Publicado: julio 25, 2026, 7:23 am
Los potentes terremotos que azotaron Venezuela el 24 de junio provocaron el colapso de edificios enteros en pocos segundos. La muerte le llegó por sorpresa a muchos durante ese corto periodo de tiempo y otros fallecieron horas o días después porque nadie pudo rescatarlos. A estas alturas, la tierra ya ha dejado de temblar con la intensidad que lo hizo hace un mes. Pero el desastre continúa. Las personas buscan ahora sin descanso los cuerpos de sus familiares entre los escombros de lo que una vez fue su hogar. Quienes los encontraron los lloran. Otros siguen luchando para recuperarse de sus heridas o para poder aceptar que su anatomía ha cambiado. Y a todos los que se quedaron sin techo les invade la incertidumbre sobre lo que será de sus vidas de ahora en adelante.
El impacto psicológico de la tragedia ha sido brutal y podría prolongarse durante un tiempo. Sin embargo, cabe destacar que las secuelas sufridas y la capacidad de recuperación dependerán de cada persona. Así lo explican a 20minutos Alfredo Guijarro, socio fundador de la Sociedad Española de Psicología de Urgencias, Desastres y Emergencias (Sepadem); Chus Taboada, coordinadora del área de emergencias e intervención en crisis de la asociación EMDR España; Jesús Linares Martín, secretario de la Junta de Gobierno del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid; y Sandra Vizcaíno, psicóloga general sanitaria especializada en trauma complejo y apego.
Del estrés agudo al postraumático
Los profesionales entrevistados dejan claro que no todas las personas que estuvieron expuestas a los seísmos desarrollarán un trastorno psicológico. «La mayoría muestran una notable capacidad de recuperación si cuentan con el apoyo apropiado y desarrollan adecuadamente la resiliencia que caracteriza al ser humano», indica Linares Martín. Las personas que sí resulten afectadas psicológicamente podrían desarrollar un trastorno por estrés agudo durante el primer mes después de la tragedia. En caso de que los síntomas continúen después de ese periodo, podría aparecer el estrés postraumático. Aunque no a todos les sucederá.
«En los primeros días es habitual observar miedo intenso, sensación de irrealidad, dificultades para dormir, conductas de evitación, sensación de estar flotando, cambios en los patrones de pensamiento, llanto frecuente, irritabilidad», sostiene Vizcaíno. Además, resalta que es frecuente que los síntomas aparezcan semanas o meses después «cuando la situación se estabiliza y el cerebro dispone por fin del espacio necesario para procesar lo vivido». Con respecto al estrés postraumático, la profesional explica que «no consiste únicamente en recordar algo doloroso» y que «el cerebro y el cuerpo continúan actuando como si el peligro siguiera presente«.
«Muchas personas describen que su cuerpo reacciona antes de que sean conscientes de que están asustadas. Es como una alarma de incendios que continúa sonando aunque el fuego esté extinguido. Muchos descubren que el terremoto terminó fuera, pero continúa ocurriendo dentro de su cuerpo», explica Vizcaíno, quien destaca que en algunas personas las respuestas traumáticas no se expresan a través de la activación sino todo lo contrario. En este caso experimentan desconexión emocional, sensación de irrealidad o dificultades para recordar parte de lo ocurrido. En otras palabras, en ocasiones la estrategia del sistema nervioso consiste en «desconectarse temporalmente» para poder soportar la tragedia.
El combustible que cronifica el trauma
Los psicólogos indican que uno de los factores que contribuye a cronificar el trauma es el estrés continuado, el cual se manifiesta aunque los dos terremotos devastadores hayan llegado a su fin. «Hay réplicas, búsqueda de familiares, una salida de casa, pérdida de la vida en general. El estrés continuado cronifica la sintomatología y cuanto más se mantenga en el tiempo peor pronóstico se va a tener», explica Taboada, quien asegura que todo dependerá de la experiencia de cada venezolano. «Evidentemente hay una probabilidad muy alta de que aquellas personas que tengan más pérdidas personales o materiales sufran muchas más secuelas a largo plazo que aquellas que han tenido pocas», continúa la profesional.
«El estímulo negativo sigue allí. Tu casa sigue sin existir»
En la misma línea se manifiesta Guijarro, quien afirma que cuando una persona sufre una experiencia traumática como puede ser un accidente de tráfico, los servicios de emergencias la retiran del lugar y no ve las consecuencias del siniestro. «En el caso de los terremotos el estímulo negativo sigue allí. Tu casa sigue sin existir. Sigue planchada en una mole de un edificio que se ha caído. Es difícil sustraerse de esa situación, sobre todo cuando tienes personas cercanas que no han aparecido y que quizás estén dentro de esa mole», indica el especialista, quien no descarta que se produzca un «aumento muy importante» de depresiones y ansiedad y que incluso broten patologías que estaban latentes.
El profesional recuerda que a los traumas de algunos supervivientes se sumará el haber perdido una parte de su cuerpo. En este sentido, destaca que, ante la elevada cantidad de personas heridas, los médicos no han tenido más opción que realizar lo que se denomina como «cirugía de guerra» y por eso han realizado amputaciones. «Aquí estamos hablando de salvar más vidas, no de salvar más calidad de vida para una persona», añade. El Gobierno venezolano no ha proporcionado una cifra oficial de amputados, pero el atleta Juan Pablo Dos Santos —quien tiene una fundación que se dedica a ayudar a estas personas— ha asegurado al medio colombiano Blu Radio que entre 300 y 400 personas necesitan prótesis. De ellos, un 40% son niños.
«Se ha hecho cirugía de guerra porque aquí estamos hablando de salvar más vidas, no de salvar más calidad de vida para una persona»
Los niños y adolescentes constituyen precisamente uno de los colectivos más vulnerables, sobre todo los que se han quedado huérfanos. También las personas mayores y los dependientes, en especial los que necesitan medicamentos para seguir con vida y los que tienen alguna discapacidad. A ellos se suman los que han sufrido lesiones graves o han perdido familiares, los que tienen problemas de salud mental previos y los equipos de emergencias, que están expuestos de forma continuada al sufrimiento de las personas. Tampoco se puede dejar de lado a los que han sufrido pérdidas múltiples. «No es lo mismo haber sentido el terremoto que haber quedado atrapado bajo los escombros, haber presenciado fallecimientos o haber perdido simultáneamente familiares, vivienda y medios de subsistencia», expone Vizcaíno.
La culpa del superviviente y las falsas esperanzas
Los especialistas aseguran que también es frecuente que las personas que se salvaron experimenten el síndrome del superviviente, que consiste en sentirse culpable por el hecho de haberse salvado de la tragedia. Ante esta situación, algunas personas buscan escapar de su dolor ayudando a los demás, algo que no resulta beneficioso cuando se realiza con ese fin. «Uno de los problemas con los voluntarios es sacarlos de la intervención, porque cuando uno está volcado en la ayuda le parece que tiene que estar allí. Pero esa necesidad de ayudar también puede ser patológica», afirma Taboada antes de dejar clara la importancia de desconectar. «El cerebro necesita periodos de descanso para sobrevivir», zanja.
El impacto psicológico de tener un ser querido desaparecido también es muy fuerte y esto se debe a que «el cerebro suele tolerar mejor las malas noticias que la ausencia de ellas», indica Vizcaíno. «Lo vemos en las imágenes. La gente sigue desde el primer día dando martillazos contra muros de hormigón, algo en lo que se pueden pegar toda la vida. Duermen y comen lo justo y continúan para intentar recuperar los restos de sus seres queridos», indica por su parte Guijarro, quien cuenta con 30 años de experiencia en emergencias e incide en la necesidad de hallar los cuerpos para poder aceptar la muerte.
«Las personas quieren despedirse de sus seres queridos y para hacer el duelo tienen que verlos físicamente. Si no, siempre queda la duda: ¿Y si se ha salvado? ¿Y si se ha golpeado la cabeza, no sabe quién es y anda deambulando por ahí?», dice el profesional y explica que esto es una herramienta que crea el cerebro «para darnos una esperanza donde, racionalmente, no hay ninguna». En los niños, el aceptar la muerte de un ser querido dependerá del shock que la pérdida les genere y de su edad evolutiva, ya que ellos integran cognitivamente los subconceptos de la muerte (irreversibilidad, universalidad, inevitabilidad, causalidad y no funcionalidad) a partir de los siete años, explica Taboada.
La recuperación es posible
A pesar del dolor, los psicólogos aseveran que sí es posible recuperarse. «Esto no significa olvidar lo ocurrido, ni volver exactamente a la vida anterior, sino integrar esa experiencia en la propia historia y reconstruir un nuevo equilibrio», afirma Linares Martín, quien recuerda que no existe un plazo universal para superar lo sucedido. Algunas personas lo harán en «semanas o pocos meses» y otras necesitarán «mucho» más tiempo. «La recuperación depende tanto de la gravedad de la exposición como del apoyo recibido, la estabilidad posterior y los recursos personales de cada individuo», continúa el especialista.
El primer paso para intentar recuperarse psicológicamente de la tragedia será cubrir las necesidades básicas, ya que sino será muy difícil iniciar el proceso, sostiene Linares Martín. Posteriormente, resultará necesario «mantener el contacto con familiares y amigos, recuperar poco a poco las rutinas, expresar las emociones sin sentirse obligado a hacerlo y aceptar que las reacciones intensas son normales al principio», subraya el especialista, quien añade que será necesario buscar ayuda profesional cuando el malestar sea «intenso, persistente o interfiera claramente con la vida diaria». Por último, manifiesta que resulta beneficioso limitar la sobreexposición a imágenes repetidas de la tragedia y «desconfiar de soluciones rápidas que prometan eliminar el trauma en pocos días».
