Publicado: noviembre 29, 2025, 5:30 am
Aún somos muchos quienes recordamos esa joya infame del YouTube de los 2000: «Contigo no, bicho». El vídeo fue publicado en la plataforma en abril de 2008, después de que los amigos quisieran compartirlo entre ellos pero su elevado peso (unos cuantos megas) no les permitiera hacerlo de un modo más privado.
El vídeo, tal como ellos comentaban en la descripción, había sido grabado hacía cuatro años al volver de una noche de fiesta al piso que los padres de uno de ellos (procedentes todos de Madrid), tenían en Levante. El protagonista del vídeo, Carlos, contaba en una mañana de despecho y resaca las calabazas que le había dado una chica bajo la proclama de «Contigo no, bicho».
En aquel momento Carlos no era una estrella: era un estudiante de arquitectura, un anónimo retratado en plena oda a la decepción amorosa. El vídeo se viralizó, imparable: millones de reproducciones (el original suma hoy seis millones y medio), imitaciones, memes y fans de su drama por todos los blogs de la época.
El éxito fue tan abrupto como inesperado. De un día para otro, a Carlos lo reconocían por la calle. Ya no era «el colega que se quedó sin ligue», era «el de Contigo no, bicho». Le llovieron ofertas de todo tipo, desde publicidad hasta televisión e incluso un célebre programa de La Sexta intentó ficharlo para la sobremesa.
Lo que sorprendió a muchos (puede que a todos) fue que lo rechazó todo. Carlos, que nunca había buscado la fama, prefirió decir que no a esas oportunidades que, probablemente, devorarían su vida profesional como arquitecto solo por un hit viral que ni sabía que iba a existir. Algunos lo presentaron como una reacción sensata frente al maremoto viral.
Sin embargo, sí que volvió a saltar a los medios no mucho después cuando, más por amistad y cariño que por ninguna otra cosa, aceptó aparecer en un videoclip del primer single de Rafa Pons y, para finales de 2010, hizo lo mismo para el primer vídeo de Cooking Butterflies, una modesta banda madrileña. A pesar de no tomárselo como un intento de salto (o vuelta) al estrellato, prácticamente todos los medios se hicieron eco de ello, en mayor o menor medida.
Tras esos primeros años de fama relámpago, la huella pública de Carlos se diluyó. Evitó la saturación mediática, no buscó protagonismo y el fenómeno viral quedó en un gag para el recuerdo, uno de los primeros éxitos masivos del YouTube patrio, y él regreso a su vida real, lejos del foco.
Hoy Carlos vive de puertas hacia dentro, centrado en su profesión y disfrutando del anonimato que más de veinte años de distancia con aquel que veíamos en el vídeo le proporciona. Este medio ha podido localizarlo, pero, respetando sus deseos, ni su nombre completo, ni su empresa ni su fotografía trascenderán estas líneas, aunque si de algo sirve la palabra de quien escribe cabrá decir que el tiempo le ha tratado bien y que es difícil reconocer al chico de la resaca en el profesional de éxito que es hoy.
Al final, la historia de Carlos funciona como recordatorio: no toda la fama importa. A veces, lo más valioso es no dejar que quince minutos de gloria arruinen lo que podría quedar en pie después.
