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Reino Unido es un aviso para todas las economías endeudadas

Publicado: junio 28, 2026, 3:00 am

La libra cae, los gilts se tensan y cada gesto político se lee ya como una pregunta fiscal. Quién sucederá a Keir Starmer, qué hará Andy Burnham si llega al poder, cuánto margen tiene la ministra de Finanzas Rachel Reeves para mantener sus reglas fiscales y hasta dónde puede subir el gasto sin que el mercado exija más rentabilidad.

Reino Unido es un aviso para todas las economías endeudadas porque enseña cómo una economía rica puede perder confianza sin romperse de golpe. Primero aparece la presión en la divisa, después se enfría el apetito por la bolsa y al final la deuda empieza a marcar el límite de cada promesa política.

En todas las crisis, la divisa es la primera en acusar el golpe. Diez años después del referéndum del Brexit, sigue alrededor de un 15% por debajo del nivel previo frente al euro. Cada episodio de ruido político recuerda que el ajuste no terminó en 2016, porque la presión fue saltando de la divisa a otros activos a medida que el crecimiento no volvía y la política no conseguía ordenar las cuentas.

Vuelven los vigilantes de los bonos

El salto más delicado se ha producido ahora en los gilts, los bonos de deuda pública emitidos por el Tesoro británico. A comienzos de mayo, cuando aumentaron las dudas sobre la continuidad de Starmer y sobre el rumbo fiscal del Partido Laborista, la rentabilidad del bono a treinta años llegó al 5,82%, niveles no vistos desde 1998, y el bono a diez años tocó el 5,15%, máximos desde 2008.

Esa tensión se suavizó después de la dimisión de Starmer y de los mensajes de continuidad fiscal alrededor de Burnham, alcalde de Manchester y favorito para liderar a los laboristas, pero el alivio no borra el problema que miran los bonos. Reino Unido llega a esta fase con una deuda pública cercana al 95% del PIB, un déficit que vuelve a superar las previsiones y una factura de intereses que ya pesa demasiado como para que cualquier promesa política salga gratis.

En mayo, el Estado pidió prestados 23.300 millones de libras, 5.600 millones más de lo previsto por la Office for Budget Responsibility (OBR), mientras los intereses de la deuda alcanzaron 11.700 millones, un 54,4% más que un año antes y la cifra más alta registrada para un mes de mayo. El Institute for Government calcula que los intereses absorben ya alrededor del 9% del gasto público, una cifra similar al presupuesto del Departamento de Educación.

La bolsa entra después en esa misma cadena, porque cuando el mercado exige más rentabilidad a la deuda y menos paciencia a la política, también empieza a reducir exposición a los activos en libras que dependen de una historia de crecimiento creíble.

Según Barclays, la bolsa británica sigue atrapada en una década perdida. Desde 2016, las acciones de Reino Unido han perdido más de la mitad de sus activos bajo gestión, mientras Estados Unidos y la Unión Europea han seguido captando flujos. Su peso en el MSCI All Country World ha caído hasta mínimos históricos, cerca del 3%, frente al 7% que representaba en 2016 y el 11% de 2001.

Esa pérdida de peso explica por qué una bolsa barata no consigue ser un imán para los inversores. Reino Unido conserva grandes compañías, dividendos atractivos y multinacionales globales, pero arrastra poca exposición a tecnología, menos salidas a bolsa, más empresas retiradas del mercado por el capital riesgo y una base inversora doméstica que ya no sostiene el parqué como antes.

El mercado empieza a pedir un catalizador que justifique volver, ya sea más crecimiento, más estabilidad, más tecnología o más confianza. Y si ese catalizador no llega, la presión se desplaza hacia el activo que no puede esconderse detrás de una valoración barata, la deuda pública.

La trampa de crecer poco

En el caso de la deuda británica, no asusta solo por su tamaño, sino por el entorno en el que se acumula. Con bajo crecimiento, productividad débil y gobiernos obligados a gastar más para sostener servicios, pensiones, defensa o vivienda, cada emisión nueva queda más expuesta al juicio del mercado.

El diagnóstico, sin embargo, no es completamente negativo. La OBR espera que el endeudamiento público baje del 5,2% del PIB en 2024-2025 al 4,3% este año, aunque reconoce que la previsión es especialmente incierta porque depende de una diferencia muy estrecha entre ingresos y gastos que rondarán los 1,5 billones de libras al final del periodo.

El problema de fondo es que muchas partidas de gasto ya vienen comprometidas antes de que empiece la discusión política. La sanidad exige más recursos, la defensa vuelve a subir en la lista de prioridades, la vivienda necesita inversión, las pensiones siguen protegidas por el triple lock, la regla que garantiza que suban cada año por inflación, salarios o un mínimo del 2,5%, y los intereses de la deuda se comen una parte creciente del presupuesto.

No hace falta repetir el Brexit ni tener siete primeros ministros en diez años para entrar en una dinámica parecida. Basta con acumular deuda en un país que crece poco, invierte poco y aplaza reformas porque cada decisión difícil tiene coste electoral. Durante un tiempo, el mercado pide explicaciones. Después exige más.

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