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Chile, 40 años después: Un grito en el desierto

Publicado: octubre 6, 2026, 4:23 am

El jueves 6 de noviembre de 1986 aterricé en Chile, busqué un lugar para descansar, el Hotel España, y me paseé por primera vez por las grandes alamedas antes de irme a descansar vapuleado tras 24 horas de viaje. Me levanté al día siguiente con mucho entusiasmo, me acerqué a diferentes instituciones de derechos humanos para conseguir que me recibieran lo antes posible hasta que una secretaria muy amable me dijo: «Descansa este fin de semana que la dictadura seguirá el lunes».

El lunes 10 de noviembre tenía cita para visitar la Vicaria de la Solidaridad, un organismo de la Iglesia católica chilena creado por el cardenal Raúl Silva Henríquez el 1 de enero de 1976 para defender los derechos humanos y ayudar a las víctimas de la dictadura militar. Era el lugar más seguro de Chile sino el único, al que se entraba por una puerta lateral a la catedral metropolitana.

Me sorprendió ver todas las oficinas repletas de personas que esperaban su turno para denunciar las continuas arbitrariedades de las autoridades militares. En la Agrupación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (AFDD) me estaba esperando la presidenta Sola Sierra, una gran mujer ya mayor, Carmen Vivanco (que murió con 104 años), con cinco desaparecidos en su familia, incluido su marido, su hijo y su hermano, y una joven con cara de niña llamada Viviana Díaz, cuyo padre estaba desaparecido y su hermano pequeño había sido detenido días antes como uno de los fusileros que disparó contra el dictador Augusto Pinochet, en una emboscada ocurrida a principios de setiembre de ese mismo año.

Aquel niño de 14 años, que se veía en las fotografías junto a Salvador Allende, el cardenal Silva Enríquez, y ministros que fueron encarcelados o asesinados tras el golpe de Estado mientras su padre se dirigía a centenares de miles de personas congregadas en una concentración sindical, había decidido integrarse en un comando del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y participar en la lucha armada contra la dictadura militar.

El padre Victor Díaz fue vicesecretario general del Partido Comunista de Chile y dirigente nacional de la Centra Única de Trabajadores. Tras el golpe pasó a formar parte de la resistencia en la clandestinidad hasta que fue detenido en mayo de 1976, casi tres años después, horriblemente torturado, asesinado varios meses después por un escuadrón de exterminio de la policía secreta de Pinochet y tirado al mar Pacífico en uno de los vuelos de la muerte. Jamás abogó por la violencia armada, incluso cuando las detenciones y las ejecuciones de militantes comunistas se multiplicaron.

Mi relación con Viviana, su madre Selenisa y su hermana Victoria se intensificó desde aquel primer encuentro y la confianza me permitió buscar un camino para entrevistar a su hermano encarcelado en una prisión de máxima seguridad. Su caso demostraba cómo la violencia de un régimen criminal engendraba inevitablemente respuestas armadas. Un obispo chileno de la época, Carlos Camus, declaró poco antes de la visita del Papa Juan Pablo II a Chile en abril de 1987, que jóvenes como Víctor «habían sido obligados a entrar en una guerra contra las fuerzas armadas chilenas».

Una mañana de principios de marzo de 1987, un mes después de regresar a Zaragoza tras pasar tres meses en Chile, me encontré en el buzón de mi casa con un sobre que llevaba como remitente un escueto «Santiago, Chile». Al abrirlo me encontré con una gran sorpresa y un «scoop» periodístico: todas las preguntas contestadas por Victor del cuestionario que conseguí que le entregaran en su celda.

El joven me reconoció que «el FPMR había sentenciado a muerte a Pinochet» y que el atentado, «casi perfecto», había demostrado su vulnerabilidad. Me aseguró que fue brutalmente torturado con un método llamado pau de arara o el corderito que consistía en el colgamiento por manos y pies, quedando la persona boca abajo, siendo golpeada y balanceada mientras se le aplicaba electricidad.

Acusó a la policía pinochetista de utilizar el sadismo con mujeres detenidas con sus hijos menores o bebés, familiares de los que participaron en el atentado. Me dijo que el atentado «sirvió para que la oposición, desperdigada, despertase de su letargo personalista y pensara en la unidad».

Ni Viviana ni Victoria criticaron jamás a su hermano a pesar de que ellas eran partidarias de luchar pacíficamente contra la dictadura. En 2012, Viviana recibió el Premio Nacional de Derechos Humanos en su primera convocatoria por su trayectoria reconocida tanto en su país como a nivel mundial. Su actitud, siempre sobresaliente y empática con el dolor de los demás, su capacidad para explicar las cosas más terribles con gran dulzura, su valentía, su tolerancia y sus profundas convicciones morales le hizo merecedora de ese importante premio.

Uno de los momentos más terribles de la familia se produjo cuando una prisionera liberada les avisó que el padre Victor Diaz estaba detenido en Villa Grimaldi a finales de 1976, uno de los centros clandestinos utilizado para torturar y asesinar, y que no saldría nunca con vida del lugar.

Viviana y su madre acudieron a hablar con el presidente de la Corte Suprema, un despiadado y despreciable José María Eyzaguirre, para pedirle que se trasladase al centro de tortura y salvase su vida. Pero éste le puso la mano en el hombro a Viviana y le dijo: «Qué imaginación la que tiene usted. Por qué no se va a su casa y escribe un libro. Lo que usted cuenta no sucede en nuestro país«. Viviana le replicó: «A mi padre lo están torturando y lo van a matar. Usted es la máxima autoridad judicial. Haga algo». El juez le contestó: «¿Qué me está pidiendo? Usted quiere que me exponga…».Palabras de un cobarde.

Años más tarde, en julio de 1998, se produjo otra dura conversación entre Viviana, entonces vicepresidenta de la AFDD, y el presidente de la Corte Suprema, Servando Jordán: «Un día Pinochet será detenido», le dijo la valiente mujer. «¿Quiénes son ustedes? Un grito en el desierto«, se preguntó y se respondió con sorna el juez. Tres meses después, Pinochet era detenido en Londres por una orden internacional cursada por el juez español Baltasar Garzón. Sí, un grito en el desierto, pero con mucho eco.

En 2013, se dictó una acusación formal en contra de 79 ex agentes de la policía secreta de Pinochet directamente relacionados con el operativo de captura, las torturas durante meses, la ejecución y la desaparición forzosa del padre de Viviana, Vitoria y Victor. Cinco años más tarde se condenó a 53 ex agentes en primera estancia y la Corte Suprema de Chile dictó fallo definitivo contra 46 ex agentes en febrero de 2025. El número se fue reduciendo por el fallecimiento de varios de los procesados durante el transcurso del largo juicio.

Un día le pregunté a Viviana si volvería a actuar de la misma manera que le significó juzgar a los criminales involucrados en el crimen de su padre, pero que también le obligó a escuchar las brutalidades que le hicieron. Me miró fijamente y me dijo con su habitual dulzura: «No lo sé aunque creo que ha valido la pena conocer la verdad».

Otro día, en Madrid, le enseñe unas fotos de una fosa común en Irak, donde se encontraron 3.000 desaparecidos, mujeres, niños y hombres, todos con disparos de gracia en la cabeza y le comenté: «Sola una fosa de ese país árabe suma todas las víctimas de Chile«. Miró las imágenes durante un minuto y me contestó: «El horror no tiene dimensión».

Hoy Viviana vive en su propio mundo atrapada por el alzhéimer a sus casi 76 años. Su hermana mayor, Victoria, de 78 años la cuida con esmero, cariño y paciencia. Ha sido extremadamente emotivo y duro reencontrarme con ella después de más de 15 años sin vernos. Me supone una gran pena la imposibilidad de mantener una conversación con ella. Le hubiera felicitado por convertirse en uno de los faros morales de mi vida profesional.

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