Publicado: mayo 24, 2026, 1:00 am
En la esquina de Carrera 4 y Calle 39, en la ciudad de Cartagena, se alza el Claustro de la Merced, edificio del siglo XVII que resguarda las cenizas del Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez desde hace diez años, depositadas un domingo 22 de mayo de 2016. Eran como las cinco de la tarde.
La viuda del escritor Mercedes Barcha, la Universidad de Cartagena y la Fundación Gabo cumplieron el deseo póstumo de García Márquez de reposar para siempre en la ciudad que amó y recreó en su universo literario, y en apego a la Ley de Honores de Colombia (L. 1741), promulgada en 2014 tras la muerte del escritor en la Ciudad de México.
Se cumplió también el anhelo popular, a decir del gobernador del Departamento de Bolívar, Dumek Turbay Paz, de tener a “Gabriel, Gabo, Gabito, acá con nosotros” por siempre”.
A la hora malva, a pocos metros de la que fue la casa de Gabo, en la calle del Curato de Santo Toribio y mirando de frente al mar Caribe, el Claustro de Nuestra Señora de las Mercedes se cubrió de una lluvia de mariposas amarillas que cayó sobre el busto de bronce que selló la cripta donde depositaron las cenizas del hijo predilecto de Colombia, «para su morada eterna´, según la resolución pronunciada allí mismo por el rector de la Universidad, Edgar Parra Chacón.
Una comitiva íntima integrada por Mercedes Barcha, los hijos del Nobel, Rodrigo y Gonzalo, su nieto Mateo, y el arquitecto Álvaro Barrera, artífice del Mausoleo, colocaron la urna con los restos dentro de una columna que descansa sobre un centenario pozo de agua protegido por una estructura de acero y cristal y la sellaron con la efigie metálica esculpida por la arista británica Katie Murray.
“No hemos venido a despedirlo ni a darle el último adiós, sino a darle la bienvenida, a la hora del ocaso, junto al mar Caribe”, leyó el escritor Juan Gossaín Abdala.
Cartagena en el corazón
Mateo García leyó unos fragmentos del capítulo VI de “Vivir para contarla”, donde Gabo evoca su amor por esta ciudad amurallada, y en particular por el Claustro de la Merced, donde Gabito se matriculó en 1949 para cursar Derecho, y la que abandonó un año después para abrazar el periodismo y la literatura.
Y aunque Gabo nació en el pueblo de Aracataca y pasó gran parte de su vida en México, y fue desde aquí donde reveló al mundo el universo de Macondo, Cartagena siempre latió muy fuerte en su corazón y nunca dejó de habitar en ella, “el lugar que lo hizo periodista y lo puso en la antesala de convertirse en el Cervantes de esta tierra, en el escritor más grande de las letras hispánicas en el continente”, dijo el gobernador Turbay.
Una ciudad de la que dijo «me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer».
Cartagena fue el lugar donde Gabo publicó su primer trabajo periodístico, donde se estrenó su primera película, «Tiempo de morir»; donde decidió afincar su Fundación para la formación de periodistas de Iberoamérica, y donde están enterrados sus padres y sus hermanos.
A solo unos cien metros de este recinto está su casa familiar, y a otros cien, en la antigua calle de San Juan de Dios, estaba la redacción de El Universal, donde el escritor y periodista publicó sus primeras notas a finales de los años cuarenta.
“Esta es la ciudad que él eligió la ciudad de sus afectos, la ciudad que amaba y admiraba, que convirtió en escenario de algunas de sus novelas, donde se instalaron sus familiares, donde decidió construir su casa definitiva, donde creó su Fundación, y donde él es parte ya del legado cultural«, confirma Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Gabo.
“La gente sabe que me gusta vivir en Cartagena, pero me gustaría que me enterraran en Cartagena”, reveló el escritor y periodista Juan Gossaín, producto de una confesión que le hizo el Nobel hace 20 años.
El universo del Gabo
Rodeados de flores y mariposas amarillas, con acordes de vallenato y la «Pequeña Serenata Nocturna», de Mozart, los personajes de Gabriel García Márquez han venido a acompañarlo.
Deambulan como fantasmas por los portales del recinto colonial de la Merced, José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, que vinieron desde Macondo a dar la bienvenida a su creador, y en el pasillo tropezaron con los jóvenes campesinos que pretenden a la cándida Eréndira, que vinieron a recibir las cenizas del escritor para hacerlo retornar al mundo onírico y mágico que él creó el mundo onírico y mágico.
Gabo era fiestero y bailador, por eso, luego de que las autoridades civiles y militares de Colombia; escritores, poetas y periodistas y la comunidad universitaria de Cartagena, abrazaron con solemnidad el recuerdo del «Cervantes de América Latina”, vino la gozadera.
Sonaron en el patio los vallenatos «El Mochuelo» y «Mercedes», interpretados por Adolfo Pacheco y Julio Prieto, en el acordeón, tras los cuales una lluvia de mariposas amarillas inundó el cielo y el patio del Claustro de la Merced y cayó sobre las cabezas de todos aquellos que buscaban la foto del recuerdo o el selfie antes de la retirada. Se oyeron también las notas de un mariachi mexicano, cuyas cuerdas y trompetas animaron la despedida de Gabo en su morada eterna –“que será un altar sagrado de nuestra letras, donde yacen las cenizas de un hombre caribe universal, el hombre que mejor ha relatado nuestra manera de ver el mundo, de recrearlo y de vivirlo”, dijo Dumek Turbay.
El Claustro de la Merced se fue vaciando poco a poco, por un momento el tránsito en el malecón se volvió caótico. Adentro, el mausoleo sobre el aljibe que resguarda las reliquias, se ilumina con las farolas del recinto, mientras la hierba que crece alrededor en las jardineras oculta su amarillo dorado que solo aparece con el Sol. El rostro bronceado de “Gabo” duerme en la oscuridad tibia y sensual del Caribe criollo, allá, al sur de América, donde Macondo.







