Las niñas afganas, expulsadas del examen de acceso a la universidad y obligadas a casarse: la generación silenciada - Colombia
Registro  /  Login

Portal de Negocios en Colombia


Las niñas afganas, expulsadas del examen de acceso a la universidad y obligadas a casarse: la generación silenciada

Han pasado cuatro años desde el cierre de las escuelas para niñas en Afganistán; cuatro años que, para millones de niñas afganas, no solo han supuesto el fin de su educación, sino el inicio de un silencio impuesto.En estos días, los talibanes han vuelto a celebrar el examen de acceso a la universidad (Kankor) en distintas provincias del país; una prueba en la que participaron cientos de miles de chicos, mientras que las chicas solo pudieron mirar desde fuera.En Faryab, Sewich aún recuerda el día del examen: el día en que los chicos de su familia, sus amigos y sus antiguos compañeros de clase acudieron a la prueba, mientras ella se quedaba detrás de las puertas cerradas. «Fue como sentarse ante la tumba de nuestros propios sueños y guardar luto».Sewich tiene ahora 19 años. Cuando los talibanes cerraron las escuelas para niñas, ella acababa de terminar décimo grado y estaba a punto de comenzar el undécimo. Su familia tenía tanta esperanza en su futuro que, desde noveno curso, ya le habían preparado para el Kankor. Su sueño era ser médica; no por dinero, sino para ayudar a la gente.Fue como sentarse ante la tumba de nuestros propios sueños y guardar luto«Quería ir a zonas desfavorecidas, ayudar a quienes no pueden pagar a un médico. Incluso soñaba con viajar algún día a países pobres de África». Pero ese futuro se detuvo de golpe.Afganistán sigue siendo, según datos de la Unesco, el único país del mundo que prohíbe a las niñas acceder a la Educación Secundaria y universitaria. Para 2025, alrededor de 2,2 millones de niñas afganas han quedado excluidas de la escuela, y si la prohibición continúa, millones más correrán la misma suerte.Esta privación no se limita al ámbito educativo. Informes recientes señalan que las restricciones impuestas por los talibanes han provocado una grave escasez de profesionales femeninas en el país. Unicef advierte que Afganistán podría perder más de 25.000 profesoras y trabajadoras sanitarias de aquí a 2030. Pero para muchas niñas, el cierre de las escuelas fue solo el comienzo de otro destino: el matrimonio precoz.Matrimonios forzadosSewinch cuenta que la mayoría de las chicas que fueron sus compañeras están ahora casadas, y muchas de ellas ya son madres. «El 90% de las chicas que conozco ya se han casado. Algunas incluso tienen dos hijos». Ella cree que, al cerrarse la puerta de la educación, aumentó la presión social para casar a las niñas, especialmente en una sociedad donde todavía muchos consideran que el futuro de una mujer se limita al matrimonio.Este relato adquiere una dimensión aún más preocupante con la publicación de informes sobre nuevas regulaciones de los talibanes en materia de matrimonio infantil. Según medios internacionales, los talibanes han aprobado recientemente normas que, en la práctica, legitiman el matrimonio de menores; leyes en las que el «silencio de una niña virgen» puede interpretarse como consentimiento.Organizaciones de derechos humanos alertan de que la exclusión de las niñas del sistema educativo incrementa de forma alarmante el riesgo de matrimonios forzados y uniones tempranas. Investigaciones recientes también muestran que la prohibición de estudiar expone a las niñas a embarazos de riesgo y a mayores niveles de violencia doméstica.Sewinch se considera afortunada: su familia resistió la presión social y no la obligó a casarse. «En mi familia había una norma: hasta que una persona —sea chica o chico— no termine sus estudios y sea independiente, no debe casarse». Sin embargo, ella sabe que no todas tuvieron esa oportunidad.En mi familia había una norma: hasta que un chico o una chica no acabe sus estudios y sea independiente, no debe casarseAntes del regreso de los talibanes, la vida de Sewinch estaba llena de movimiento y esperanza. Cada mañana salía de casa junto a su madre: su madre iba al trabajo y ella al colegio y a sus clases de preparación para el Kankor. Formaba parte del equipo femenino de ciclismo en Faryab y participaba en competiciones. Hoy, en cambio, pasa la mayor parte del tiempo en casa.»Ahora me despierto a las once, vuelvo a dormirme y de pronto es de noche. Ya no hay ningún objetivo». Cuenta que, tras el cierre de las escuelas, cayó en una depresión y que toma medicación para sobrellevarla. «Antes todos decían que yo transmitía alegría. Ahora tengo pesadillas por las noches».A pesar de todo, cuando habla del futuro, su voz no está del todo apagada. «No pedimos una libertad sin límites. Solo pedimos que nos dejen estudiar». «Sewinch dice que a veces todavía se imagina en esos días en los que volverían a abrirse las puertas de las escuelas y las universidades.»Siempre me imagino que regreso, que me matriculo otra vez en un curso de preparación para el Kankor y que empiezo a prepararme para el examen». Cuenta que muchas chicas afganas soñaban, al menos, con vivir la experiencia de presentarse al Kankor.»Muchas decían: solo queremos sentir ese estrés y esa emoción del examen, saber que hemos luchado por nuestro futuro». Pero, según explica, hoy la vida de muchas niñas afganas se ha reducido a la fuerza a las cuatro paredes de sus casas. «Ahora solo estamos en casa, sin un futuro claro».

Publicado: mayo 24, 2026, 2:45 am

La fuente de la noticia es https://www.20minutos.es/internacional/ninas-afganas-excluidas-educacion-generacion-silenciada-regimen-taliban_6973703_3.html

Han pasado cuatro años desde el cierre de las escuelas para niñas en Afganistán; cuatro años que, para millones de niñas afganas, no solo han supuesto el fin de su educación, sino el inicio de un silencio impuesto.

En estos días, los talibanes han vuelto a celebrar el examen de acceso a la universidad (Kankor) en distintas provincias del país; una prueba en la que participaron cientos de miles de chicos, mientras que las chicas solo pudieron mirar desde fuera.

En Faryab, Sewich aún recuerda el día del examen: el día en que los chicos de su familia, sus amigos y sus antiguos compañeros de clase acudieron a la prueba, mientras ella se quedaba detrás de las puertas cerradas. «Fue como sentarse ante la tumba de nuestros propios sueños y guardar luto».

Sewich tiene ahora 19 años. Cuando los talibanes cerraron las escuelas para niñas, ella acababa de terminar décimo grado y estaba a punto de comenzar el undécimo. Su familia tenía tanta esperanza en su futuro que, desde noveno curso, ya le habían preparado para el Kankor. Su sueño era ser médica; no por dinero, sino para ayudar a la gente.

Fue como sentarse ante la tumba de nuestros propios sueños y guardar luto

«Quería ir a zonas desfavorecidas, ayudar a quienes no pueden pagar a un médico. Incluso soñaba con viajar algún día a países pobres de África». Pero ese futuro se detuvo de golpe.

Afganistán sigue siendo, según datos de la Unesco, el único país del mundo que prohíbe a las niñas acceder a la Educación Secundaria y universitaria. Para 2025, alrededor de 2,2 millones de niñas afganas han quedado excluidas de la escuela, y si la prohibición continúa, millones más correrán la misma suerte.

Esta privación no se limita al ámbito educativo. Informes recientes señalan que las restricciones impuestas por los talibanes han provocado una grave escasez de profesionales femeninas en el país. Unicef advierte que Afganistán podría perder más de 25.000 profesoras y trabajadoras sanitarias de aquí a 2030. Pero para muchas niñas, el cierre de las escuelas fue solo el comienzo de otro destino: el matrimonio precoz.

Matrimonios forzados

Sewinch cuenta que la mayoría de las chicas que fueron sus compañeras están ahora casadas, y muchas de ellas ya son madres. «El 90% de las chicas que conozco ya se han casado. Algunas incluso tienen dos hijos». Ella cree que, al cerrarse la puerta de la educación, aumentó la presión social para casar a las niñas, especialmente en una sociedad donde todavía muchos consideran que el futuro de una mujer se limita al matrimonio.

Este relato adquiere una dimensión aún más preocupante con la publicación de informes sobre nuevas regulaciones de los talibanes en materia de matrimonio infantil. Según medios internacionales, los talibanes han aprobado recientemente normas que, en la práctica, legitiman el matrimonio de menores; leyes en las que el «silencio de una niña virgen» puede interpretarse como consentimiento.

Organizaciones de derechos humanos alertan de que la exclusión de las niñas del sistema educativo incrementa de forma alarmante el riesgo de matrimonios forzados y uniones tempranas. Investigaciones recientes también muestran que la prohibición de estudiar expone a las niñas a embarazos de riesgo y a mayores niveles de violencia doméstica.

Sewinch se considera afortunada: su familia resistió la presión social y no la obligó a casarse. «En mi familia había una norma: hasta que una persona —sea chica o chico— no termine sus estudios y sea independiente, no debe casarse». Sin embargo, ella sabe que no todas tuvieron esa oportunidad.

En mi familia había una norma: hasta que un chico o una chica no acabe sus estudios y sea independiente, no debe casarse

Antes del regreso de los talibanes, la vida de Sewinch estaba llena de movimiento y esperanza. Cada mañana salía de casa junto a su madre: su madre iba al trabajo y ella al colegio y a sus clases de preparación para el Kankor. Formaba parte del equipo femenino de ciclismo en Faryab y participaba en competiciones. Hoy, en cambio, pasa la mayor parte del tiempo en casa.

«Ahora me despierto a las once, vuelvo a dormirme y de pronto es de noche. Ya no hay ningún objetivo». Cuenta que, tras el cierre de las escuelas, cayó en una depresión y que toma medicación para sobrellevarla. «Antes todos decían que yo transmitía alegría. Ahora tengo pesadillas por las noches».

A pesar de todo, cuando habla del futuro, su voz no está del todo apagada. «No pedimos una libertad sin límites. Solo pedimos que nos dejen estudiar». «Sewinch dice que a veces todavía se imagina en esos días en los que volverían a abrirse las puertas de las escuelas y las universidades.

«Siempre me imagino que regreso, que me matriculo otra vez en un curso de preparación para el Kankor y que empiezo a prepararme para el examen». Cuenta que muchas chicas afganas soñaban, al menos, con vivir la experiencia de presentarse al Kankor.

«Muchas decían: solo queremos sentir ese estrés y esa emoción del examen, saber que hemos luchado por nuestro futuro». Pero, según explica, hoy la vida de muchas niñas afganas se ha reducido a la fuerza a las cuatro paredes de sus casas. «Ahora solo estamos en casa, sin un futuro claro».

Artículos Relacionados