Publicado: octubre 4, 2026, 4:23 pm
La Caravana de la Muerte me persiguió durante años. En septiembre de 1992 me encontré en Sarajevo (Bosnia-Herzegovina) con una yugoslava que hablaba español con la dulce jerga chilena. La ciudad llevaba cercada varios meses y las bombas barrían cada día sus calles.
Casi me había olvidado de Chile cuando Mayra Topcargic me contó que su marido había sido ejecutado en Calama y seguía desaparecido. Le pregunté cómo se llamaba y, al decirme, Haroldo Cabrera, se emocionó cuando supo que sabía tanto como ella de la situación sufrida por su pareja. Su preocupación en aquellos momentos era proteger a sus tres hijos varones de entre 21 y 25 años que vivían con ella y que habían sido señalados por una publicación radical serbia como mercenarios.
Al regresar a España hablé con la embajada chilena con insistencia hasta que se dieron cuenta de la gravedad de la situación y consiguieron que tanto Mayra como sus hijos pudiesen abandonar la capital bosnia, que sufriría el largo cerco hasta finales de 1995.
Otra de las personas que me ayudó durante mi primer viaje a Calama, a principios de 1987, fue Vicky Saavedra, hermana del estudiante Pepe Saavedra, de 18 años, el más joven de los detenidos y ejecutados por la Caravana de la Muerte. «Vi sufrir a mi madre, cómo se consumió poco a poco hasta su muerte. Cometí el error de hacerle creer que mi hermano seguía vivo», me contó Vicky que tenía 13 años cuando nació Pepe. Su llegada «iluminó nuestra casa». Recordaba que ella le preparaba los biberones, le lavaba y ejerció de segunda madre en todas las etapas de la niñez.
En 1991 le dijeron que habían visto a un vago paseando por las calles de Arica, ciudad fronteriza con Perú, a 600 kilómetros de distancia, que se parecía a su hermano. Y se fue a buscarlo. «Fue muy difícil aceptar su muerte. No tienes el cuerpo, la evidencia definitiva que es fundamental. Tardé once años en llorar su pérdida por primera vez», me explicó hace ya cuarenta años.
Años más tarde reconoció que había hablado poco con sus hijos, quizá por no involucrarlos en su dolor. «Quizás piensan que mi hermano les quitó espacio a ellos y, con el paso del tiempo, ha crecido en mí el sentimiento de culpabilidad», me explicó hace más de dos décadas y me lo ha vuelto a comentar hace unos días en la capital chilena.
Muchos familiares de desaparecidos han sentido algo parecido. Su búsqueda les ha impedido mantener una relación estable con otros familiares como si el ausente fuese mucho más importante que los presentes. La política de terror de la dictadura también provocó que muchas madres escondieran la verdad a sus hijos con el fin de protegerlos.
Cuando encontraron la fosa, alguien le trajo un zapato con los restos de un pie. Lo tuvo cuatro días en su habitación sin parar de mirarlo y tocarlo como algo enfermizo. Cuando años después se identificaron los restos, se confirmó que correspondían a su hermano Pepe. Confiesa que su queja es nimia si se compara con otros familiares que no saben medio siglo después dónde están sus seres queridos. «Nosotros sabemos lo que pasó y cómo los mataron y hasta nos entregaron un certificado de defunción. Otras familias no saben nada y creen que algún día los encontrarán vivos».
Una de las historias más dramáticas de la Caravana de la Muerte es la de Carmen Hertz, esposa del abogado y periodista Carlos Berger, que era jefe de prensa de la mina de cobre de Chuquicamata, y con quien tenía un hijo, Germán, de once meses. Fue condenado a 61 días de cárcel por negarse a emitir proclamas golpistas y marchas militares el día del golpe en la radio que dirigía.
Un día antes de la llegada de la comitiva criminal y de su ejecución Carmen se entrevistó con el fiscal militar para pedirle que conmutara la pena que le restaba (menos de un mes) por una multa. Le pidió que le hiciera la petición formalmente por escrito. «Salí tan segura de que al día siguiente lo iban a liberar que reservé plaza para ambos en el primer avión para Santiago», me contó en 1999.
Pero al día siguiente llegó la comitiva criminal a la prisión militar. Carmen, abogada de su marido, pudo conversar con él durante veinte minutos. Ya le contó que un primer grupo de presos encapuchados y maniatados había sido llevado a un lugar impreciso. Una hora después le informaron que todos los prisioneros habían sido fusilados al intentar escaparse.
«Nuestra casa fue allanada. Todos los libros de Carlos y los juguetes de mi hijo fueron robados», explicó. Pasó cuatro años en el exilio y regresó en 1977 para incorporarse al equipo jurídico de la Vicaria de la Solidaridad, una entidad de denuncia de las violaciones de los derechos humanos creada por el Arzobispado de Santiago.
1988 fue un año terrible. En junio, Dora Guralnik, madre de Carlos, se suicidó tirándose por la ventana desde un séptimo piso al no poder superar la enésima depresión. Pero lo peor ocurrió en noviembre. «Al regresar a mi casa encontré degollada a mi empleada Sofía Yañez, que tenía 23 años y estaba embarazada», me contó. Días antes, varios miembros de la policía secreta de Pinochet habían sido sometidos a un proceso por torturas tras una querella presentada por ella. Su asesinato fue un acto de venganza y amedrentamiento. De nuevo, se fue al exilio con su hijo, que ya tenía 15 años, justo cuando muchos exiliados regresaban tras el rechazo a Pinochet para continuase en el poder en un plebiscito.
Germán, «el enanito rubio» tal como lo llamaba su padre cuando era un bebé, se enteró a los cuatro años de lo ocurrido: «Lo mataron los militares». Fue la escueta respuesta a su pregunta estando en el exilio. Mientras su madre trabajaba muchas horas en la Vicaria, su relación con su abuela se volvió muy especial. «Su suicidio fue un golpe muy duro y me obligó a vivir su muerte conjuntamente con la de mi padre. Sentí el dolor que ella arrastró y su grito de desesperanza», me explicó cuando estudiaba cine en Barcelona hace más de un cuarto de siglo.
Me confesó que el proceso hacia la democracia lo desengañó porque «las decisiones se tomaban entre cuatro paredes y las estructuras creadas por los milicos eran ocupadas por los demócratas». Muchos volvían del exilio dorado y «solo hablaban de los errores del gobierno de Salvador Allende y la cultura popular, con Violeta Parra y Víctor Jara a la cabeza, era enterrada».
Sus trabajos, como el documental Mi vida con Carlos, presentado en 2009, estaban muy relacionados con su tragedia personal, «con la búsqueda frenética y a la vez ficticia del pasado». A mediados de los noventa viajó por primera vez a Calama sin saber qué buscaba. Me explicó en 2000 que «nunca tuve nada de mi viejo, ni siquiera sé dónde está su cuerpo (en 2014 y 2016 se encontraron varios fragmentos de sus restos). Creía que las piedras, las ramas, la polvareda del desierto podría traerme algo de su aura. Quizá buscaba un antídoto contra la soledad».
