Publicado: diciembre 27, 2025, 10:23 am
No ha sido España un jugador de muchos goles y asistencias en este 2025 en el contexto de la UE; no ha sido, ni mucho menos, el mejor año de Sánchez como líder europeo, con muchos frentes abiertos a nivel nacional, sin Presupuestos, con la sombra de la corrupción y anclado por ejemplo en los tira y afloja con Junts y con Puigdemont. La UE va a unos ritmos y en cierto modo España apenas ha podido seguirlos durante los últimos doce meses. El Gobierno levantó la voz con Gaza pero se ha quedado descolgado sobre Ucrania y en temas como la migración.
El liderazgo en el marco comunitario sí se vio con la causa palestina. España formó parte del primer grupo de países, junto a Bélgica, Irlanda o Luxemburgo, que reconoció el Estado palestino. En ese marco, el Gobierno estuvo durante toda la primera mitad del año pidiendo medidas duras contra el Ejecutivo de Netanyahu, incluidas sanciones, y defendió por ejemplo la suspensión del acuerdo comercial con Israel. Cuando Bruselas propuso el bloqueo parcial, desde Madrid incidieron en que no era suficiente; no estuvo España, eso sí, demasiado acompañada en ese impulso de primeras, aunque después, ya cerca del acuerdo de paz, los grandes países se sumaron al reconocimiento.
El alto el fuego dejó cualquier medida sin aprobación o sin efecto y los reclamos de España pasaron a un cajón. «No tiene ningún sentido que Europa haya aplicado dieciocho paquetes de sanciones contra Rusia, y sin embargo, con ese doble rasero, no sea capaz de suspender un acuerdo de asociación con Israel cuando está violando de forma flagrante los derechos humanos», dijo en el mes de julio en Bruselas. Pero de nada sirvió a efectos prácticos este llamamiento.
No sucede lo mismo respecto a Ucrania, aunque el compromiso sigue ahí; pero la voz de España no se escucha lo mismo que otras. El grupo ‘líder’ en este asunto, aparte de Francia y Alemania, son los Bálticos. Eso sí, el Gobierno ha mantenido el apoyo en todos los frentes. En 2025, España reforzó significativamente su apoyo a Ucrania mediante dos grandes paquetes económicos y militares. En febrero anunció un aporte de 1.000 millones de euros en ayuda militar, y en noviembre sumó otro paquete de 817 millones, de los cuales 615 millones se destinaron a Defensa y 200 millones a reconstrucción. A esto se añadió una partida de 10 millones en ayuda humanitaria, junto con el envío de material defensivo y la participación en la misión europea EUMAM UA, donde instructores españoles contribuyeron a la formación de miles de soldados ucranianos.
Pero, con todo, la defensa Sánchez no la entiende igual que otros colegas europeos, y el gran choque se dio con Donald Trump no en el marco de la UE, sino de la OTAN. La concepción que tiene España no es de «defensa», sino de «seguridad» en el sentido más amplio y así lo quiso dejar claro el presidente del Gobierno este año. «Nos enfrentamos a un cambio de era y esto nos obliga a tomar las riendas de nuestro propio destino y a construir la unión de seguridad y defensa que los fundadores de la Unión Europea propusieron ya en el siglo XX», dijo al presentar el plan de defensa dotado de 100.000 millones de euros; eso sí, insistió en Bruselas en que no le gusta el término «rearmar» porque, dijo, esa seguridad va más allá de las armas.
Y, de repente, se encontró con Trump. La cumbre de la OTAN en La Haya dejó a España sola, desmarcada -aunque aceptando- la subida del gasto del 5% del PIB en defensa en los próximos 10 años. Sánchez sostuvo que no suscribió esa conclusión y fue rebatido por varios líderes; EEUU llegó incluso a amenazar a España con aranceles, calificando Trump la posición española de «irresponsable». Meses después, en la firma del acuerdo de paz para Gaza, el presidente estadounidense le dijo a Sánchez que «ya hablarían» del tema, después de nuevos roces al respecto. A día de hoy en Moncloa insisten: con el 2% de inversión España cumplirá con sus capacidades; en el resto de aliados, en cambio, hay muchas dudas.
En el tema migratorio España se ha quedado también descolgada. Sánchez confrontó -y confronta- con el modelo Meloni cada vez que puede, y hace solo unos días el Gobierno votó en el Consejo en contra de seguir facilitando esos ‘centros de detención’ de migrantes en terceros países. Pero cada vez más Estados miembros se alinean con una política migratoria más dura, desde la propia Italia hasta Dinamarca, pasando por Alemania o Países Bajos. Mientras, Moncloa sigue insistiendo en lo mismo que a finales del año pasado: tiene que empezar a aplicarse ya el pacto común de migración y asilo. Pero España se mantiene casi solitaria en ese mensaje.
¿A qué se agarra entonces? A los puestos de relevancia que el país ya tiene -Nadia Calviño como presidenta del BEI- y a los que puede tener en el futuro cercano. Carlos Cuerpo renunció a intentar de nuevo la presidencia del Eurogrupo tras un primer fracaso, así que todas las miradas se ponen en el BCE, donde llegará el relevo de otro español, Luis de Guindos, y también de la presidenta, Christine Lagarde. Ahí suena cada vez más fuerte Pablo Hernández de Cos, quien dirigió el Banco de España entre 2018 y 2024 y, en paralelo, formó parte del Consejo de Gobierno del BCE y presidió el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea. En todo caso, este punto tiene que madurarse más porque el reemplazo no llegará hasta dentro de dos años.
El Gobierno español y Pedro Sánchez en concreto han tenido que mirar mucho hacia dentro este 2025, y por eso han perdido fuelle en clave UE. Del caso Koldo al encarcelamiento de Cerdán y Ábalos o a las tensiones con Junts, pasando por la falta de mayorías claras precisamente en el Congreso. Todo ha sido una gincana para Sánchez, que sigue centrado en ir superando obstáculos. Y ahí la mirada no se ha podido posar en Europa este año, y todo pese a que el continente se está jugando su presente y su futuro.
