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Volver al gimnasio, comer mejor, dormir más… por qué septiembre nos hace sentir que tenemos que arreglarlo todo

Publicado: septiembre 14, 2026, 10:25 am

Septiembre tiene algo de segundo enero. Volvemos de las vacaciones y, junto con los horarios y las obligaciones, aparecen también los propósitos: volver al gimnasio, comer diferente, dormirnos antes, organizarnos, ser más productivos… Parece que la vuelta a la rutina trae implícita la idea de que hay cosas que tenemos que cambiar. Y, a veces, también la sensación de que durante el verano hemos hecho algo mal y ahora toca corregirlo.

Que septiembre nos anime a empezar cosas nuevas tiene una explicación. Se ha estudiado el llamado fresh start effect o “efecto de nuevo comienzo”: determinados hitos temporales nos ayudan a percibir que una etapa termina y comienza otra, y pueden aumentar nuestra motivación para perseguir objetivos. La diferencia está en si esos cambios parten de algo que queremos para nuestro día a día o de la necesidad de compensar lo que hicimos durante el verano.

Durante las vacaciones es normal que nuestra vida cambie. Cambian los horarios, los planes, lo que comemos, cuánto nos movemos, las horas a las que nos dormimos o la forma en la que organizamos nuestros días. Sin embargo, en septiembre es fácil mirar hacia atrás y transformar esos cambios en fallos: “me he pasado”, “me he dejado”, “he perdido todos mis hábitos”, “ahora tengo que compensar”. Como si descansar más, comer diferente o abandonar temporalmente algunas rutinas significara haber hecho algo mal.

Y ahí cambia también el lugar desde el que nos planteamos nuestros objetivos. No es lo mismo pensar “quiero volver a hacer ejercicio porque me sienta bien” que “tengo que volver porque me he pasado todo el verano”. La conducta puede ser exactamente la misma, pero la motivación que hay detrás no lo es. La investigación sobre motivación muestra que tendemos a obtener mejores resultados cuando hacemos cambios que sentimos como propios y coherentes con aquello que valoramos, frente a cuando predominan formas de motivación basadas en la presión, incluida la que nos imponemos nosotros mismos.

La frustración de no cumplir las previsiones

Esto no significa que sentir culpa sea siempre perjudicial. La culpa puede ayudarnos a reconocer que hemos actuado de una forma que no encaja con lo que queremos y llevarnos a hacer algún cambio. La dificultad aparece cuando se convierte en el principal motor de ese cambio y empezamos septiembre con la sensación de que tenemos que compensar lo que hemos hecho en el verano. El objetivo ya no es solo recuperar ciertas rutinas, sino hacerlo mejor, ser más disciplinados o acercarnos a esa idea de nuestra “mejor versión”.

¿Y qué pasa el día que no los cumplimos? Si faltar al gimnasio es simplemente faltar al gimnasio, probablemente podamos reorganizarnos y continuar. Pero si ir al gimnasio forma parte de sentir que ahora tenemos que hacerlo bien, faltar puede adquirir otro significado: “otra vez estoy fallando”, “no tengo fuerza de voluntad”, “nunca consigo ser constante”. El problema deja de ser únicamente una conducta que no hemos realizado y empieza a convertirse en una valoración sobre nosotros mismos.

Es precisamente aquí donde la idea de convertirnos en “nuestra mejor versión” es engañosa. ¿Qué significa exactamente ser nuestra mejor versión? ¿Ser más productivos, más saludables, estar más tranquilos, tener nuestra vida más organizada? Cuando el objetivo deja de ser una conducta concreta y pasa a ser convertirnos en alguien “mejor”, resulta difícil establecer en qué momento lo hemos hecho. Siempre habrá algo más que podríamos mejorar, y nunca estaremos satisfechos.

La clave está en la flexibilidad

Además, plantearnos el cambio de esta manera deja poco espacio para algo inevitable: nuestra vida no funciona siempre en las mismas condiciones. Hay semanas con más trabajo, días en los que dormimos peor, responsabilidades familiares, dificultades económicas, cansancio, imprevistos o simplemente momentos en los que nuestras prioridades cambian.

Sin embargo, muchas veces construimos nuestros objetivos pensando en unas condiciones ideales: hacer ejercicio varias veces por semana, comer de una determinada manera, dormir un número concreto de horas, tener tiempo para descansar, movernos o preparar nuestras comidas. No todos estos hábitos son posibles para todas las personas ni en todos los momentos. Una rutina saludable también tiene que poder adaptarse a la vida que realmente tenemos.

Por eso, una parte importante del cambio es la flexibilidad. No cumplir un objetivo exactamente como lo habíamos previsto no significa abandonarlo. Podemos hacer menos ejercicio una semana, modificar nuestros horarios o adaptar una rutina cuando cambian nuestras circunstancias sin que eso convierta el proceso en un fracaso. Y también importa cómo respondemos cuando esto ocurre. A veces creemos que ser duros nos ayudará a mejorar: “tengo que espabilar”, “soy un desastre”, “siempre hago lo mismo”. Pero la investigación sobre autocompasión no respalda la idea de que tratarnos con amabilidad implique volvernos conformistas o perder la motivación. Reconocer una dificultad sin convertirla en un juicio sobre nosotros mismos puede ayudarnos a reajustar lo que nos habíamos propuesto y continuar.

Quizá el objetivo de septiembre no tenga que ser convertirnos en una versión mejor de nosotros mismos. Podemos aprovechar ese efecto de nuevo comienzo para preguntarnos qué queremos recuperar, qué echamos de menos de nuestra rutina o qué cambios podrían ayudarnos en nuestro día a día. Pero desde la elección, no desde la necesidad de compensar el verano.

Volver a la rutina no debería significar compensar el verano. Haber descansado más, haber cambiado nuestros horarios o haber vivido de otra manera durante unas semanas no convierte el verano en un error que haya que corregir. Una buena forma de empezar septiembre puede ser no intentando demostrar que ahora sí vamos a hacerlo todo bien, sino construyendo una rutina en la que también podamos seguir adelante cuando no lo hagamos.

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