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'Wemby' agua la fiesta en Nueva York: los Spurs recuperan terreno a los Knicks

Publicado: junio 9, 2026, 2:30 am

Camino al vestuario, Víctor Wembanyama cierra el puño con fiereza y hace un gesto con el índice como diciendo «a seguir». Acaba de puntear el intento desesperado de los Knicks de Nueva York de meter un triple y soñar con remontar el tercer partido de las finales de la NBA. Su equipo, los San Antonio Spurs, han recortado la ventaja de los Knicks y dejan la serie 2-1 a favor de los neoyorkinos (115-111) Para entonces, el Madison Square Garden ya se ha quedado en silencio, sin la excitación que ha mostrado todo el día. Con la gente ya camino de la salida, sin querer ver el final, incluso en una ocasión como esta. Porque es una noche grande en este templo del baloncesto, del boxeo, de los grandes conciertos. Desde 1999, uno de los recintos deportivos más célebres del mundo no vive una final de la NBA. Y los Knicks no se colocan un anillo de campeones desde 1973 . La expectación por el partido ha llegado a niveles de locura. Durante los ‘playoff’, la fiesta con pantalla gigante a las afueras del Madison Square Garden ha acabado con disturbios y arrestos. En los dos primeros partidos de la serie, en San Antonio, la ciudad se ha volcado con los Knicks , un equipo al que muchos llegaron a despreciar como poco más que una atracción para turistas, una franquicia perdedora que vive de la gloria pasada y de ser el equipo de Nueva York. Las pantallas han aparecido en las terrazas, las aceras, los patios, las azoteas. Dentro del Madison Square Garden, el ambiente es el de las grandes citas. Por las tripas del estadio se ve a leyendas como Shaquille O’Neal y Charles Barkley , ahora estrellas de la tele. También a muchos de los famosos que copan las primeras filas del parqué, como Ben Stiller. «Creo que tenemos posibilidades de ganar», asegura el actor, pegado a una cámara en todo momento, algo se trae entre manos. «En 1999 nos faltaba nuestro mejor jugador». Se refiere a Pat Ewing, que se quedó fuera por una lesión en el tendón de Aquiles. Aquello fue contra los Spurs y hay ganas de revancha. También de Ewing, que está por ahí cerca, chocando la mano de los jugadores de los Knicks durante el calentamiento. Arriba de todo, Ewing tiene su número, el 33, colgado del techo. Allí, en la última fila, está James Dasilva, un aficionado de los Knicks que ha viajado desde Las Vegas para cumplir su sueño de ver a su equipo en una final. «Mi padre era de Nueva York y me hizo de los Knicks y de todos los equipos deportivos de la ciudad», cuenta. Se ha gastado 7.000 dólares para dos entradas donde apenas se distingue a Stephon Castle de Devin Vassell, dos jugadores de los Spurs con trenzas (a pocos días del partido, las entradas más baratas estaban a 8.000 dólares). Una de las entradas es para su hijo, como regalo de graduación. «No puedo estar más feliz, es mi primera vez en el Madison Square Garden y estoy viendo a los Knicks en la final, es un sueño». El sueño no tarda en complicarse. Wembanyama sale muy enchufado. ‘Alley oop’, mate, tapón. Parece una versión diferente a la de otros partidos de la serie, donde los Knicks, en especial, Karl Anthony Town, le han hecho la vida imposible, le han expulsado de las inmediaciones del aro, le han pegado hasta aburrirse. Los Knicks salen nerviosos. Pierden muchos balones. Su estrella, Jalen Brunson, no está fino. Quizá se han contagiado de la sobreexcitación que vive Nueva York con las finales. Se espera este partido desde hace demasiado tiempo. El 67% de los neoyorquinos no habían nacido cuando los Knicks perdieron aquella final. Demasiado tiempo para una ciudad que ama el baloncesto, repleta de canchas destartaladas en los barrios modestos, donde se juega duro y se sueña alto, quizá demasiado. Es difícil saber cuántos aficionados de verdad hay hoy en el Madison Square Garden. En los niveles más bajos, parece un congreso de millonarios vestidos de azul y naranja. La cámara que proyecta al público en la pantalla gigante sufre para encontrar a alguien que no parezca que acaba de pasar el finde en los Hamptons. Es también difícil ser seguidor de los Knicks y no vender tu alma al entusiasmo desatado. «Podía haber revendido mi entrada y la de mi hijo por diez mil dólares cada una», dice Jose Morán, un español afincado en Nueva York. Mantiene abono en los Knicks desde hace unos ocho años, y eso le permite comprar entradas a precio oficial (con todo, las suyas costaban 1.500 dólares por cabeza). «Pero esto quizá ocurre una vez en la vida», dice con una cerveza en la mano (con la propina incluida, cuestan casi 20 dólares). Pese a la presencia de mucho cuerpo extraño, el estadio ruge cuando se acerca la hora del partido. El rugido se convierte en bronca cuando Donald Trump aparece en la pantalla gigante durante la interpretación del himno. Él es de Nueva York, pero el presidente de EE.UU. juega aquí fuera de casa. El partido es de alto voltaje. Una victoria de los Knicks hubiera inclinado la final de forma casi definitiva. En el comienzo, el ambiente en las gradas es eléctrico. El grito «Defense!» (‘defensa’) atrona. El primer tiro en suspensión de Brunson se responde con un estallido de júbilo. Cualquier cosa que no sea la victoria local no se contempla. La gente todavía grita el ‘Knicks in 4’ (‘los Knicks ganarán en cuatro’). Es decir, que ganarán la serie 4-0, que barrerán a los Spurs. Y eso parece. Los Knicks remontan , con canastones en cadena de Towns, el corajudo puertorriqueño Jose Alvarado y OG Onunoby, que acabaría con 28 puntos. Tras el fogonazo inicial, Wembanyama desaparece. Solo Castle mantiene en pie a los Spurs. Los locales se van al descanso con ventaja y el optimismo es total cuando Cardi B sale al parqué para el show del descanso. La noche soñada en Nueva York. El suflé se bajó en el segundo tiempo . Los Knicks se apagan, se enredan en errores. Con ellos, el público, que ya parecía de resaca. Ya no empuja, se le ven las costuras de afición de billetera. Incluso las cámaras cazan a Trump con los ojos cerrados, echando una cabezada. «Los que estaban en mi zona no son la gente de siempre», dice Morán, el abonado español. «Estaba lleno de ‘bros’ de Wall Street y dinero viejo de Nueva York». Los nervios se ven en el parqué. Spike Lee , el aficionado más célebre de los Knicks, se mete un metro dentro de la cancha para protestar al árbitro, en una de muchas decisiones cuestionadas por la parroquia. En una acción defensiva, Alvarado, puertorriqueño de Brooklyn que se crió en viviendas sociales de Queens, se lanza a por un balón y aplasta a Michael Bloomberg, exalcalde de Nueva York y una de las personas más ricas del país. Así también es Nueva York. En la segunda parte, ‘Wemby’ dice ‘aquí estoy yo’ y acaba por aguar la fiesta del Madison Square Garden. El joven prodigio francés despega hasta los 32 puntos. Anota de lejos y de fuera. Aprovecha los errores rivales y él no los comete. Al contrario que en el anterior partido, que lo echó a perder con un error infantil. El joven prodigio francés se hace mayor en Nueva York. Ha acabado con 32 puntos y con hambre de más. Este miércoles, otra vez desde Nueva York, el siguiente episodio.

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