la función del oro dentro del sistema financiero. La ruptura de su relación histórica con los tipos de interés sugiere que el metal está incorporando variables distintas a las tradicionales, relacionadas con la confianza en la política fiscal y monetaria. Para el inversor, el oro deja de ser únicamente un termómetro de inflación o de tipos y pasa a reflejar tensiones más amplias del sistema. Un comportamiento que merece ser seguido con atención en 2026.

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