Publicado: junio 29, 2026, 3:07 pm
Las primeras semanas de un Mundial son un ecosistema extraño. El torneo aún conserva ese aroma a fiesta global, los combinados buscan el tono competitivo y los rivales, a menudo, pertenecen a un segundo escalafón internacional. Es el momento perfecto para hinchar el pecho, acumular estadísticas y, a veces, comprar una falsa sensación de inmortalidad. España, una selección históricamente propensa al entusiasmo desmedido, conoce bien esa trampa. Desde que Alemania 2006 marcase el inicio de la era moderna de La Roja, la cantidad de goles anotados en la fase de grupos ha resultado ser un indicador profundamente tramposo. Marcar mucho en junio casi nunca ha garantizado seguir vivo en julio. El espejo de la historia reciente es implacable. En Catar 2022, el equipo de Luis Enrique arrancó desatado, endosándole un histórico 7-0 a Costa Rica. España cerró la liguilla con nueve goles a favor y sensaciones de rodillo. El desenlace es de sobra conocido: colapso ante Japón y una eliminación durísima en octavos ante Marruecos, sin ser capaz de marcar un solo gol en 120 minutos ni en la tanda de penaltis. Cuatro años antes, en Rusia 2018, un vestuario descabezado tras la destitución exprés de Julen Lopetegui logró amasar seis goles frente a Portugal, Irán y Marruecos. El liderato de grupo invitaba al optimismo, pero el muro de los octavos volvió a emerger, esta vez ante la anfitriona Rusia, en otra tarde espesa de posesión infinita y nula pegada que murió en los once metros. Incluso en Alemania 2006, la joven España de Luis Aragonés deslumbró al planeta con ocho goles a favor y un fútbol efervescente; de poco sirvió cuando la Francia de un magistral Zinedine Zidane los devolvió a la realidad a las primeras de cambio. La paradoja del campeón: el único año en que España tocó el cielo, Sudáfrica 2010, la fase de grupos fue un ejercicio de pura supervivencia. Tras el bofetón inicial ante Suiza (0-1), el conjunto de Vicente del Bosque avanzó minimizando daños, marcando apenas cinco goles en la primera fase. Curiosamente, la campeona más goleadora de la historia reciente en sus grupos fue la Alemania de 2014, con siete tantos. El resto de las reinas modernas evidencian que la contención cotiza más al alza: la Argentina de 2022 metió cinco, la Italia de 2006 otros cinco y la Francia de 2018 apenas tres en sus respectivas fases de grupos. El contrapunto drástico a esta tendencia se vivió en Brasil 2014. Allí, la defensora del título firmó la gran decepción al encajar siete goles en dos partidos (1-5 ante Países Bajos y 0-2 ante Chile), quedándose fuera en la primera fase a pesar de maquillar el expediente con tres goles intrascendentes ante Australia. Hoy, en Norteamérica 2026, el guion ha dado un vuelco desconcertante. El juego de La Roja no ha enamorado a nadie, gobernado por la espesura salvando una sobresaliente primera mitad frente a Arabia Saudí. Sin embargo, España avanza con un registro inédito en su historia: seis goles a favor y cero en contra. Jamás la selección había completado una primera fase blindando su portería, desde su debut mundialista en Italia 1934. Ninguna de las campeonas del mundo de las últimas seis décadas logró pasar la liguilla imbatida. Para encontrar casos de selecciones con la portería a cero durante la primera fase que terminaron tocando metal habría que remontarse a las primeras campeonas: Uruguay en 1930, la propia celeste en 1950 y Brasil en 1958. El último precedente, Inglaterra en 1966. Para los amantes de la superstición, este dato puede resultar inquietante; para los pragmáticos, es la prueba de que el armazón defensivo sostenido por Unai Simón, Cubarsí y Laporte ofrece una solidez superior a la de las últimas plantillas campeonas en su año de gracia. Con el cuchillo entre los dientes, España espera a Austria en dieciseisavos, pero la verdadera batalla de La Roja es contra sí misma; demostrar, por fin, que esta vez el camino no se tuerce al cruzar la frontera de los grupos.
