Publicado: octubre 18, 2026, 3:00 am
El final de la guerra en Oriente Medio debería traer un alivio para los precios del petróleo, después de meses de interrupciones del suministro y una intervención sin precedentes de los gobiernos para evitar una crisis todavía mayor. Sin embargo, la normalización del mercado podría encontrarse con un obstáculo inesperado. Los países que llevan meses vendiendo cientos de millones de barriles de sus reservas estratégicas tendrán que decidir cuándo recuperarlos, y una oleada de compras simultáneas podría volver a tensionar los precios justo cuando consumidores y empresas esperan que empiecen a bajar.
La Agencia Internacional de la Energía (AIE) acaba de confirmar que la operación será todavía mayor de lo previsto. Sus 32 países miembros acordaron liberar 400 millones de barriles en marzo, la mayor intervención coordinada de su historia, pero varios gobiernos han aumentado sus compromisos. Ya han salido al mercado unos 330 millones y ahora se acelerará la entrega de otros 100 millones, incluidos más de 20 millones de gasóleo.
Y ni siquiera semejante esfuerzo ha impedido que el mundo siga perdiendo petróleo almacenado. Desde finales de febrero, los inventarios observados han disminuido en 509 millones de barriles y las existencias se encuentran en sus niveles más bajos desde al menos 2016.
En medio de esta caída de las reservas mundiales, España acaba de anunciar que pondrá en circulación otros 4,4 millones de barriles durante octubre, después de liberar 3,75 millones en una primera operación. Su compromiso inicial asciende a 11,5 millones, equivalentes a 12,3 días de consumo nacional, que saldrían de las reservas de emergencia que mantienen las empresas petroleras para hacer frente a posibles problemas de suministro.
El movimiento español se suma a las nuevas liberaciones anunciadas por otros países europeos, entre ellos Alemania, que prevé liberar hasta 15 millones de barriles adicionales, mientras Francia ha planteado una operación que podría alcanzar los 100 millones, repartidos entre crudo y gasóleo.
Europa y el efecto bumerán
Washington lleva semanas presionando a los gobiernos europeos para que saquen más combustible de sus almacenes, una medida que podría terminar encareciendo el petróleo que ahora intenta abaratar. La Administración estadounidense ha llegado a advertir a Francia y Alemania de posibles restricciones a las exportaciones de diésel estadounidense si Europa no contribuía a aliviar la escasez.
La presión llega cuando el gasóleo se ha convertido en uno de los mayores problemas del mercado energético. Sus exportaciones mundiales cayeron en septiembre unos 700.000 barriles diarios respecto al año anterior y los precios mayoristas llegaron a alcanzar los 220 dólares por barril en Europa y Estados Unidos. La AIE advierte de que las dificultades para recuperar las existencias podrían prolongarse hasta la segunda mitad de 2027.
Y precisamente Francia y Alemania concentran alrededor del 35% de las reservas de gasóleo y diésel de la Unión Europea, el combustible que Washington quiere que pongan en circulación. Las nuevas liberaciones reducirían unas existencias que ambos países podrían necesitar si la crisis energética se prolonga.
Reponer una cantidad equivalente a los 400 millones de barriles inicialmente comprometidos por la AIE, a un precio de 100 dólares por barril, supondría movilizar 40.000 millones de dólares.
Concentrar esas compras en solo doce meses supondría añadir una demanda equivalente a cerca de 1,1 millones de barriles diarios, frente a unos 550.000 si se repartieran durante dos años. Si para entonces la producción mundial todavía no se ha recuperado, los gobiernos tendrían que competir con refinerías y otros compradores por un suministro limitado, aumentando la presión sobre los precios. Y cuanto más suba el petróleo durante ese proceso, más dinero tendrán que desembolsar para recuperar los barriles utilizados durante la emergencia.
Estados Unidos bajo mínimos
Una parte importante de esa demanda podría proceder de Estados Unidos, que lleva años recurriendo a sus reservas para afrontar las crisis energéticas. Washington autorizó una liberación extraordinaria de 180 millones de barriles en 2022 y otra de 172 millones el pasado marzo, después de que la guerra con Irán provocara nuevas interrupciones del suministro.
Sus depósitos estratégicos contienen ahora unos 283 millones de barriles, el nivel más bajo desde 1982. Estados Unidos dispone de una capacidad autorizada de almacenamiento de 714 millones, por lo que mantiene ocupada menos del 40%. Y todavía quedan entregas comprometidas que podrían reducir aún las existencias.
Sin embargo, disponer de tanto espacio vacío tampoco garantiza que Washington pueda volver a llenarlo rápidamente. La Oficina de Responsabilidad Gubernamental (GAO), el organismo fiscalizador del Congreso, ha advertido de que las instalaciones acumulan problemas de mantenimiento y envejecimiento que están limitando su funcionamiento.
A finales de 2025, la capacidad efectiva para introducir petróleo en esos depósitos apenas alcanzaba el 56% de su tasa de diseño, mientras que la de extracción se situaba en el 61%.
La incógnita de 2027
La evolución prevista de la producción mundial podría facilitar la reconstrucción de unas reservas que, al menos en Estados Unidos, también dependen de solucionar esas limitaciones operativas. La AIE calcula que la demanda mundial de petróleo disminuirá en 2,6 millones de barriles diarios durante 2026, mientras que la producción podría aumentar en 7,7 millones en 2027. Si se cumplen ambas previsiones, el mercado dispondría de más petróleo para absorber las compras públicas sin provocar necesariamente otra escalada de precios.
Sin embargo, esa recuperación depende de que las interrupciones del suministro en Oriente Medio vayan quedando atrás. Los daños en las instalaciones energéticas, las dificultades del transporte marítimo y la incertidumbre sobre cuándo volverán a operar a plena capacidad algunos productores podrían retrasar la llegada de esos barriles adicionales.
Si la producción tarda más de lo previsto en recuperarse, los gobiernos podrían verse obligados a aplazar durante más tiempo la reconstrucción de sus reservas, incluso después de que termine la guerra. Y cualquier nueva interrupción del suministro encontraría a países como Estados Unidos con menos petróleo almacenado y mayores dificultades para responder con otra liberación extraordinaria.
