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Los ancianos con dinero caminan más rápido: la gran brecha de movilidad es económica

Publicado: agosto 13, 2026, 6:24 pm

Envejecer no afecta a todos por igual, pero la magnitud con la que la posición socioeconómica condiciona el declive físico sigue ofreciendo cifras alarmantes. Esta semana, una investigación publicada en la revista ‘ PLOS Medicine ‘ demuestra que el nivel de riqueza acumulada determina a qué velocidad se pierde la capacidad para caminar a buen ritmo , levantarse de una silla o realizar tareas tan cotidianas como vestirse o ducharse sin ayuda. El trabajo, liderado por la investigadora Stephanie Schrempft, del Hospital Universitario de Ginebra, comparó los datos de dos de los estudios longitudinales sobre envejecimiento más importantes del mundo: el ELSA británico (8.511 participantes) y el CLSA canadiense (22.605 personas), analizando el comportamiento de adultos de entre 50 y 85 años durante cerca de una década. Los resultados indican que las personas con menos recursos no solo parten de un estado de salud funcional más bajo, sino que experimentan una velocidad de deterioro muy superior a la de sus iguales más acomodados. Para poner estas cifras en perspectiva, los autores del trabajo recurrieron al concepto de «años de funcionalidad perdidos» . Al medir la velocidad del paso, un marcador clave que predice el riesgo de hospitalización y la longevidad, los investigadores descubrieron que un ciudadano inglés de 60 años situado en el tramo más pobre de la población camina a la misma velocidad que uno de 75 años perteneciente al estrato más rico. En la práctica, la desventaja socioeconómica le resta 15 años de capacidad física respecto a sus pares más acomodados. Esta brecha es aún más acusada cuando se analiza la autonomía en la vida diaria. En Inglaterra, la dificultad de los sexagenarios con menos patrimonio para completar actividades básicas (como comer, usar el baño o levantarse de la cama) equivale a la de una persona rica 20 años mayor . Lo que más ha sorprendido al equipo científico no ha sido la existencia de esta grieta económica, sino cómo cambia de intensidad dependiendo del país analizado. A pesar de que tanto Reino Unido como Canadá cuentan con sistemas de sanidad pública universal y niveles similares de desarrollo económico, la brecha de envejecimiento funcional es significativamente más pronunciada en suelo británico. En Canadá, la pérdida equivalente de velocidad de marcha a los 60 años se reduce a nueve años , y la grieta en las actividades de la vida diaria cae a la mitad en comparación con la inglesa. «Lo que más nos llamó la atención fue lo mucho más grandes que eran las brechas de riqueza en Inglaterra que en Canadá», explica Silvia Stringhini, autora principal del estudio e investigadora en la Universidad de Columbia Británica. «Para algo tan básico como la velocidad al caminar, los menos acomodados eran funcionalmente unos 15 años más viejos en Inglaterra frente a los nueve de Canadá. Nuestro estudio no puede decirnos exactamente por qué dos países con sanidad universal y una desigualdad de ingresos similar divergen tanto, pero demuestra que la diferencia es real y sustancial». El trabajo desarmó además una hipótesis habitual en salud pública: que este deterioro acelerado en las clases populares se deba simplemente a que fuman más, tienen un peor índice de masa corporal o padecen más enfermedades crónicas. Al ajustar estadísticamente los datos por diagnósticos de diabetes, cardiopatías, tabaquismo, consumo de alcohol, aislamiento social o soledad, el impacto directo de la riqueza siguió manteniéndose muy elevado. Para los autores, esto sugiere que la salud funcional en la vejez no se resuelve únicamente con recomendaciones individuales sobre estilo de vida, sino que está condicionada por factores estructurales . Entre ellos, los científicos apuntan al acceso real a tratamientos de rehabilitación, las condiciones de la vivienda, la calidad del trabajo desempeñado durante la etapa adulta o la posibilidad de acceder a copagos o apoyos privados en momentos de dependencia inicial. La investigación aporta también un análisis de interseccionalidad que desmonta la idea de que la pobreza afecta de la misma manera a hombres y mujeres. El estudio revela que las mujeres con menos recursos económicos sufren una desventaja doble: presentan de forma persistente mayores dificultades de movilidad, más problemas de audición y más barreras en las tareas domésticas y personales que los hombres de su mismo nivel socioeconómico. Por el contrario, los hombres en la escala económica más baja mostraron una peor función pulmonar que sus pares femeninas. Una diferencia que los investigadores atribuyen a la mayor exposición acumulada de los varones con menor nivel formativo o económico a riesgos laborales en la industria o la construcción, así como a ambientes con polvo y sustancias químicas durante su vida laboral. «El inconveniente de tener poca riqueza no es el mismo para hombres y mujeres», señala Stephanie Schrempft. «Las mujeres con menos recursos sufren más con la movilidad y las actividades cotidianas , pero conservan mejor la capacidad pulmonar que los hombres en su misma situación. Ese tipo de matices se pierden cuando tratamos a los colectivos desfavorecidos como un grupo homogéneo». Ante este escenario, los expertos reclaman que las políticas dirigidas a garantizar un envejecimiento saludable dejen de centrarse únicamente en la supervivencia o el diagnóstico de enfermedades y adopten un enfoque preventivo de la capacidad funcional . Identificar el deterioro físico temprano en poblaciones vulnerables y facilitar el acceso a tecnologías de apoyo y fisioterapia, concluye el estudio, será crucial para evitar que el código postal o la cuenta bancaria sigan decidiendo la autonomía con la que se alcanzan los últimos años de vida.

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