Publicado: junio 30, 2026, 9:24 pm
«Sabemos mucho sobre la Luna, algo sobre el polo sur, pero ni de lejos todo lo que necesitamos aprender antes de enviar seres humanos allí y construir realmente una base lunar». Con esta advertencia, el ingeniero malagueño Carlos García-Galán ha resumido el desafío que afronta la NASA para convertir el satélite terrestre en un lugar en el que los astronautas puedan vivir y trabajar durante periodos prolongados.
García-Galán, responsable del programa Moon Base de la agencia estadounidense, ha participado este martes junto al administrador de la NASA, Jared Isaacman, en una rueda de prensa para detallar los próximos pasos de una iniciativa que busca establecer una presencia humana duradera fuera de la Tierra.
La principal novedad es la adjudicación de cuatro nuevas misiones robóticas a la Luna, que deberían aterrizar a finales de 2028. La NASA ha seleccionado para ello a Astrobotic, Firefly Aerospace e Intuitive Machines, tres empresas que ya desarrollan módulos lunares comerciales y que deberán transportar instrumentos científicos y demostradores tecnológicos hasta la superficie.
Los contratos ascienden conjuntamente a 590,4 millones de dólares. Astrobotic recibirá 297,9 millones por dos entregas, mientras que Firefly Aerospace contará con 144,2 millones e Intuitive Machines con 148,3 millones para realizar una misión cada una. Las compañías emplearán nuevas unidades de sus módulos Peregrine, Blue Ghost y Nova-C, respectivamente.
Medir el polvo, la radiación y la posición de las naves
Cada una de las cuatro misiones llevará tres tipos de instrumentos. El primero será un conjunto de cámaras estereoscópicas que analizará cómo los gases expulsados por los motores remueven y proyectan el polvo lunar durante los aterrizajes.
Este fenómeno constituye uno de los problemas que la NASA debe resolver antes de concentrar módulos, vehículos, paneles solares y hábitats en una misma zona. El regolito levantado a gran velocidad podría erosionar o dañar los equipos situados cerca del punto de descenso.
La agencia calcula que, si no se acondiciona el terreno, las zonas de aterrizaje podrían tener que situarse a alrededor de una milla y media, unos 2,4 kilómetros, de cualquier infraestructura que deba protegerse.
Las misiones también transportarán pequeños reflectores láser, que actuarán como puntos permanentes de referencia para que las naves puedan conocer su posición y navegar con mayor precisión. El tercer instrumento medirá la intensidad y el tipo de radiación presente durante el viaje y en diferentes localizaciones de la superficie, unos datos necesarios para proteger a los futuros astronautas.
La estrategia consiste en aumentar progresivamente el número de alunizajes, aprender de cada intento y corregir los errores antes de transportar equipos más costosos o enviar tripulaciones. García-Galán ha explicado que la primera fase persigue tres objetivos: llegar a la Luna de forma fiable, obtener información directa sobre el polo sur y probar las tecnologías que permitirán mantener una infraestructura permanente.
«Tenemos ideas que hemos probado en la Tierra, pero, como sabemos, una vez que llegas al espacio, especialmente a la Luna y especialmente al polo sur, es un juego completamente diferente«, ha señalado el responsable de Moon Base.
Más de 20 misiones antes de 2029
La primera fase del programa se extenderá hasta 2029 y contempla más de 20 misiones. La NASA pretende probar distintos módulos de aterrizaje, vehículos autónomos y tripulados, sistemas energéticos, redes de comunicación, instrumentos científicos y tecnologías capaces de sobrevivir a las difíciles condiciones de la superficie lunar.
El polo sur lunar ha sido elegido por su interés científico y por la posible presencia de agua helada y otros recursos en cráteres que permanecen siempre en sombra. Sin embargo, también es una de las regiones más hostiles del satélite, con terreno accidentado, condiciones de iluminación muy complejas y temperaturas extremas.
«La razón por la que sobrevivir a la noche lunar es tan difícil es porque hace muchísimo frío», ha indicado el ingeniero español.
La agencia todavía necesita conocer con más precisión la resistencia del suelo, la composición del subsuelo, la temperatura real de las zonas permanentemente oscuras o la altura que deberían alcanzar las futuras torres solares para recibir suficiente luz.
También deberá comprobar hasta qué punto es posible conducir vehículos, desplazar rocas, nivelar el terreno y levantar barreras que impidan que el polvo expulsado por los motores alcance los hábitats y otros equipos.
A partir de 2029 comenzaría la segunda fase, centrada en desplegar algunas de las piezas permanentes de la infraestructura. Entre ellas estarían los sistemas de energía, las capacidades de navegación, las redes de comunicación y los equipos necesarios para preparar la superficie.
La tercera fase, prevista a partir de 2032, incorporaría los elementos necesarios para sostener misiones humanas de larga duración, incluidos los hábitats, el transporte, el abastecimiento regular y la capacidad para devolver cargamento a la Tierra.
Un ‘pariente’ de Perseverance rumbo a la Luna
Otro de los anuncios más llamativos de la rueda de prensa ha sido la posibilidad de enviar a la Luna PROMISE, una unidad de desarrollo de ingeniería relacionada con los rovers marcianos Curiosity y Perseverance.
El vehículo existe físicamente y ha sido utilizado por el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA para realizar pruebas en la Tierra. La agencia estudia ahora adaptarlo para recorrer grandes distancias, cartografiar la superficie y el subsuelo lunar y adentrarse en regiones permanentemente en sombra.
No se trata todavía de una misión aprobada. Isaacman y García-Galán han insistido en que la propuesta continúa bajo estudio, aunque el administrador de la NASA se ha mostrado optimista sobre la posibilidad de que el vehículo termine viajando al polo sur lunar.
Su principal ventaja sería el empleo de un generador termoeléctrico de radioisótopos, conocido como RTG, que produce electricidad y calor sin depender de la luz solar. Esto le permitiría operar durante la noche lunar y permanecer durante más tiempo en zonas permanentemente oscuras.
«Tener un RTG nuclear nos permite ir adonde queramos, independientemente de la iluminación. Sobrevivir a la noche lunar será uno de los mayores desafíos y, con esta capacidad, no tendríamos que preocuparnos por ello», ha explicado García-Galán.
El rover viajaría como carga en uno de los módulos de aterrizaje comerciales contratados por la agencia.
