Publicado: junio 21, 2026, 4:30 am
“No se te nota nada, pareces normal”. Y respirábamos aliviados. Porque nos sentíamos juzgados y sentenciados en una sociedad que todo el rato nos piropeaba si no se nos notaba, si no lo parecíamos, si no podíamos ser como somos. Incluso antes de saber qué somos.
Ya bien de niños escuchábamos en el colegio “maricón el último” cual amenaza. Nuestro primer choque con la diversidad era desde el rechazo. Todo lo aparentemente diferente era una “mariconada”. Como insulto preciso que nos asociaba a una tara. Como si fuéramos unos bichos raros y flojos. De hecho, si sufrías bullying el propio colegio, antes de poner el foco en el opresor, responsabilizaba a la propia víctima con un “debes ser valiente”. Siempre éramos nosotros los que debíamos hacer el esfuerzo para alcanzar la normalidad aceptable. Cuando lo que tenemos que poder es vivir en igualdad de condiciones. Sin corajes extras. Sin arrojos añadidos. Sin simular una hombría de rudeza malentendida como sinónimo de salvación.
Así tantas personas LGTBIQ+ se han visto forzadas a esconder su identidad bajo el eufemismo de “es mi intimidad”. Cuando la heterosexualidad jamás oculta sus planes. A no ser que sea una infidelidad, claro. De nuevo, el mundo nos asocia a lo sórdido. Normal que tantas gentes intentaran evitar el tema. Es más difícil aceptarse si tus entornos te recuerdan constantemente que debes parecer «normal». De hecho, aún hoy, cuando se pretende ridiculizar a un enemigo muchos utilizan las sexualidades LGTBIQ+ para humillarlo. Si es un hombre poderoso, se da por sentado que eso afecta a su imagen. Siempre se coloca a los mismos en la mediocre diana de lo ridículo.
Hasta cuando nos defienden, a menudo, nos reducen a demasiadas condescendencias. Un problema, pues la discriminación empieza en todas las palabras condescendientes: con sus mofas, con su reducir a personas a seres exóticos, con su habilidad para pedir una escrupulosa ejemplaridad extra que jamás se solicita a otros, con la insistencia de intentar ocultarnos para no molestar a mentes cerradas con bocas muy abiertas. Lo que recuerda cómo la segregación se estira en el desconocimiento, donde hacen músculo los prejuicios que son el alimento del odio. Y estamos rodeados de prejuicios fruto de no mezclarnos demasiado. Incluso fruto de sentirnos protegidos en la ambigüedad. Ahí es cuando, bien pequeño, me percaté de la belleza de que se nos note. Porque ahí brota la riqueza de la sociedad. Porque ahí comienza la empatía. Que se nos note.
