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La Ucrania que sueña con un acuerdo que les devuelva la vida

Las bombas planeadoras (glide bombs, en su traducción al inglés) se han convertido en la gran amenaza de las ciudades próximas al frente en el Donbás, al Este de Ucrania. Uno de los últimos ataques tuvo como objetivo una escuela a las afueras del … Slaviansk y al menos una mujer perdió la vida y hubo varios heridos. Los rusos reventaron una escuela que, como todas en esta parte del país, estaba vacía desde 2022. La invasión congeló la educación en el Donbás. Al poco de concluir la pandemia, los tanques de Vladímir Putin cruzaron la frontera, los centros educativos tuvieron que cerrar sus puertas y las familias con niños fueron evacuadas a zonas alejadas del frente. Los ucranianos de la zona oriental cumplen cuatro cursos de educación en línea y las clases son un milagro que dependen de la electricidad y la conexión a Internet en cada casa.
Cuanto más cerca está el enemigo, mayor es el peligro. En Mikolaivka, al norte de Slaviansk, están a 20 kilómetros del frente y es la sede de la planta eléctrica de Donbasenergo, lo que le ha convertido en objeto de los ataques contra el sector energético del país. En la localidad quedan unas 6.000 personas, la mitad de las que había antes de la invasión, y apenas hay niños. La familia Davidovi escapó hace tres años a una localidad del Oeste, «pero nos ofrecieron una casa horrible y no teníamos dinero para pagar un alquiler para ir a un sitio mejor, así que pasados unos meses decidimos regresar», cuenta Liuba, madre de dos gemelas de 5 años y una niña de 3. Nunca han podido ir a la guardería ni a prescolar, su vida gira en torno a la tableta de su madre, el teléfono del padre y la televisión del salón, en la que sólo se ve una parte de la pantalla porque fue dañada en un ataque que destrozó un edificio vecino. Una de las pequeñas resultó herida en una pierna.
Las niñas son pura energía, saltan en el sofá, gritan, cantan y no paran de sacar juguetes de una caja. «Es agotador, los profesores me mandan algunas actividades, pero soy yo la que lleva el peso de todo, soy madre y profesora al mismo tiempo de unas niñas que apenas pueden salir de casa y no tienen contacto con otros niños de su edad, me agobia pensar el gran problema de comunicación que les va a generar esta situación», confiesa una madre saturada.

Durante el día, la familia no sale apenas del apartamento porque la temperatura media es de -5 grados, pero por la noche es cuando más ataques se producen, suenan las alarmas, corren al refugio y allí esperan a que pase el peligro. «Para ellas es como un juego, menos mal que son pequeñas y no se dan mucha cuenta de lo que pasa», apunta Liuba, que sueña «con un acuerdo rápido que detenga la guerra y nos permita recuperar nuestras vidas».

Sin contacto social

Donald Trump declaró que el acuerdo para el final de la guerra «es cuestión de semana», pero aquí cuentan los minutos. «Esta experiencia tiene un impacto directo en los niños porque crecen encerrados y se pasan el día pegados a las pantallas, tienen graves problemas para socializarse», lamenta Marina Bilenets, empleada municipal que se ha quedado sola porque hace dos meses envió a su hija y su nieta a Polonia. Marina explica que en la localidad se han quedado sobre todo personas mayores, dependientes de sus pensiones, y gente enferma que tiene problemas para moverse.
La artillería retumba de fondo. Mikolaivka es la típica ciudad levantada en la época soviética para albergar a los trabajadores de la enorme planta eléctrica, con bloques de edificios idénticos en cada barrio y parques infantiles entre ellos. Columpios y toboganes, ahora cubiertos de nieve esponjosa, han quedado huérfanos.

Las familias Davidovi y Gaponienko viven su juventud a través de las pantallas
MIKEL AYESTARAN

Pese a lo complicado de la situación, en casa de los Gaponienko nadie piensa en emigrar. Ellos compraron su casa meses antes de la invasión y dedicaron todos los ahorros de su vida. Desde la ventana del salón la vista es desoladora, el esqueleto de un edificio atacado en dos ocasiones, la última en agosto. Junto a esa ventana se conecta cada día, a las nueve en punto, Denis para seguir las clases. Tiene siete años y su asignatura preferida es Matemáticas. En la habitación vecina, su hermana Marina, de 15 años, conecta también con su clase y puede ver en la pantalla a sus 30 compañeros, la mayoría en ciudades del Oeste o fuera del país. «Lo que más echo de menos es el contacto diario con la gente, salir al recreo, hablar con las amigas o hacer bromas, hemos perdido el calor humano», lamenta la joven en un cuarto presidido por el calendario semanal de asignaturas.
A Marina le queda una amiga del colegio en Mikolaivka, esa es toda su vida social. En un cajón guarda con cariño la foto que toda la clase se hizo en 2021, es todo lo que queda de aquellos días previos a una invasión que ha congelado sus vidas y su educación.

Publicado: febrero 26, 2025, 9:48 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/ucrania-suena-acuerdo-devuelva-vida-20250227042022-nt.html

Las bombas planeadoras (glide bombs, en su traducción al inglés) se han convertido en la gran amenaza de las ciudades próximas al frente en el Donbás, al Este de Ucrania. Uno de los últimos ataques tuvo como objetivo una escuela a las afueras del Slaviansk y al menos una mujer perdió la vida y hubo varios heridos. Los rusos reventaron una escuela que, como todas en esta parte del país, estaba vacía desde 2022. La invasión congeló la educación en el Donbás. Al poco de concluir la pandemia, los tanques de Vladímir Putin cruzaron la frontera, los centros educativos tuvieron que cerrar sus puertas y las familias con niños fueron evacuadas a zonas alejadas del frente. Los ucranianos de la zona oriental cumplen cuatro cursos de educación en línea y las clases son un milagro que dependen de la electricidad y la conexión a Internet en cada casa.

Cuanto más cerca está el enemigo, mayor es el peligro. En Mikolaivka, al norte de Slaviansk, están a 20 kilómetros del frente y es la sede de la planta eléctrica de Donbasenergo, lo que le ha convertido en objeto de los ataques contra el sector energético del país. En la localidad quedan unas 6.000 personas, la mitad de las que había antes de la invasión, y apenas hay niños. La familia Davidovi escapó hace tres años a una localidad del Oeste, «pero nos ofrecieron una casa horrible y no teníamos dinero para pagar un alquiler para ir a un sitio mejor, así que pasados unos meses decidimos regresar», cuenta Liuba, madre de dos gemelas de 5 años y una niña de 3. Nunca han podido ir a la guardería ni a prescolar, su vida gira en torno a la tableta de su madre, el teléfono del padre y la televisión del salón, en la que sólo se ve una parte de la pantalla porque fue dañada en un ataque que destrozó un edificio vecino. Una de las pequeñas resultó herida en una pierna.

Las niñas son pura energía, saltan en el sofá, gritan, cantan y no paran de sacar juguetes de una caja. «Es agotador, los profesores me mandan algunas actividades, pero soy yo la que lleva el peso de todo, soy madre y profesora al mismo tiempo de unas niñas que apenas pueden salir de casa y no tienen contacto con otros niños de su edad, me agobia pensar el gran problema de comunicación que les va a generar esta situación», confiesa una madre saturada.

Durante el día, la familia no sale apenas del apartamento porque la temperatura media es de -5 grados, pero por la noche es cuando más ataques se producen, suenan las alarmas, corren al refugio y allí esperan a que pase el peligro. «Para ellas es como un juego, menos mal que son pequeñas y no se dan mucha cuenta de lo que pasa», apunta Liuba, que sueña «con un acuerdo rápido que detenga la guerra y nos permita recuperar nuestras vidas».

Sin contacto social

Donald Trump declaró que el acuerdo para el final de la guerra «es cuestión de semana», pero aquí cuentan los minutos. «Esta experiencia tiene un impacto directo en los niños porque crecen encerrados y se pasan el día pegados a las pantallas, tienen graves problemas para socializarse», lamenta Marina Bilenets, empleada municipal que se ha quedado sola porque hace dos meses envió a su hija y su nieta a Polonia. Marina explica que en la localidad se han quedado sobre todo personas mayores, dependientes de sus pensiones, y gente enferma que tiene problemas para moverse.

La artillería retumba de fondo. Mikolaivka es la típica ciudad levantada en la época soviética para albergar a los trabajadores de la enorme planta eléctrica, con bloques de edificios idénticos en cada barrio y parques infantiles entre ellos. Columpios y toboganes, ahora cubiertos de nieve esponjosa, han quedado huérfanos.

Imagen principal - Las familias Davidovi y Gaponienko viven su juventud a través de las pantallas
Imagen secundaria 1 - Las familias Davidovi y Gaponienko viven su juventud a través de las pantallas
Imagen secundaria 2 - Las familias Davidovi y Gaponienko viven su juventud a través de las pantallas
Las familias Davidovi y Gaponienko viven su juventud a través de las pantallas
MIKEL AYESTARAN

Pese a lo complicado de la situación, en casa de los Gaponienko nadie piensa en emigrar. Ellos compraron su casa meses antes de la invasión y dedicaron todos los ahorros de su vida. Desde la ventana del salón la vista es desoladora, el esqueleto de un edificio atacado en dos ocasiones, la última en agosto. Junto a esa ventana se conecta cada día, a las nueve en punto, Denis para seguir las clases. Tiene siete años y su asignatura preferida es Matemáticas. En la habitación vecina, su hermana Marina, de 15 años, conecta también con su clase y puede ver en la pantalla a sus 30 compañeros, la mayoría en ciudades del Oeste o fuera del país. «Lo que más echo de menos es el contacto diario con la gente, salir al recreo, hablar con las amigas o hacer bromas, hemos perdido el calor humano», lamenta la joven en un cuarto presidido por el calendario semanal de asignaturas.

A Marina le queda una amiga del colegio en Mikolaivka, esa es toda su vida social. En un cajón guarda con cariño la foto que toda la clase se hizo en 2021, es todo lo que queda de aquellos días previos a una invasión que ha congelado sus vidas y su educación.

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