Publicado: julio 26, 2026, 3:00 am
Arabia Saudí lleva décadas vendiendo petróleo al mundo y ahora quiere extraer uranio, transformarlo, enriquecerlo y, algún día, vender también combustible nuclear. El nuevo acuerdo firmado con Estados Unidos abre esa puerta justo cuando Washington trata de frenar el programa iraní, reducir la dependencia occidental de Rusia y evitar que China amplíe su influencia en uno de sus principales aliados de Oriente Medio.
Riad ha encendido la mecha de una nueva carrera nuclear, pero la apuesta va mucho más allá del reino saudí. Emiratos Árabes ya tiene cuatro reactores funcionando en Barakah, Egipto construye otros cuatro en El Dabaa y Turquía levanta cuatro más en Akkuyu, mientras Jordania estudia pequeños reactores y explora sus propios recursos minerales. El resultado es que una región levantada sobre el petróleo y el gas empieza a competir también por las centrales, el combustible y la tecnología que moverán su economía durante buena parte de este siglo.
Guerra de proveedores
Una central nuclear puede funcionar durante más de 60 años y su construcción es solo el comienzo de una relación que incluye combustible enriquecido, repuestos, revisiones, formación de operadores y gestión de residuos. Los contratos pueden prolongarse hasta finales de siglo, de modo que Rusia, Estados Unidos, China, Corea del Sur y Francia no compiten únicamente por levantar reactores, sino por permanecer durante décadas dentro del sistema energético del país que los compra.
Rusia ha construido buena parte de su ventaja ofreciendo algo más que tecnología. Rosatom, el conglomerado estatal ruso que controla todo el sector nuclear del país, llega con el reactor, pero también con el préstamo, el combustible y los servicios posteriores, tal y como ocurre en Egipto. Moscú financia el 85% del proyecto mediante un crédito de 25.000 millones de dólares y se encargará de las cuatro unidades, las recargas y parte de la gestión de residuos.
El Atlantic Council identifica precisamente en esa fórmula una de las grandes fortalezas rusas. Egipto no tiene que buscar por separado el dinero, la tecnología o el combustible, pero a cambio queda vinculado a Rosatom desde el inicio de las obras hasta mucho después de que entre en funcionamiento el último reactor.
Y si en Moscú asegura la financiación y el suministro, en Turquía ha ido todavía más lejos. Rosatom conserva la mayoría de la sociedad propietaria de Akkuyu, operará los cuatro reactores y venderá durante 15 años una parte de la electricidad bajo precios garantizados por Ankara.
Claro que una integración tan profunda también tiene riesgos. Las sanciones occidentales bloquearon componentes de Siemens Energy destinados a Akkuyu, Rusia tuvo que buscar equipos chinos y el calendario de las obras empezó a acumular retrasos. La rivalidad entre Moscú, Bruselas y Pekín acabó así entrando en una central levantada en la costa mediterránea turca.
La sustitución de aquellos equipos mostró solo una parte del espacio que China quiere ocupar en la región. Pekín llevaba años trabajando con Arabia Saudí en la exploración de uranio y torio, en la posible extracción de uranio del agua del mar y en el desarrollo de reactores refrigerados por gas capaces de suministrar electricidad y calor a las plantas de desalación.
Y no solo eso. El Middle East Institute recuerda que la cooperación llegó a plantear la posibilidad de convertir al reino en exportador de uranio, mientras el CSIS sitúa a Arabia Saudí entre los principales objetivos de la industria nuclear china en el Golfo. China no aparece, por tanto, cuando fracasa una negociación con Estados Unidos, porque ya está presente en las fases que preceden a la construcción de una central. Ese trabajo permite a Riad mantener abierta una alternativa a Washington y traslada la competencia entre ambas potencias desde el petróleo al programa nuclear saudí.
Y precisamente ahí aparece el precedente que Washington utiliza para defender sus límites. Emiratos Árabes aceptó en 2009 renunciar al enriquecimiento y al procesamiento de uranio a cambio de acceder a tecnología occidental, una decisión que despejó el camino para que Corea del Sur construyera los cuatro reactores de Barakah por unos 20.000 millones de dólares. Francia completa esa pugna, a través de EDF, con ofertas menos condicionadas políticamente que la estadounidense y menos integradas que los paquetes ruso o chino.
Falta inversión
El uranio existe en cantidades suficientes, pero eso no significa que pueda llegar al mercado con la rapidez necesaria. La demanda mundial de los reactores rondó las 69.000 toneladas en 2025 y podría superar las 150.000 toneladas en 2040, según el escenario central de la World Nuclear Association.
La producción de las minas se mantuvo cerca de las 60.000 toneladas, por debajo del consumo de las centrales. La diferencia se cubrió con inventarios, contratos antiguos y material almacenado, un colchón que permite ganar tiempo, pero no sustituye la apertura de nuevos yacimientos.
La tensión entre una demanda que crece y una oferta que tarda años en reaccionar ya se ha trasladado al precio. El uranio cotiza en torno a 85,70 dólares por libra, frente a los 50 dólares de finales de 2022, una subida cercana al 71%, aunque todavía deja la materia prima lejos del récord de 148 dólares alcanzado en 2007.
