25 años del 11-S, el atentado más atroz que cambió el rumbo de la historia: "Se rompió el mundo heredado tras el fin de la Guerra Fría" - Estados Unidos (ES)
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25 años del 11-S, el atentado más atroz que cambió el rumbo de la historia: «Se rompió el mundo heredado tras el fin de la Guerra Fría»

Publicado: septiembre 11, 2026, 3:23 am

El cielo de Nueva York se tiñó de negro en la fatídica mañana del 11 de septiembre de 2001, de la que este viernes se cumplen 25 años. Un martes cualquiera que pasaría a la historia cuando a las 08.46 un avión de pasajeros se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Centre. Las televisiones de todo el mundo conectaron en directo y, durante unos minutos, la hipótesis de un accidente estuvo sobre la mesa. Diecisiete minutos después, a las 09.03, un segundo avión se incrustó con violencia en la segunda de las Torres Gemelas y dejó claro que Estados Unidos afrontaba un ataque terrorista.

Durante 102 minutos, el caos, el terror y el desconcierto se apoderaron de Nueva York y del mundo. A las 09.37, un tercer aparato impactó contra el Pentágono y, 22 minutos después, la Torre Sur se derrumbó. A las 10.28 lo hizo la Torre Norte. Los rascacielos desaparecieron del horizonte dejando tras de sí montañas de escombros y ceniza, 2.977 muertos y la certeza de que el mundo no volvería a ser el mismo. Un cuarto de siglo después, el profesor e investigador de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), Diego Iturriaga Barco, mantiene que «el siglo XXI histórico comenzó el 11 de septiembre de 2001». «Los atentados del 11-S son un punto de inflexión en lo que entendemos como geopolítica internacional», resume Armando Jiménez San Vicente, experto en Geopolítica y Relaciones Internacionales de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV).

Detrás de aquel ataque, el más mortífero cometido en suelo estadounidense, no había ninguna potencia extranjera, sino un grupo yihadista. Diecinueve terroristas de Al-Qaeda habían secuestrado cuatro aviones y habían conseguido sembrar el terror en la primera potencia del mundo. «El 11-S inaugura una época en la que la hegemonía de EEUU es cuestionada por grupos extremistas que ya existían, nacidos al amparo de las desigualdades y la inestabilidad de Oriente Medio, pero que no se esperaba que pudieran suponer una amenaza para la paz mundial», sostiene Jiménez.

El mundo aún vive bajo los efectos de lo ocurrido aquella mañana, en la que dos conceptos, ‘guerra’ y ‘seguridad’, cambiaron para siempre: «Los atentados desencadenaron la llamada ‘guerra contra el terror’. Las guerras siempre se habían entendido entre Estados, pero por primera vez se pone el foco en estos grupos integristas como una amenaza para la estabilidad y la integridad de los países», explica Jiménez. «Las amenazas ya no tenían por qué tener territorio, fronteras o ejército identificable, y la distancia geográfica dejó de ser una garantía de seguridad. De ahí surgió la idea de la seguridad global, de que conflictos o estados lejanos podían afectar directamente a sociedades occidentales», añade Iturriaga.

«El siglo XXI histórico comenzó el 11 de septiembre de 2001»

Golpe a la hegemonía estadounidense

Los objetivos de los atentados no fueron arbitrarios: las Torres Gemelas simbolizaban el poder económico y financiero; el Pentágono, el militar; y el Capitolio, posible objetivo del cuarto avión, el político. «La elección de estos objetivos permitió a Al-Qaeda atacar simultáneamente personas, instituciones y símbolos. El propósito de los terroristas no era solo causar víctimas, sino multiplicar psicológica y políticamente el efecto de la violencia. Por tanto, atacar esos lugares convertía la destrucción física en un mensaje dirigido tanto a Estados Unidos como al resto del mundo», explica Iturriaga.

Para el investigador de la UNIR, el 11-S demostró que una organización terrorista, sin una estructura estatal y con medios limitados, «podía producir efectos estratégicos de dimensión mundial»: «Al-Qaeda no podía competir militarmente con Estados Unidos, pero consiguió golpear su territorio, paralizar sus centros de decisión y condicionar durante años su política exterior». Los atentados fueron además «el primer acontecimiento mediático global, y esas imágenes construyeron una memoria visual compartida a escala mundial», añade.

«El 11-S no transformó las estructuras internacionales, pero sí fue un acelerador de procesos y, sobre, todo, una ruptura simbólica con el mundo heredado tras el fin de la Guerra Fría«, sostiene Iturriaga. El siglo XX había enseñado a Occidente a vigilar ejércitos, arsenales nucleares y movimientos de otras potencias, pero con el 11-S se situó en el centro de la seguridad mundial a organizaciones transnacionales capaces de actuar a miles de kilómetros de sus bases. Jiménez conecta ese cambio a las ideas que años antes había escuchado personalmente en Harvard a Samuel Huntington, autor de El choque de civilizaciones. «Él ya hablaba de que las guerras del futuro no serían por aspectos económicos o geopolíticos, sino que los principios religiosos y la visión del mundo iban a jugar un papel cada vez más importante, y eso generaría nuevas tensiones con actores no necesariamente estatales, sino grupos religiosos extremistas», recuerda de aquellas ponencias, en las que llegó a citarse a la propia Al-Qaeda. Esa visión, apunta el docente de la UFV, «cristalizó» en el 11-S.

«El propósito de los terroristas no era solo causar víctimas, sino multiplicar psicológica y políticamente el efecto de la violencia»

El terrorismo salta al escenario global

Al-Qaeda nació a finales de los ochenta en la guerra afgana contra la URSS. Tras la derrota soviética, modificó sus objetivos hasta dirigirlos hacia Occidente. «Al-Qaeda llega a la conclusión de que no está teniendo éxito en el mundo musulmán por el apoyo de Occidente a determinados regímenes y decide golpear en sus territorios para que deje de interferir», explica Álvaro Vicente, investigador del Real Instituto Elcano y experto en yihadismo y radicalización. Era el salto, subraya, de una yihad «defensiva» a otra «ofensiva contra el enemigo lejano».

Tras atacar embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania (1998) y el USS Cole en Yemen (2000), el 11-S supuso el salto definitivo del terrorismo islámico a un escenario mundial. «Es la primera vez que Al-Qaeda consuma esa yihad ofensiva», señala Vicente. Su objetivo era, en última instancia, «disuadir a Estados Unidos de seguir interviniendo en el mundo musulmán».

Pese a conocer la existencia de Al-Qaeda, las agencias de inteligencia occidentales «no las consideraban una amenaza operativa», explica Vicente. «Creían que desarrollaban capacidades logísticas, como propaganda, recepción de militantes o tránsito de personas, pero no que pudieran diseñar y ejecutar atentados de esa magnitud». «Fue un fallo de inteligencia, de evaluación de la amenaza», resume.

El 11-S, subraya el investigados del Instituto Elcano, fue «una sacudida» al «poner de manifiesto» que no se había evaluado correctamente la amenaza del terrorismo islámico, que «se situó inmediatamente en el centro de la agenda de seguridad global», subraya el experto. Los países revisaron sus estrategias, reforzaron la prevención e intensificaron la vigilancia de redes terroristas ante lo que consideraron una nueva «amenaza existencial», capaz de poner en riesgo la estabilidad de los Estados y las instituciones, resume Vicente.

«El 11-S situó el terrorismo yihadista en el centro de la agenda de seguridad global»

La ‘guerra contra el terror’ en Afganistán e Irak

Escasos días después de los atentados, el presidente Bush anunció al Congreso una «guerra contra el terror» sin precedentes que, adelantó el mandatario, comenzaba «con Al-Qaeda, pero no concluye allí». Menos de un mes después, EEUU intervino en Afganistán contra Al-Qaeda y el régimen talibán que le daba refugio, y más tarde en Irak para derrocar el régimen de Sadam Hussein, si bien aquella contienda «tuvo una relación muy diferente con el 11-S» y una justificación «mucho más controvertida», según Iturriaga, al no demostrarse nunca los lazos entre Bagdad y Al-Qaeda.

«Estados Unidos se había mostrado especialmente vulnerable al verse golpeado en algunos de sus lugares más simbólicos, y Bush no tuvo otra alternativa que responder con firmeza y contundencia. ¿Lo hizo de la mejor manera? Seguramente no, y por eso ha sido muy cuestionado», explica Jiménez. «Por primera vez, EEUU no tenía un Estado enemigo en una guerra, y trató de utilizar nuevamente ese formato para presentar la ‘guerra contra el terror’ como conflictos contra Afganistán e Irak. Eso simplemente no funcionó: responsabilizar a esos países tuvo un coste enorme y generó más inestabilidad en toda esa región«, sostiene el experto de la UFV. «Es difícil separar el atentado de sus consecuencias, pero históricamente puede sostenerse que la respuesta amplificó enormemente su impacto», expone Iturriaga.

EEUU derrocó a los talibanes, pero quedó atrapado durante dos décadas en Afganistán hasta su retirada —y el regreso del grupo al poder en 2021—. En Irak, la caída de Sadam Hussein dio paso a una ocupación, nuevas insurgencias, violencia y, posteriormente, al Estado Islámico. «Washington gastó enormes cantidades de dinero con el objetivo de restablecer el orden e implementar un modelo capitalista en esos países, pensando que eso auspiciaría democracias estables. Pero ha quedado contrastado que esa fórmula, en Oriente Medio, no funciona», sostiene Jiménez.

Para el experto, Afganistán simboliza ese fracaso: «Fue una intervención militar y económica totalmente fallida, porque los talibanes, precisamente a quienes querían eliminar, acabaron recuperando el poder tras 20 años de intervención y miles de millones de dólares invertidos». «No atribuiría un éxito a la guerra contra el terror», sostiene Vicente, ya que las intervenciones militares, especialmente en Irak, generaron «agravios, movilizaciones y radicalización de la que acabaría alimentándose el Estado Islámico».

«EEUU se mostró vulnerable, y Bush no tuvo otra opción que responder con firmeza y contundencia. ¿Lo hizo de la mejor manera? Seguramente no»

Aquellas campañas también transformaron la forma de combatir. «Se pasó de la guerra convencional a atacar a los grupos beligerantes y a las formas que tienen para financiarse», explica Jiménez. «En aquella época los servicios de inteligencia se transformaron, y se desarrollaron nuevas políticas antiterroristas, la seguridad aeroportuaria y la vigilancia», apunta Iturriaga. «Lo que pasó entonces, a escala militar y diplomática, sigue marcando la agenda 25 años después», concluye Jiménez.

«Nació un mundo más preocupado por la seguridad»

Uno de los cambios más tangibles del 11-S fue la inauguración de una nueva era de seguridad global, desde los controles aeroportuarios y fronterizos hasta el intercambio de inteligencia y nuevas capacidades de los Estados para vigilar a sus ciudadanos. «Nació un mundo más preocupado por la seguridad y con una percepción mucho mayor de las amenazas transnacionales», apunta Iturriaga. El foco pasó a la prevención, lo que llevó a que se «normalizasen controles de seguridad, vigilancia y medidas excepcionales que anteriormente habrían resultado más difíciles de aceptar». «Aquellos años hicieron que el terrorismo pasase a ocupar un espacio enorme en la agenda política y mediática, muy superior a su peso estadístico como causa de mortalidad», añade el investigador de la UNIR.

La sensación de vulnerabilidad se tradujo en una era de «hipervigilancia», sostiene Jiménez, que «evaporó muchas libertades de los ciudadanos en las naciones más desarrolladas«. «Los controles en las redes, las cámaras de seguridad por todas partes, la geolocalización… todo se explica en esas campañas contra el terrorismo. Esas medidas lograron frenar el terrorismo, pero se perdieron muchas libertades y los Estados comenzaron a tener capacidad de entrometerse en la vida privada de los ciudadanos», añade.

Para Vicente, otra gran herencia es una arquitectura internacional de cooperación que «no existía antes». «Como existe una percepción compartida de que esta es una amenaza para todos, incluso Estados que no son aliados colaboran en materia antiterrorista«. Iturriaga habla además de una «cultura del miedo»: «Una sociedad en la que la percepción permanente de amenaza termina influyendo en decisiones políticas y prioridades colectivas», describe. El debate, añade, sigue siendo «hasta dónde puede llegar el estado para garantizar seguridad sin deteriorar libertades y derechos que precisamente pretende proteger».

«Los controles en las redes, las cámaras de seguridad por todas partes, la geolocalización… todo se explica en esas campañas contra el terrorismo»

Un mundo con las huellas del 11-S

Veinticinco años después, el terrorismo yihadista sigue siendo una amenaza, aunque mucho más limitada. «Su impacto acabó siendo muy minimizado para el que pudo tener», apunta Jiménez, que considera «bastante exitosa» la política antiterrorista surgida tras los atentados. La eliminación de Osama bin Laden y otros líderes yihadistas, sostiene Vicente, «redujo la capacidad de estos grupos para lanzar amenazas y, sobre todo, para planificar atentados fuera de sus territorios».

La amenaza, sin embargo, no desapareció: se transformó. Al-Qaeda se descentralizó «para sobrevivir» y, con el nacimiento del Estado Islámico, surgió la figura del actor solitario, cuyo «vínculo ya no es organizativo, sino ideológico». «El yihadismo sigue siendo una amenaza, pero la escala de esa amenaza se ha reducido», resume Vicente. «Hoy no se cree que ninguna organización terrorista pueda representar el riesgo que representaba hace veinte años», analiza el investigador del Elcano.

«Hoy no se cree que ninguna organización terrorista pueda representar el riesgo que representaba hace veinte años»

La geopolítica vuelve a girar en torno a las grandes potencias, pero muchas de las estructuras creadas tras el 11-S permanecen. «Esa arquitectura de cooperación no existía antes», recuerda Vicente, mientras Iturriaga señala que seguimos viviendo en un mundo que «todavía conserva muchas de sus huellas». El yihadismo fue contenido, pero dejó un mundo más vigilado, en el que medidas antes excepcionales forman parte de la normalidad. «El riesgo cero ya no existe, y tenemos que convivir con ello», concluye Vicente.

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