Publicado: abril 29, 2026, 7:18 am
Hay políticas que nacen como excepciones y terminan por convertirse en regla. No porque alguien lo decida formalmente, sino porque el mundo se acomoda a ellas y desmantelarlas cuesta más que conservarlas. Los aranceles de Trump pertenecen a esa categoría. Lo que primero pareció anomalía, hoy es parte del tablero.
La visita a México del representante comercial de Estados Unidos, el embajador Jamieson Greer, lo confirmó la semana pasada. Dejó clara, y sin rodeos, su posición maximalista: “Norteamérica no volverá a un mundo sin aranceles”, dijo. Pero esto no equivale simplemente a volver al viejo proteccionismo. Lo que se configura es algo un poco más ambiguo. Una suerte de modelo híbrido y transaccional, en el que el acceso a mercados se negocia caso por caso y depende de condiciones específicas.
Así, hace unos días Washington anunció que reduciría a la mitad los aranceles sobre el acero para vehículos pesados procedente de México. Suena bien. Pero lo bueno viene condicionado porque las exportaciones exentas deben cumplir las normas de origen del T-MEC y limitarse al acero dentro de la cadena de suministro de vehículos pesados. Además, las nuevas reglas eventualmente obligarán a los exportadores a trasladar producción a territorio estadounidense. Esto no es liberalización, sino un comercio condicionado.
México, mientras tanto, se adapta a esta nueva realidad como puede.
Llama la atención el cambio de tono de la administración de la presidenta Sheinbaum respecto a la revisión del T-MEC. Hace unos meses, el optimismo era absoluto. Hoy, y con razón, el discurso es más cauto. Marcelo Ebrard lo sintetiza bien cuando afirma que México debería aspirar a aranceles más bajos que los de sus competidores. No se trata de regresar al pasado, sino de perder menos que otros. Uno no puede evitar preguntarse si habría convenido asumir esa posición realista desde el inicio o, al menos, anticipar el peor escenario.
A propósito de la relación bilateral, el elenco de actores también empieza a reconfigurarse. Además del relevo en la Secretaría de Relaciones Exteriores, México tendrá un nuevo embajador en Washington pronto. Como siempre, ha habido ruido. Pero reforzar el equipo con funcionarios que hablen inglés (algo elemental, aunque curiosamente no puede darse por sentado) y que tengan relaciones en la capital estadounidense es una buena noticia. Que no sea diplomático de carrera es secundario. El embajador en Washington debe ser, ante todo, alguien de la confianza de la presidenta.
Pero la juventud del equipo contrasta con la magnitud de los frentes abiertos. Hasta ahora, con excepción del secretario de Seguridad, pocos miembros del gabinete han entregado resultados concretos. Hoy no sólo importa quién negocia, sino cómo se reconfigura toda la relación bilateral en un ambiente que ya no volverá a ser predecible en el corto plazo. Quizá una de las lecciones más incómodas de este momento sea ésa. No sólo los aranceles llegaron para quedarse, también la incertidumbre.
