Publicado: mayo 31, 2026, 11:54 pm
Cuando un perro de cualquier raza o cruzado distinto de un perro de caza o trabajo ladra ese sonido carece de la consistencia del lenguaje. Sin embargo, el perro de caza ladra durante la cacería y va gritando al cazador todo cuanto acontece. Son los perros quienes cazan, quienes siguen y acorralan a la pieza cinegética o animal cazable. Esta acción los convierte en el centro de atención de todos los cazadores. Si la caza es con jauría de perros, son estos los grandes protagonistas de la acción y en el grupo existe una jerarquía constituida entre ellos que se fundamenta en su liderazgo, por la edad, el carácter, su capacidad física, la capacidad de resolución, velocidad, etc. Perros viejos maestros son los líderes indiscutibles, que suelen ser los de más edad y experiencia. El grupo más numeroso está formado por los adultos de diferentes edades que se afanan en el trabajo siguiendo las directrices de los perros más viejos y, por último, algunos cachorros de más de un año que se van socializando con la masa canina del grupo. La eficacia viene dada por sus habilidades. Cada perro entonces se convierte en un pequeño especialista dentro del grupo y el trabajo se desarrolla en común, en armonía; cada perro tiene un papel encomendado. Ningún perro de la jauría es igual que otro, en ningún aspecto; son todos diferentes entre ellos. A ojos del profano parecen iguales, pero no lo son. No son iguales ni siendo de la misma raza estandarizada morfológicamente de perro de caza de raza. Y esta es la denominación correcta: perro de caza de raza, pues lo primero fue la funcionalidad y después vino todo lo demás. En el grupo de perros de caza podemos observar muy distintos comportamientos en cada sujeto que lo convierten en único: encontramos el peleón que se impone a todos los demás con malos gestos; el independiente que pasa de toda situación polémica y se retira a dormir; los que muestran la timidez propia de su juventud o inexperiencia, incluso de falta de socialización; el que no se somete a la disciplina del líder ni del cazador; el que es más alegre que unas castañuelas y no ha perdido ese aire de cachorrón bajo el que trata de encontrar cobertura el mayor tiempo posible; y también, cómo no, los que parecen encantadores de humanos, con unos ojos fijos, penetrantes, que te miran dependiendo de las circunstancias de una manera o de otra. Estos rasgos configuran la esencia diferenciadora del perro de caza que se manifiesta aún más en su especialización funcional para la exitosa acción de caza. Si tomo como ejemplo un grupo de perros sabuesos del ‘grand venateur’ francés o una rehala española, el papel de los perros es muy diferente entre ellos. Lo primero que debe darse en el grupo es la especialización en la pieza a seguir y cazar, para evitar así la anarquía que supondría el cruce de rastros de otras especies cazables y el consiguiente cambio de seguimiento o persecución. Los perros de persecución deben ser decididos, seguros, constantes, resolutivos, y todo ello con la rapidez necesaria en el lance. Los rastreadores muestran dos vertientes: el que sigue el rastro fresco de cerca y el que se desenvuelve mejor en el rastro viejo que se va desvaneciendo en un mar de olores campestres. Otros se especializan en la persecución en el agua; y aquellos que son pertinaces consiguen pese a la distancia con la presa mantener el hilo constante tras el cual seguirla. Uno de los perros más valorados es el perro de cambio, aquel que detecta todas las artimañas que el animal perseguido es capaz de utilizar para tratar de librarse de ellos con retrocesos en la marcha, vueltas sobre sus propios pasos y rastro. Los previos de localización de una determinada presa de gran valor es una maniobra conjunta de cazador y perro experimentado necesaria en la confirmación de la localización de los grandes cérvidos, viejos jabalíes y corzos solitarios. Se suele hacer al terminar la noche, amaneciendo, y determina el terreno que constituye su querencia. Se usan sabuesos o podencos muy experimentados, con muchas horas de trabajo en el monte, que gozan ya de alguna manera de un retiro parcial y salen solo para estas misiones de confianza. El rastro de olor es un conjunto de sensaciones imperceptibles por el hombre que solo los perros de caza pueden interpretar eficazmente. Este se configura en mitad de la nada del monte o del llano como consecuencia de un olor que el animal objeto de caza desprende impregnando zonas por donde pasa. El perro lo percibe en cada lugar en que se ha depositado: en el suelo, la vegetación, el aire…; da cuenta de su cuerpo, de su pelaje, del aliento que le llega. El rastro es un fenómeno físico de gran complejidad, y no menos compleja es su percepción por un perro de caza. Últimamente, el número de perros de caza y cazadores que practican la caza como un binomio compenetrado va aumentando. La caza con perros en sus distintas modalidades es practicada por cazadores procedentes de muy diversas categorías socioprofesionales, sobre todo con arraigo en el medio rural y no por las élites sociales como difunden algunos políticos. La política juega otra vez en contra del perro de caza de raza. El igualitarismo se traslada al perro. El perro de caza y de trabajo en el campo tiene un arraigo importantísimo a su entorno y forma parte indiscutible de la biodiversidad y de su sostenimiento. La caza con perros se fundamenta en la aceptación de las normas y leyes de la naturaleza y en el respeto de la ley humana. La caza con perros es una muestra ancestral de la lucha entre especies animales por la supervivencia y perpetúa el instinto predador de la especie canina. Alejado del dramatismo propio de la sociedad actual que humaniza el comportamiento del perro, el perro de caza se identifica de forma natural con la esencia de la lucha que lleva a cabo el animal salvaje en el medio natural con el perro, que sirve al hombre cazador en su propósito de obtener la pieza. La lucha entre la vida y la muerte es pareja entre perro y pieza salvaje. Esta última juega con mucha más ventaja que el perro. Está segura de sí misma, está en su terreno, lo conoce, se mimetiza en él, escucha el más mínimo ruido que se produce a su alrededor y se alarma ante lo desconocido. Esa comprensión social de la gran diferenciación del perro de caza frente al resto de perros de raza y cruzados, así como al de los humanos no cazadores, es el gran reto que tenemos los que amamos la caza y al perro de caza de raza. Es necesario que sepamos transmitir el acto de la caza con perros atendiendo a dos sensibilidades sociales actuales: la ausente relación con la muerte por gran parte de la sociedad y la compleja y politizada relación entre humanos y animales como seres sintientes.
