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Así vigila el Sol la NASA 24 horas al día para proteger a los astronautas de Artemis II

Publicado: abril 4, 2026, 3:24 am

Orion, la nave espacial en la que viajan los astronautas de la misión Artemis II, avanza en silencio hacia la Luna. Durante las primeras 24 horas de su viaje orbitando la Tierra, la tripulación comprobó los sistemas y la tecnología a bordo y el centro de control dio el ‘GO’ para la inyección translunar (TLI), la maniobra de propulsión que la ha puesto rumbo a nuestro satélite.

Mientras esto ocurre, decenas de personas se encuentran monitorizando cada parámetro de la misión. Una de las tareas con respecto a la seguridad es vigilar la actividad solar.

Cada llamarada o eyección de partículas pueden alterar las condiciones en el espacio profundo y aumentar la radiación a la que están expuestos los astronautas. Por eso, durante toda la misión, equipos de la NASA y de la NOAA analizan en tiempo real el comportamiento del Sol, buscando cualquier señal que pueda convertirse en una amenaza.

Qué es el clima espacial y por qué importa

El llamado clima espacial se refiere a las condiciones cambiantes provocadas por el viento solar y las erupciones del Sol. Entre estos fenómenos destacan las llamaradas solares, capaces de liberar más energía que mil millones de bombas de hidrógeno, y las eyecciones de masa coronal, gigantescas nubes de partículas que pueden ser cientos de veces más grandes que la Tierra.

El problema no es solo la magnitud de estas explosiones, sino lo que pueden desencadenar: tormentas de partículas solares que se aceleran a velocidades cercanas a la de la luz y pueden alcanzar la nave.

Si uno de estos eventos impacta cerca de la nave, puede aumentar los niveles de radiación en el interior. Y eso tiene consecuencias directas para la salud de los astronautas, desde síntomas inmediatos como náuseas o mareos hasta riesgos a largo plazo como cáncer o problemas cardiovasculares.

Una vigilancia constante desde la Tierra y el espacio

Para anticiparse a estos riesgos, la NASA trabaja junto a la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), monitorizando el Sol en tiempo real y traduciendo esos datos en decisiones operativas.

El seguimiento no depende de un único instrumento. Una red de satélites y observatorios distribuidos por el sistema solar permite medir el tamaño de las erupciones, su velocidad y la probabilidad de que generen partículas energéticas que intersecten la trayectoria de Orion.

Entre ellos se encuentran el Observatorio de Dinámica Solar, el Observatorio Solar y Heliosférico o satélites de la serie GOES, además de nuevas misiones como GOES-U o SWFO-L1, diseñadas para mejorar la detección y alerta temprana de eventos solares.

Incluso el rover Perseverance, desde Marte, contribuye a esta vigilancia al poder observar zonas del Sol que no son visibles desde la Tierra, lo que permite anticipar la aparición de manchas solares con hasta dos semanas de antelación.

Sensores, alarmas y refugios dentro de Orion

Además de la monitorización que se produce desde fuera de la nave y que el centro de control vigila cada minuto, Orion está equipada con seis sensores de radiación que miden la exposición en distintos puntos de la cabina, además de dosímetros personales que llevan los astronautas. Todo esto también se chequea desde tierra.

Si los niveles aumentan, el sistema activa alertas y establece distintos umbrales. En el primero, se intensifica la vigilancia y la coordinación con los equipos médicos. En el segundo, se recomienda a la tripulación buscar refugio.

Ese refugio no es una cápsula blindada independiente, sino una solución basada en la propia estructura de la nave. Los astronautas están entrenados para reorganizar el interior y colocar equipos y materiales a su alrededor, aumentando la masa entre ellos y las partículas solares.

La lógica es simple: la materia absorbe la radiación, por lo que cuanta más masa haya entre los astronautas y el exterior, mayor será la protección.

No obstante, la radiación no llega como un impacto repentino. Más bien se acumula poco a poco, a medida que las partículas energéticas, que no viajan en línea recta, van alcanzando la nave desde distintas direcciones. Ese incremento gradual permite a los equipos analizar la situación y tomar decisiones.

Un riesgo asumido y medido

En conjunto, la NASA estima que la exposición a la radiación durante Artemis II será comparable a la de pasar aproximadamente un mes en la Estación Espacial Internacional, alrededor del 5 % del límite de exposición de un astronauta a lo largo de su carrera.

Pero esa cifra puede variar en función de la actividad solar. Según se comunicó en una rueda de prensa previa al lanzamiento, en los días previos al despegue se registró una llamarada, aunque la NASA descartó cualquier impacto en la misión. Con todo, el riesgo no desaparece: el Sol es impredecible, por lo que la vigilancia será constante durante todo el vuelo.

Pero no todo lo relacionado con el Sol será motivo de preocupación. Durante la misión, la tripulación tendrá también una oportunidad poco habitual: observar un eclipse solar desde el espacio profundo. En ese momento, la Luna se interpondrá entre la nave y el Sol, permitiendo ver directamente la corona solar, una de las regiones más complejas y menos visibles de nuestra estrella.

A diferencia de otros momentos del viaje, esta observación se realizará con comunicaciones activas con la Tierra y forma parte de las actividades científicas previstas para la misión, según confirmaron en la rueda de prensa celebrada después del lanzamiento de Artemis II.

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