Publicado: junio 1, 2026, 3:12 am
Hay acontecimientos que parecen medir el tiempo de otra manera; el Mundial de Futbol es uno de ellos. Cada cuatro años, se interrumpe la rutina del planeta: los horarios se alteran, las conversaciones cambian, las ciudades se limpian y adornan como nunca; con banderas, paredes pintadas, estampitas, carteles y hasta candelabros. Todo ello para enmarcar que propios y extraños se abracen de pura felicidad o se entristezcan juntos.
El torneo mundialista todavía se ostenta como una experiencia colectiva donde millones de personas emprenden una travesía para recorrer juntas una comarca o cruzar el mismo océano. Un viaje proyectado con años de anticipación, el anhelo cumplido de muchos, una emoción de resultados desconocidos con un itinerario que incluye el miedo, la esperanza, la euforia o la derrota y es capaz de trastornar a naciones enteras. Todo ello programado en apenas noventa minutos.
Sin embargo, lector querido, por si usted no es precisamente un fanático del evento que está a punto de alcanzarnos, piense que el futbol tiene, además del entusiasmo deportivo, una curiosa virtud: cuando entra en la cancha de la literatura deja de ser solamente una gritería de anuncios y salvajes fanáticos y se convierte en memoria. En otra forma de relatar las emociones.
Mientras la televisión suele concentrarse en estadísticas, polémicas y resultados inmediatos, los libros sobre futbol recuperan aquello que no cabe en una repetición instantánea: palabras que describen el temblor previo al penalti, frases que componen los recuerdos de los mundiales de infancia, reviven la tristeza juvenil de la derrota compartida y relatan cuando un gol era celebrado con la familia en casa, los compañeros de la escuela o los cuates en plena oficina.
Leer literatura futbolística antes de un Mundial es una forma de llegar mejor preparado (o más entretenido) a la gran fiesta del deporte. Autores hay muchos, de distintas nacionalidades y abordando diversos géneros: Horacio Quiroga, Ryszard Kapuściński, Pier Paolo Pasolini, Jorge Valdano y hasta Albertt Camus, que dijo que todo lo que sabía de moral lo había aprendido jugando futbol.
Sin embargo, hoy lunes, lector querido, no vamos a jugar con todos los seleccionados, solamente con dos: Eduardo Galeano y Juan Villoro. El primero, porque mira el futbol con una suerte de poética latinoamericana, el segundo por tratar al balompié con la inteligencia del ensayista y la pasión del fanático.
«Futbol a sol y sombra» de Eduardo Galeano, dicen sus críticos, es un libro que se lee a la manera de una conversación apasionada después del partido o como una transmisión radiofónica hecha por un poeta. Sin embargo, la mezcla de humor, melancolía, ironía y memoria histórica lo hacen más profundo. Como ejemplo, el breve capítulo de “La fiesta” que dice así:
«Hay algunos pueblos y caseríos de Brasil que no tienen iglesia, pero no existe ninguno sin cancha de fútbol. El domingo es el día que más trabajan los cardiólogos en todo el país. Un domingo normal, cualquiera puede morir de emoción mientras se celebra la misa de la pelota. Un domingo sin fútbol, cualquiera muere de aburrimiento. Cuando la selección de Brasil naufragó en el Mundial del 66 hubo suicidios, ataques de nervios, banderas patrias a media asta, y crespones en las puertas y una bailandera procesión de dolientes cubrió las calles y enterró el fútbol nacional con ataúd y todo. Cuatro años después Brasil ganó por tercera vez el campeonato mundial. Entonces Nelson Rodríguez escribió que los brasileños dejaron de tener miedo de que se los llevara la perrera y fueron todos reyes de manto de armiño y erguida corona».
También puede ser feroz, contestatario y anotar goles a unos y otros. Basta leer el primer párrafo de otro de sus textos: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”
De Juan Villoro, cuentista, novelista y dramaturgo, además de autor de muchas crónicas y libros futboleros, vale mucho la pena leer «Balón dividido», un libro que además de ser retrato de nuestros tiempos, narra episodios clave en la vida de figuras que se convirtieron en leyenda. En “Barrilete cósmico” puede leerse lo siguiente:
«El 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca, Maradona anotó el gol más tramposo de la historia. Quienes estábamos en la tribuna lo vimos buscar un remate de cabeza. La jugada fue percibida en dos tiempos: del asombro pasamos a la duda. Diego era bajito, pero consiguió rematar. ¿Cómo lo hizo? Cuando le preguntaron después del partido si se había servido un puñetazo, respondió: “Fue la mano de Dios” convirtiendo la treta en mito. Una de las pocas personas que de manera instantánea supo lo que había ocurrido fue Víctor Hugo Morales. En la cabina de transmisión sentenció: “Contra Inglaterra, hasta con la mano”.
Por supuesto, Villoro no se detiene en los jugadores ilustres. Retrata a los aficionados como creyentes contemporáneos que convierten estadios en catedrales y al futbol en una suerte de religión moderna.
Como puede usted notar, lector querido, la literatura sobre el futbol no habla solamente de fiebre comercial y mundialista. Explora territorios desconocidos renombra lo que creíamos saber cómo se llamaba y nos regala boletos de primera fila para emprender otros viajes.
