Publicado: enero 6, 2026, 8:24 am
Una persona mayor coge el móvil, abre un mensaje y empieza a deslizar el dedo por la pantalla. El contenido se mueve demasiado rápido, no sabe cuándo acaba, no encuentra cómo volver atrás y teme tocar algo que no deberÃa. No es una escena excepcional ni un problema de aprendizaje puntual. Es una experiencia cotidiana para millones de personas en un momento histórico en el que la tecnologÃa presume de ser más inteligente, más intuitiva y más accesible que nunca.
A punto de terminar 2025, el gran problema digital ya no es el acceso, sino el uso real. En España, más del 30 % de las personas entre 65 y 74 años tiene dificultades para realizar tareas digitales básicas, según la Encuesta sobre Equipamiento y Uso de TecnologÃas de la Información y Comunicación en los Hogares del INE (2024). Entre los mayores de 75 años, el porcentaje supera el 50 %, de acuerdo con los mismos datos y con estudios complementarios de Eurostat (DESI, 2024). No hablamos de configurar un dispositivo ni de aprender algo nuevo, sino de leer mensajes, navegar por una pantalla o completar un trámite sencillo. La digitalización avanza, pero deja a demasiada gente atrás.
Cada año aparecen nuevos sistemas operativos, nuevas apps y nuevas capas de inteligencia artificial que prometen simplificar la vida cotidiana. Sin embargo, la experiencia base sigue pensada para un usuario ideal que no existe. Un usuario que ve bien, tiene destreza motriz, entiende iconos abstractos, domina los gestos táctiles y tolera interfaces cargadas de estÃmulos. Cuando ese supuesto falla, la tecnologÃa no acompaña, expulsa. Este fenómeno está ampliamente documentado en estudios de usabilidad con personas mayores, como los publicados por la Universidad de Cambridge y el MIT AgeLab (2022–2024), que señalan una brecha clara entre diseño estándar y capacidades reales de uso.
La brecha digital actual no se manifiesta en la ausencia de dispositivos, sino en dificultades muy concretas. Personas que no controlan el scroll porque no hay referencias claras de inicio y fin. Pantallas que obligan a sostener el móvil durante largos periodos sin alternativas de interacción simples. Mensajes redactados con jerga técnica o ambigüedad que generan inseguridad. Iconos sin texto que exigen interpretar códigos aprendidos tarde o nunca. Nada de esto es anecdótico. Son barreras estructurales identificadas en investigaciones sobre envejecimiento y diseño digital publicadas por la ACM y la revista Human–Computer Interaction (2023).
La paradoja es evidente. Nunca se ha hablado tanto de accesibilidad y, sin embargo, el uso cotidiano sigue siendo hostil para millones de personas. No porque falten funciones, sino porque están mal integradas. La accesibilidad aparece como una capa añadida, no como la base del diseño. Se cumplen requisitos técnicos, pero se ignora la experiencia real, como advierten informes de evaluación de accesibilidad web como el WebAIM Million Report (2024).
En 2026, esta contradicción ya no puede tratarse como una cuestión secundaria. La European Accessibility Act, plenamente exigible desde junio de 2025 según la Directiva (UE) 2019/882, obliga a que productos y servicios digitales esenciales sean accesibles. En España, su transposición mediante la Ley 11/2023 de accesibilidad afecta a plataformas digitales, comercio electrónico, servicios financieros, comunicaciones y administraciones públicas. Ya no se trata de buenas prácticas, sino de obligaciones legales con impacto económico y reputacional, tal y como ha señalado la propia Comisión Europea en sus informes de seguimiento de 2024.
Aun asÃ, los datos son claros. Menos del 3 % de las webs del sector privado europeo cumple de forma completa los estándares de accesibilidad, según el European Web Accessibility Monitoring Report (2024). El riesgo no es solo sancionador. Es social. Cumplir en el papel no garantiza que una persona pueda usar un servicio sin ayuda. La accesibilidad real no empieza en el código, empieza en el diseño, como subrayan tanto el W3C como estudios académicos sobre carga cognitiva en entornos digitales publicados entre 2021 y 2024.
Las grandes tecnológicas llevan años afirmando que la accesibilidad está integrada en su ADN. Apple y Google anuncian cada año nuevas funciones orientadas a la inclusión, especialmente desde 2019, y es justo reconocer avances relevantes. El problema es que ese discurso convive con una realidad incómoda. Muchas de esas funciones están escondidas en configuraciones complejas, requieren conocimiento previo y no resuelven los obstáculos más básicos del uso diario, una crÃtica recurrente en análisis independientes sobre accesibilidad móvil publicados por organizaciones como AbilityNet y la Fundación Mozilla (2023–2024). La promesa de una tecnologÃa accesible por defecto sigue sin cumplirse para quienes más la necesitan.
Las consecuencias van más allá de la tecnologÃa. Cuando una persona mayor no puede pedir una cita médica online, leer un mensaje familiar o gestionar un trámite sin ayuda, pierde autonomÃa. La digitalización, en lugar de empoderar, genera dependencia. Y esa dependencia no es inevitable. Es el resultado de decisiones de diseño que priorizan la novedad visible sobre la usabilidad real, como ya advertÃa la OCDE en su informe sobre envejecimiento y transformación digital (2022).
La brecha digital ya no separa a quien tiene móvil de quien no lo tiene. Separa a quienes pueden participar plenamente en la vida digital de quienes quedan al margen, aun estando conectados. En una sociedad envejecida, con una esperanza de vida que supera los 83 años en España según el INE (2024) y con servicios cada vez más digitalizados, esta exclusión no es sostenible.
2026 puede ser el año en que empecemos a corregir esta deriva si aceptamos una idea incómoda pero necesaria. Seguir innovando sin resolver lo básico no es progreso. Es una forma sofisticada de negligencia. La inclusión digital no llegará con la próxima gran tecnologÃa, sino con el rediseño riguroso de aquello que ya usamos todos los dÃas.
