Publicado: julio 3, 2026, 4:23 am
Imagina la escena. Una terraza de verano, calor, familia reunida. Los adultos hablan o miran el móvil. Y los niños, con los ojos clavados en una pantalla, ajenos a todo lo que ocurre a su alrededor. No es una imagen exagerada ni futurista. Es una de las estampas más repetidas en los restaurantes durante el verano. Y lo más inquietante no es que ocurra, sino que ya casi no nos sorprende.
Lo que está pasando tiene nombre, tiene datos y tiene consecuencias que van mucho más allá de que el niño «esté entretenido». Entenderlo bien puede cambiar algo tan cotidiano como una comida o una cena fuera de casa. Un estudio realizado en Barcelona reveló que el 28% de los menores de entre 4 y 10 años utiliza el teléfono móvil antes, durante o después de comer en restaurantes. Es decir, casi uno de cada tres niños.
La investigación, elaborada por la Universitat Internacional de Catalunya y publicada en The Conversation, observó a 1.616 menores en establecimientos reales, sin intervención ni laboratorio. Solo familias haciendo lo que hacen cuando nadie las estudia formalmente. Y lo que encontraron invita a la reflexión.
Tener al niño ocupado
El entorno importa, y mucho. Los restaurantes suelen estar llenos de ruido, colas y estímulos visuales y sonoros. En ese contexto, muchos padres y cuidadores recurren al móvil para calmar, entretener o simplemente tener a los niños ocupados. El problema no es el gesto puntual, sino cuando se convierte en una respuesta automática cada vez que el niño se mueve, se aburre o protesta.
El dato más revelador del estudio no es el porcentaje de uso. Es que, cuando no existía interacción entre el cuidador y el menor, la probabilidad de que el niño utilizara el móvil aumentaba casi un 60%. Cuanto menos se hablaba, más se empleaba el dispositivo. No es la pantalla la que interrumpe la conversación, sino la ausencia de conversación la que llama a la pantalla.
La investigación también detectó otros patrones. Los hijos de padres menores de 30 años hacen un mayor uso del móvil, probablemente porque los adultos jóvenes normalizan más la presencia de pantallas en la vida cotidiana. Además, los cuidadores varones se mostraron más permisivos que las mujeres ante el acceso a dispositivos. No son datos para señalar a nadie, sino para comprender qué está ocurriendo.
Las consecuencias van mucho más allá de un rato de entretenimiento. La primera es la pérdida del tiempo de vínculo. Las comidas en familia han sido tradicionalmente uno de los espacios privilegiados para la construcción del apego, la transmisión de valores y el desarrollo emocional. Son momentos en los que la familia comparte tiempo sin otro objetivo que estar juntos. Cuando ese espacio se llena de pantallas, se pierde la calidad de lo que ocurre en él.
Sin estímulos emocionales y sociales
El aprendizaje y la adquisición de pautas madurativas se generan a través de la interacción con otras personas. El contacto visual, auditivo y corporal, los gestos, las expresiones faciales y los movimientos son estímulos fundamentales que una pantalla no puede proporcionar. Un niño que come mirando el móvil no está simplemente distraído: está dejando de recibir una serie de estímulos emocionales y sociales que su cerebro en desarrollo necesita.
Otra consecuencia afecta a la salud física. Comer mientras se mira una pantalla se asocia con una mayor probabilidad de sobrepeso. En menores de entre 10 y 12 años, el riesgo es significativamente mayor que entre quienes comen sin dispositivos. Cuando la atención está capturada por una pantalla, se pierde la conexión con las señales de hambre y saciedad. El niño come sin percibir realmente cuánto está comiendo ni cómo le sienta. Repetido día tras día, esto puede afectar a su relación con la alimentación y favorecer conductas de alimentación emocional y un mayor riesgo de obesidad.
También influye lo que los niños aprenden observando. Los hijos no aprenden solo de lo que se les dice, sino de lo que ven hacer. Un adulto que consulta el móvil constantemente durante una comida o que lo ofrece ante el primer momento de incomodidad está enseñando que la pantalla es la respuesta natural al aburrimiento o a la espera. Y eso es precisamente lo que reflejan los datos. Según el Instituto Nacional de Estadística, el 69,6% de los niños de entre 10 y 15 años utilizó un teléfono móvil en 2024. La cuestión no es si usarán tecnología, sino qué relación con ella estamos ayudando a construir.
Nada de esto es un juicio moral sobre los padres. Criar es agotador, los restaurantes son espacios en los que todos desean relajarse y hay días en los que la pantalla parece la única solución para que todo el mundo llegue al postre sin lágrimas. La psicología no está aquí para añadir culpa, sino para ofrecer herramientas.
Dar ejemplo para que el niño lo imite
La primera es el ejemplo. Guardar el propio móvil durante la comida es probablemente el gesto más eficaz, porque los niños imitan lo que ven antes que lo que se les pide. La segunda es anticiparse al aburrimiento con alternativas reales: juegos de cartas, conversaciones sobre temas que les interesen o pequeñas dinámicas familiares. La tercera consiste en establecer normas claras y compartidas, como que los móviles se quedan guardados para todos los miembros de la familia.
También es importante aprender a tolerar la incomodidad. Un niño que se aburre esperando la comida no está sufriendo. Está aprendiendo a observar, a esperar y a gestionar pequeñas frustraciones, una de las habilidades emocionales más importantes para su desarrollo.
Hablar con los niños sobre el porqué de estas normas también marca una diferencia. Explicarles que durante la comida interesa más escucharles que mirar una pantalla, darles un papel activo en la conversación y, cuando tengan edad suficiente, explicarles cómo funcionan las pantallas y por qué cuesta tanto soltarlas, puede ayudarles a desarrollar una relación más consciente con la tecnología.
Las vacaciones de verano son una oportunidad perfecta para empezar. Hay más tiempo, menos prisas y más ocasiones para compartir. Una terraza, una cena y una conversación sin pantallas de por medio pueden parecer algo pequeño, pero para un niño son precisamente esos momentos los que construyen el recuerdo de haber tenido una familia presente.
