Publicado: abril 5, 2025, 6:52 pm
Unos pingüinos hinchables fingían atacar a un Elon Musk de cartón piedra, mientras una marioneta de Vladímir Putin amamantaba a otra de Donald Trump bajo una bandera estadounidense colocada bocabajo. Todo ocurría entre pancartas que exigían frenar los despidos, proteger la Seguridad Social y detener lo que algunos ya llaman la «gran purga federal de 2025».
Con disfraces, sátira y símbolos provocadores arrancó este sábado la protesta en Washington, una de las más concurridas del país, bajo el lema «Hands Off!», o «¡Manos fuera!». Varios miles de personas se reunieron a los pies del Monumento a Washington, convocadas por sindicatos, asociaciones de derechos civiles y colectivos de empleados públicos, en respuesta directa a la ola de cierres de agencias, recortes y despidos impulsada por la administración Trump, con Elon Musk como principal artífice desde el Departamento de Eficiencia Gubernamental.
Entre los lemas más repetidos se leían: «Manos fuera de nuestros derechos», «El Estado no es un negocio» y «No al Gobierno de los milmillonarios». Un bloque de trabajadores federales marchaba tras una pancarta con el mensaje: «Defendemos a América. ¿Quién nos defiende a nosotros?».
Uno de los nuevos símbolos de esta ola de protestas son precisamente los pingüinos, convertidos en icono satírico desde que Trump anunciara esta semana un arancel del 10% a las importaciones desde una isla deshabitada donde solo viven esos animales y algunas focas. La medida, por absurda que parezca, ha catalizado la creatividad y el humor político en las movilizaciones.
1.200 manifestaciones
La de Washington fue una de las más de 1.200 manifestaciones convocadas en los 50 estados por unas 150 organizaciones. Los promotores estiman que había medio millón de personas registradas en todo el país. Aunque no alcanzó la magnitud de la Marcha de las Mujeres de 2017, la convocatoria reflejó un malestar creciente hacia las políticas de Trump y la figura de Musk, que empieza a cristalizar en un frente opositor amplio, cargado de ironía, cansancio y acción política.
Los insultos hacia el presidente ya no se limitan a la crítica institucional. Términos como «fascista» o «nazi» comienzan a aparecer con frecuencia en pancartas y cánticos, algo inusual en el discurso político estadounidense, más contenido históricamente en el uso de ese tipo de etiquetas.
Luis Ramírez, de 35 años, veterano de Afganistán, explicaba por qué considera justificado ese lenguaje. «Serví en Irak. No me gusta ver a mi país tratado como una empresa. Ni Trump ni Musk saben lo que es arriesgarlo todo por esta nación. Y ahora quieren echar a la calle a quienes sí lo hicieron. Eso no es patriotismo, es codicia. Y sí, actúan como fascistas», dijo, con una camiseta que mostraba la bandera estadounidense invertida, símbolo de protesta que remite a los años de la guerra de Vietnam.
La mayoría de asistentes eran empleados públicos, algunos aún en activo, muchos ya despedidos. Se notaba en las pancartas, en las conversaciones y en un ambiente de frustración general. Xavier T., de 57 años, despedido del Departamento de Educación hace dos semanas, sostenía un cartel que decía «Salvemos la educación pública». Prefiere no dar su apellido porque tiene un litigio abierto contra el Estado. «Después de 23 años sirviendo al país, me echaron a la calle con un correo electrónico», relató. «No he dejado de pagar impuestos ni un solo mes. Y ahora me dicen que soy parte del problema».
También había personas que no son funcionarias, pero temen por su estatus migratorio. María del Rosario, salvadoreña naturalizada estadounidense de 42 años, acudió a la marcha por miedo a una nueva oleada de deportaciones. Trabaja como cuidadora de personas mayores en Maryland y llegó como solicitante de asilo hace siete años. Llevaba un cartel con el nombre de Kilmar Armando Abrego García, el salvadoreño deportado por error a un centro de máxima seguridad, y que un juez ha ordenado a la Administración Trump que sea regresado a Estados Unidos cuanto antes.
«Yo, como Kilmar, vine huyendo de las maras y encontré refugio aquí. Pero ahora me siento vulnerable otra vez. Kilmar tenía papeles. Lo sacaron igual. Si eso le pasó a él, ¿qué me puede esperar a mí?», dijo conteniendo las lágrimas. «No estoy aquí por ideología. Estoy aquí porque tenemos miedo y esperamos que Trump nos oiga».
Trump, de todos modos, no podía oír los cánticos, ni las batucadas, ni los discursos. El jueves por la noche, tras imponer sus nuevos aranceles, se marchó a Florida. Mientras los mercados caían el viernes, él jugaba al golf. Y este sábado, cuando la protesta rodeaba la Casa Blanca, estaba en el campo otra vez.