Publicado: mayo 22, 2026, 12:23 pm
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Durante décadas, la promesa fue que estar conectados nos daría una vida mejor. Y lo logramos, pero con ello vino la sobreexposición a la conectividad. Las mismas plataformas que prometieron optimizar el tiempo fueron construidas bajo una lógica de disponibilidad permanente. Las redes sociales y la banca móvil están activas las 24 horas, las aplicaciones muestran si leíste un mensaje y cuándo, y aunque el trabajo remoto representó para muchos mayor flexibilidad y eliminó el tiempo de traslado, también difuminó la frontera entre el tiempo propio y el tiempo laboral. La conversación sobre la desconexión digital lleva años circulando, casi siempre aterrizada en la jornada laboral de la mano de los mensajes de WhatsApp a las 23 horas o el correo enviado un domingo. El regreso presencial a las oficinas que muchas empresas impulsan no resuelve el problema de fondo, pues la desconexión no es una cuestión de geografía laboral, es de cultura, de regulación y, sobre todo, de diseño tecnológico, advierte Teodoro Serralde, director de Serralde Consultores Jurídicos. El alcance del espacio digital llega hasta la intimidad y pone en riesgo la posibilidad de existir sin ser observado, registrado o interrumpido, escenarios que se están convirtiendo en un bien escaso.
Diseñadas para no soltarte
Las plataformas que hoy organizan la vida cotidiana no fueron construidas para facilitar la desconexión, sino para la permanencia. El scroll infinito existe por una decisión deliberada de diseño, lo mismo pasa con el autoplay que no da pausa y los algoritmos de recomendación que aprenden con precisión qué activa el sistema de recompensa de cada usuario, y cuándo. En febrero de 2026, la Comisión Europea constató de forma preliminar que TikTok incumple la Ley de Servicios Digitales por su diseño adictivo. Bruselas cuestionó la ausencia de una evaluación seria del daño que generan en el bienestar físico y mental de los usuarios, incluidos menores y adultos vulnerables. Se detectó que ByteDance, empresa matriz de la red social, no habría considerado con suficiente rigor indicadores de uso compulsivo, como el tiempo que los menores pasan en la aplicación durante la noche. Meta y YouTube también han enfrentado demandas en Estados Unidos donde los algoritmos son señalados como responsables de un daño psicológico probado, especialmente en menores. Un estudio publicado en Scientific Reports en 2024, liderado por S. Nivins, siguió a cientos de niños durante cuatro años y encontró que el consumo constante de plataformas sociales modifica trayectorias neuronales de forma «pequeña pero consistente». A mayor estimulación del sistema de recompensa, mayor sensibilidad a las señales sociales externas Es decir, el cerebro se recalibra para necesitar más validación digital. Especialistas del IMSS han documentado que ese uso desmedido puede desencadenar síntomas de ansiedad y depresión, y que cuando las plataformas se convierten en la única fuente de gratificación aparece también un síndrome de abstinencia al interrumpir el uso. «Tenemos que entender que nuestra realidad no es solo la laboral. Vamos a hacer un pago en el banco: tenemos una aplicación. Ya hay justicia digital. El derecho a la desconexión digital debería extenderse a muchos aspectos de nuestra vida”. De acuerdo con Serralde, uno de los argumentos más incómodos que está emergiendo en este debate es que la hiperconectividad no solo interrumpe la vida offline, sino que está creando identidades paralelas cuya gestión exige un trabajo cognitivo y emocional constante. Cada usuario administra al mismo tiempo quién es en su vida física y quién es en las redes sociales. «Todos tenemos ya dos personalidades: la física y la que podemos tener en ese personaje que creamos para nuestras redes. A veces ya no sabemos en dónde estamos, si en la parte virtual o en la física», señala Serralde. Esta dualidad conecta con lo que algunos psicólogos llaman fatiga de la presencia digital, es decir, el esfuerzo de gestionar una representación pública de uno mismo en tiempo real, sin descanso. «Estamos perdiendo esa capacidad de asombro y de responder a lo que es la propia vida», considera Serralde.
El marco que falta
El problema de fondo para Serralde es la falta de una política pública integral sobre derechos digitales. De acuerdo con datos de Eurofound, el organismo de la Unión Europea especializado en condiciones laborales, más del 60% de los trabajadores en entornos altamente digitalizados reporta dificultades para desconectarse del trabajo fuera de su jornada laboral, lo que incrementa riesgos de estrés, fatiga y burnout. Esta tendencia ha impulsado reformas regulatorias en distintos países europeos, como Francia y España, donde el derecho a la desconexión ya forma parte de los marcos legales laborales. En España, por ejemplo, la Ley 10/2021 de trabajo a distancia reconoce explícitamente este derecho como parte de las garantías mínimas para el trabajo remoto. En México, más allá de la reforma laboral que incorporó el derecho a la desconexión en 2021, no existe una ley de servicios digitales equivalente a la europea, ni una autoridad reguladora independiente para plataformas tecnológicas. Lo que sí ocurrió en 2025 fue lo contrario, la desaparición de los dos organismos que más se acercaban a ese rol. El INAI, encargado de la protección de datos personales, se extinguió en marzo de 2025 y sus funciones pasaron al Ejecutivo Federal. El IFT, que regulaba telecomunicaciones y servicios digitales, cerró en octubre del mismo año y fue sustituido por la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT), un organismo que depende de la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones, también bajo control del gobierno federal. La transición de organismos autónomos a entidades dependientes del Ejecutivo genera preguntas legítimas sobre quién fiscalizará a las plataformas tecnológicas y con qué independencia lo hará, en un momento en que ese tipo de regulación se vuelve más urgente. Lo que está en juego, de acuerdo con Serralde, no es solo cuándo puede un jefe mandar un mensaje, sino quién regula a las plataformas que diseñan los mecanismos de enganche, qué derechos tiene un usuario frente a un algoritmo entrenado para maximizar su tiempo dentro de una aplicación y cómo se protege la privacidad de alguien cuando sus datos faciales, sus hábitos de consumo y sus patrones de sueño están siendo recolectados de manera continua, incluso en el tiempo que se supone es suyo. La verdadera señal de cambio será cuando la mayoría de una ciudad logre encontrar un equilibrio entre la inmediatez y la tranquilidad de vivir simplemente. Cuando no se pierda lo humano pero también se aproveche lo tecnológico», señala Serralde.
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