Publicado: noviembre 8, 2026, 10:18 am
¿Se imaginan ganar o perder una final del Mundial sin que Arturo Coello, el mejor jugador de la selección española, hubiese pisado siquiera la pista? Pues eso es exactamente lo que podía haber sucedido con la alineación del seleccionador Juanjo Gutiérrez. Una auténtica locura. O una genialidad. Depende de cómo se mire y, sobre todo, del resultado. Porque hay que tener mucha valentía para reservar al jugador más determinante del mundo para un tercer partido que quizá nunca llegue a disputarse. Y todavía más para confiar la apertura de una final mundialista a Aimar Goñi , un ‘rookie’, el único integrante de la selección española fuera del top 20 del ranking. A su lado, eso sí, Juan Lebrón, uno de los grandes pilares del equipo nacional, con experiencia, carácter y una espina clavada desde la derrota ante Argentina en 2024. La apuesta era de órdago. Y pudo salir rematadamente mal. Con 7-5 y 4-2 abajo, Lebrón y Goñi tenían contra las cuerdas no solo el primer partido, sino también la estrategia de su seleccionador. Pero remontaron. Y aquella decisión que parecía una temeridad empezó a convertirse en una genialidad. Argentina igualó la eliminatoria y llegó el tercer encuentro. Justo donde Juanjo quería tener a Coello, acompañado por Coki Nieto, probablemente uno de los jugadores más fiables del circuito . El mejor jugador del mundo desde la derecha junto a un compañero que parece no fallar una sola bola. Una pareja de garantías para jugarse un Mundial, independientemente de quién estuviese enfrente. Ahora bien, ¿qué estaríamos diciendo si España hubiese perdido? Seguramente estaríamos pidiendo explicaciones por dejar a Coello en el banquillo durante los dos primeros partidos. Y no nos faltarían motivos. Pero un seleccionador está para tomar decisiones, no para contentar a todo el mundo. Y Juanjo Gutiérrez demostró que tiene algo que no siempre abunda en el deporte de élite: personalidad para asumir riesgos y confianza absoluta en sus jugadores. La frontera entre una locura y una genialidad es muy fina. Esta vez, Juanjo Gutiérrez apostó todo a una carta y le salió perfecta. Era enfermería o puerta grande. Y salió a hombros con una selección campeona del mundo cinco años después. Chapeau, Juanjo.
