Publicado: octubre 31, 2026, 5:23 am
El 20 de octubre recibí en Madrid el premio «Vidas por el Refugio» de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR. Cuando escuché mi nombre, sentí una alegría difícil de explicar. Pensé en el camino recorrido, en las personas que me habían acompañado y en todo lo que había tenido que dejar atrás. Pero, mientras recibía aquel reconocimiento, también pensé en las niñas de Afganistán. Mi felicidad no era completa.
¿Cómo podría serlo si, mientras yo podía hablar libremente ante un público, tantas mujeres de mi país seguían sin poder estudiar, trabajar o decidir sobre sus propias vidas?
Soy periodista afgana y soy refugiada. Ninguna de esas palabras cuenta por sí sola toda mi historia. Antes de llegar a España tenía una profesión, proyectos y una vida que imaginaba continuar en mi país. No elegí marcharme porque quisiera empezar de nuevo en otro lugar. Tuve que hacerlo porque permanecer en Afganistán dejó de ser seguro para mí.
Huir no es simplemente tomar un avión o cruzar una frontera. Es despedirse sin saber cuándo se podrá regresar. Es dejar atrás una lengua que te abraza, lugares familiares y personas queridas. Es llegar a un sitio donde casi nadie conoce tu pasado y, aun así, tener que encontrar fuerzas para construir un futuro.
En España he descubierto oportunidades y también dificultades. Aprender a moverse en otra sociedad, entender sus códigos, buscar estabilidad y seguir ejerciendo una profesión después de una experiencia dolorosa exige una energía enorme. La integración no sucede de un día para otro. Tampoco debería entenderse como una obligación de borrar nuestras raíces para demostrar que merecemos pertenecer.
Queremos aprender, trabajar, participar y aportar. Queremos sentir que este país puede ser también nuestro hogar, sin tener que renunciar a la memoria del lugar del que venimos. Y para lograrlo hacen falta esfuerzos de ambas partes: de quienes llegamos y de quienes nos reciben.
A veces, en conversaciones cotidianas, noto que se espera de nosotros una gratitud permanente, como si agradecer la protección significara no poder señalar obstáculos. Yo estoy sinceramente agradecida, profundamente. Precisamente por eso creo que debemos hablar con sinceridad de las barreras reales que persisten: el idioma, el reconocimiento de nuestras trayectorias profesionales y la dificultad de sentirnos escuchados en igualdad de condiciones.
Sin embargo, cuando se habla de migración y refugio, muchas veces la conversación empieza con el miedo. Se habla de fronteras, de cifras y de problemas. Algunas personas miran a un refugiado y ven primero una etiqueta, no una persona. Rara vez se preguntan qué conocimientos trae consigo, qué ha perdido o cuánto está haciendo para reconstruir su vida.
Entre nosotros hay periodistas, médicas, profesores, estudiantes, comerciantes, artistas y personas que cuidan de sus familias. Algunos hemos tenido que empezar desde cero, incluso después de años de estudio y trabajo. No pedimos que se ignore nuestra situación difícil. Pedimos que esa situación no sea lo único que se vea cuando se habla de nosotros.
Por eso este premio significa tanto para mí. Reconocer públicamente el trabajo de una persona refugiada también permite mostrar que podemos contribuir a la sociedad, participar en el debate público y ayudar a cambiar realidades. Agradezco a CEAR que abra espacios donde nuestras historias no se cuentan solamente desde el sufrimiento, sino también desde la iniciativa, la capacidad y la esperanza.
Pero hay algo que considero esencial: nadie debería tener que recibir un premio para ser tratado con dignidad. No todos los refugiados aparecerán en un escenario ni tendrán una historia considerada extraordinaria. Quien trabaja en silencio, aprende el idioma, cuida de sus hijos o intenta conseguir su primer empleo merece el mismo respeto. Los derechos humanos no son una recompensa por el éxito.
Como periodista, sé que las palabras importan. La forma de contar la migración puede acercarnos o separarnos. Si solo mostramos imágenes de emergencia, olvidamos la vida que continúa después de la llegada. Si hablamos siempre sobre los refugiados, pero nunca con ellos, perdemos una parte imprescindible de la realidad. Necesitamos escuchar sus voces, incluidas las que no suelen ocupar titulares.
La mía sigue unida a Afganistán. Desde que los talibanes regresaron al poder en 2021, las restricciones impuestas a mujeres y niñas han transformado radicalmente sus vidas. Las niñas no pueden continuar la educación secundaria y las mujeres tienen cerrado el acceso a la universidad. Para mí no son datos lejanos: pienso en rostros, en sueños y en oportunidades que están siendo arrebatadas.
Pienso en una niña que desea ser periodista. Tal vez tiene preguntas, curiosidad y valentía. Tal vez quiere contar lo que ocurre a su alrededor. ¿Qué puede hacer con ese talento si no le permiten entrar en un aula? ¿Cuántas futuras médicas, maestras y escritoras están perdiendo años que nadie podrá devolverles?
Cuando recibí el premio, deseé que esas niñas estuvieran allí. No para compartir mi reconocimiento, sino para vivir en un mundo donde ninguna tuviera que agradecer como un privilegio algo tan básico como estudiar. Mi tristeza no borra mi alegría; le da un sentido más profundo. Me recuerda para qué quiero seguir hablando.
También me obliga a recordar que recibir protección no debería significar quedar reducida para siempre a la condición de víctima. Agradezco la acogida y las oportunidades que he encontrado en España. Pero mi identidad no se agota en lo que sufrí. Tengo ideas, experiencia profesional, responsabilidades y una voz propia. Quiero que otras personas refugiadas tengan igualmente la posibilidad de ser reconocidas por quienes son y por lo que hacen.
Este reconocimiento no cierra ninguna herida ni sustituye la libertad que falta en Afganistán. Lo recibo con gratitud y con la responsabilidad de seguir contando historias que merecen ser escuchadas.
Hoy sostengo un premio en mis manos. Mi deseo más grande es que las niñas de mi país puedan sostener un libro en las suyas, entrar libremente en una escuela y decidir su futuro. El día que eso sea posible, mi alegría será mucho más completa.
