Publicado: noviembre 8, 2026, 9:23 pm
Hace apenas unas semanas, la dana Adam volvió a convertir en ríos las calles de Oliva, Pego o Els Poblets: helicópteros rescatando a vecinos de los tejados, más de 600 litros por metro cuadrado en 48 horas y, al final, al menos cuatro muertos en el este peninsular.
Las imágenes recordaban demasiado a las de la dana de octubre de 2024, que se cobró la vida de más de 230 personas en la Comunidad Valenciana. En enero de 2025, los incendios de Palisades y Eaton arrasaron más de 16.000 estructuras en Los Ángeles y mataron a 31 personas; en julio, una crecida súbita del río Guadalupe se llevó por delante a más de 130 personas en Texas, 27 de ellas en un campamento de verano con cabañas a la orilla del río. Las imágenes son terroríficas, lo que queda tras de ellas es aún peor.
Y mientras los científicos andan cada vez más preocupados por el previsible crecimiento de los eventos meteorológicos extremos, hay una pregunta que año tras año sigue encima de la mesa: ¿por qué nos metemos en la boca del lobo? ¿Por qué construimos ciudades enteras en zonas fácilmente inundables y por qué no estamos haciendo todo lo posible por reestructurar las tramas urbanas que ya están así? ¿Qué nos pasa con los lugares peligrosos?
Después de que el huracán Katrina utilizara Nueva Orleans como su terreno de juegos, las autoridades crearon una comisión, Bring New Orleans Back, para reconstruir la ciudad de una forma más segura. La comisión intentó sacar adelante una reforma profunda que conllevaba trasladar una buena parte de la población a zonas altas y reconvertir los terrenos inundables en zonas verdes y sistemas de drenajes.
Edward Blakely, uno de los responsables del trabajo de recuperación de la ciudad, explicó que cuando presentó las propuestas en los barrios, “la gente se reía o se molestaba”. Nadie se lo tomó en serio.

No hace falta irse tan lejos. La Comunitat Valenciana cuenta desde 2003 con un plan, el PATRICOVA, que delimita sus zonas inundables. Aun así, casi un tercio de las más de 75.000 viviendas afectadas por la DANA de 2024 se construyó ya en este siglo. Y, lejos de vaciarse, en los municipios arrasados los precios de compra y alquiler subieron alrededor de un 18% en los meses siguientes. Nueva Orleans y Valencia solo son ejemplos de algo que pasa en todo el mundo: llevamos décadas construyendo en lugares sorprendentemente peligrosos.
No solo hablamos de las zonas inundables por tormentas o por crecidas del nivel del mar, hablamos de millones de personas viviendo sobre volcanes o zonas sismológicamente muy activas, de las ciudades que creamos en tierra de Huracanes o de cientos de miles de barrios sobreviviendo gracias a un finísimo hilo de agua que la desertificación amenaza con cortar.
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Y la tendencia no va a menos. Un estudio del Banco Mundial publicado en Nature en 2023 analizó la expansión de los asentamientos humanos desde 1985 y encontró que los situados en las zonas con mayor riesgo de inundación habían crecido un 122%, frente al 80% de los levantados en zonas seguras. Un fenómeno impulsado, sobre todo, por los países de renta media y baja.
Por sorprendente que pueda parecer, históricamente hablando, nos establecimos en esos lugares por una buena razón: los mismos fenómenos que los hacen peligrosos son los que los hacen atractivos. Es lo que los ecólogos llaman “hipótesis de la perturbación intermedia”: los cambios recurrentes facilitan el desarrollo de la diversidad y la abundancia.
En 1978, Joseph Connell publicó un estudio sobre ecosistemas especialmente diversos y se dio cuenta de que sitios tan dispares como los bosques tropicales o los arrecifes de coral tenían una cosa en común: no eran estables. De hecho, los sitios más estables del mundo eran precisamente los sitios menos apropiados para la vida. Lo mismo ocurría en entornos muy inestables.
Parecía existir un punto de perturbación perfecto que favorece la fertilidad del terreno y la diversidad de plantas y animales. Con esto en mente, no es difícil entender por qué nuestros antepasados decidieron quedarse en esos sitios, pero qué hacemos aún allí. Es más, por qué hemos pisado el acelerador en las últimas décadas y hemos invadido zonas aún más peligrosas.

Es una pregunta que se hace recurrentemente a los expertos en desastres naturales. Takako Izumi, investigadora del Instituto Internacional de Investigación en Ciencia de Desastres de la Universidad de Tohoku (Japón), piensa que la principal razón es que “la gente tiene dificultades con los riesgos potenciales”.
Los desastres graves son raros y eso hace que el peligro sea algo demasiado nebuloso para evaluarlo correctamente. Y, “en última instancia, la cuestión científica y política de la reducción del riesgo se reduce a la percepción pública”. Estos eventos destructivos ocurren una vez cada 50, 100 años o 500 años y, como ocurre con los seguros, invertir grandes cantidades de dinero para solucionar este tipo de problemas es algo (política, social y económicamente) muy poco viable.
Además, señala Izumi, hay un factor cultural y emocional. El hecho de que, durante miles de años, las culturas humanas se hayan ido asentando en zonas con “perturbación intermedia” ha creado vínculos entre las sociedades y los territorios. A veces, es una cuestión de patrimonio cultural y vínculos históricos; otras veces, hay una historia de prestigio social y estatus económico que nos atrae a lugares donde vivir es peligroso.
Izumi llega a decir que, según sus investigaciones, para los japoneses “vivir peligrosamente es preferible a perder las raíces sociales y culturales”. No está claro que eso sea así en todos los lugares de riesgo porque, a día de hoy, la investigación es escasa. Pero sí es una llamada de atención sobre los problemas que conllevará adaptarnos al cambio climático.
Imagen | Iqro Rinaldi, Venti Views, Pabloruizmasia (CC BY-SA 4.0)
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La noticia
Valencia sabía desde 2003 el lugar en el que se inundaría: por qué la humanidad sigue viviendo en zonas catastróficas
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Javier Jiménez
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