Publicado: febrero 27, 2025, 5:00 am
Una cala pequeña y una cala escondida. Calas secretas, las mejores calas. ¡Y cómo hostias descubrieron los instagramers esa cala, jo, si era toda nuestra, una preciosura!
Calas y calitas al pie de los paredones de roca: bahías chicas de agua transparente y arena clara. Los catalanes aman las calas; son capaces de andar kilómetros por el Camí de Ronda, un camino antiguo que bordea el litoral, para bajar a una cala inaccesible y siempre encuentran una nueva a la que sólo se llega por mar.
En poco más de 200 kilómetros –desde Blanes hasta Portbou, en la frontera con Francia–, la Costa Brava tiene más de cien calas. Además de acantilados, olivares, higueras y terrazas cubiertas de viñedos. Además del Parque Natural Cap de Creus, el punto más oriental de la península ibérica, adonde iremos en un par de días. Además de vistas inmensas del mar azul. Una de estas vistas, la de un hotelito en Calella de Palafrugell, inspiró a Serrat para escribir “Mediterráneo”.
En la Costa Brava, hay pueblos que alguna vez fueron de pescadores; pueblos blancos, como Cadaqués y Portlligat, por donde pasearon Dalí y Gala, Picasso, Paul Éluard, André Breton, Magritte y otros surrealistas. Durante el siglo pasado fueron territorios de vanguardia y bohemia; hoy están minados de turistas de todo el mundo y de catalanes de Barcelona que tienen segunda residencia. Sobre esos últimos bromea Lluis, un amigo que vive en un pueblo cercano: “Vienen con el uniforme de Cadaqués, todos con el rollo de Ibiza, de blanco, en lo posible con telas de lino, y sombrero de paja”. Como muchos habitantes, Lluis está cansado de los turistas. Pero no por eso deja de volver.
Esta mañana navegamos en el velero El último rizo hacia Cala Jóncols. A poco de zarpar veo el perfil del golfo de Roses, la ciudad de veraneo que se extiende y suma casas y mansiones incrustadas en los cerros. Veo algunos tramos del Camí de Ronda y búnkeres que mandó construir Franco a fines de 1945 para defenderse de un posible ataque de los Aliados, y que no llegaron a usarse. Son estructuras de hormigón y piedra con techo vivo. Los señala Verónica Medina, una argentina que vive hace 30 años en España y, junto con David Franch, el capitán, diseñan experiencias en velero por la Costa Brava.
Cala Jóncols está más allá del museo de El Bulli, que abrió al tiempo de que cerrara el famoso restaurante de Ferran Adrià. Justo después de pasar el Cap Norfeu, con acantilados que reciben y devuelven las olas como si jugaran con la tramontana, el viento moderado y frío de esta zona.
La Costa Brava es parte de Girona, una de las provincias que conforman Cataluña, y comprende tres comarcas costeras, Alto Ampurdán, Bajo Ampurdán, y la Selva, y dos interiores: el Pla de l’Estany y el Gironès. Traducida, esa geografía es la mezcla deliciosa del paisaje del mar y la ruralidad, el campo catalán, donde se puede encontrar un castillo defensivo del siglo X convertido en un hotel con encanto como el Castell de Vallgornera, delicioso hotel boutique que abrió en mayo de 2024. Dicen que la Costa Brava tiene aires de la Toscana, y no se equivocan.
La marca de Dalí
Para Dalí, nada era más perfecto que un huevo. Los veo en la cornisa del museo de Figueras y en los jardines de su casa y sobre el tejado, en Portlligat; en esculturas y pinturas. Para él, el huevo representaba la vida, el huevo cósmico. Incluso la vida intrauterina: decía que tenía memorias de haber estado en el vientre de su madre. El huevo fue una de las obsesiones que lo acompañaron desde chico, cuando quería ser Napoleón.
También lo obsesionaba la física atómica. Antes de ingresar al Teatro Museo Dalí de Figueras hay una escultura en homenaje al átomo de hidrógeno y adentro está en “Galatea de las esferas”, la obra donde se la ve a Gala estallada por una banda de átomos.
–Mientras pintaba, Gala le leía textos sobre ciencia. Él decía que lo ayudaba a concentrarse –cuenta Miquel Roger, guía especializado en Dalí, mientras caminamos por el museo desbordado de gente. Si no hubiéramos sacado la entrada antes, no conseguíamos estar acá. Lo mismo pasará en Portlligat. Salvador Dalí fue un hit en vida (portada de Time, en 1936) y de muerto. Y fue un excéntrico, quizás el famoso más raro que haya existido. El hombre que anhelaba pintar los sueños y que paseaba por el centro de Figueras con un elefante que le habían regalado en la compañía Air India. El artista que después de comer queso camembert pintó “La persistencia de la memoria”, la obra de los relojes blandos, que no está acá, sino en el MoMA de Nueva York. El vecino que tuvo tres cisnes como mascotas y cuando murieron los embalsamó. El que anunció que desde su cama en Portlligat era el primer español en ver la salida del sol, olvidándose de los compatriotas de las Baleares. El hombre que dijo: “La diferencia entre los surrealistas y yo es que yo soy surrealista. El autor de Diario de un genio.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, Picasso les compró, a Dalí y a Gala, pasajes a Estados Unidos, donde había estado, por primera vez, en 1934, y donde se quedó hasta 1948.
–En Estados Unidos entendió que como artista no sólo tenía que pintar, también podía hacer cine, escribir, performar, diseñar joyas, muebles, casas.
No bien entro en el teatro museo de Figueras veo el Cadillac que compró en 1941 –lo llevaba Gala porque él no sabía manejar– y que luego convirtió en la obra “Taxi lluvioso” con un mecanismo que producía que lloviera en el interior.
El museo ocupa el lugar del viejo teatro municipal que el alcalde de Figueras donó, justo frente a la iglesia donde Dalí fue bautizado. Ramón Guardiola, alcalde en los años 70, le pidió una obra para el museo de la ciudad y él respondió que a Figueras le donaría un museo entero. Lo inauguraron en 1974 y Dalí lo intervino y transformó en una pieza artística, su obra mayor. Quería prohibir la entrada a los críticos de arte, pero no pudo.
Los cuadros, las esculturas, la historia del pintor amigo de García Lorca y Paul Éluard se enredan con los brazos estirados de los turistas que sacan fotos y filman un video y uno más para ver a Gala desnuda dentro de la cara de Abraham Lincoln.
El mundo Dalí es narciso, extravagante, genial. A Gala, que era rusa y 10 años más grande, la conoció como esposa de Paul Éluard. Él, René Magritte y Luis Buñuel –con quien había rodado El perro andaluz– lo visitaron en Cadaqués. Gala no volvió con su marido. Se quedó para siempre con Dalí y fue musa y todo. Durante un tiempo, el artista firmaba sus obras como Gala Dalí.
Dalí murió en 1989 y su tumba está debajo del escenario de este teatro, bajo el cuadro de ese enorme alien de pecho quebrado que preside la sala. No reposa con Gala, que murió varios años antes y está enterrada en el castillo de Púbol, regalo de Dalí. Cuando Gala estaba en Púbol, Dalí tenía que pedirle permiso por escrito y sólo podía ir si ella lo autorizaba.
Los fans del artista proponen desenterrarlo y llevarlo cerca de ella o traerla y que estén juntos en la muerte como lo estuvieron en la vida.
–Para entender a Dalí tenés que ir a Cadaqués –dice Miquel frente al cuadro “Port Alguer”, en el que dos mujeres con cántaros en la cabeza caminan hacia una imagen estructuralista del pueblo blanco, con la iglesia en alto.
De pescadores a turistas
Vamos a Cadaqués en un auto alquilado, un híbrido colorado como un tomate que repta en silencio por rutas secundarias de la geografía de curvas y lomas de esta costa escarpada y hermosa. Si siguiéramos un poco más, llegaríamos a la frontera por donde cada fin de semana cruzan cientos de franceses a pasar el día y comprar, cargar combustible, porque les conviene el cambio.
En el camino pasamos por campos cultivados y pueblos que empiezan con el cartel de su nombre y terminan con el cartel de su nombre tachado. Nombres difíciles de pronunciar: Avinyonet de Puigventos, Castelló d’Empúries, El Mas Fumats y así.
Dan ganas de parar en todos, por las construcciones antiguas, la fachada románica de una iglesia del siglo XII o un barcito que promociona en un pizarrón raciones de pulpo y tapas de tortilla.
Este recorrido es durante la temporada baja y, menos mal, porque en verano Cadaqués se satura –los 3.000 habitantes se quintuplican– y puede hasta cerrar. En los últimos años también restringieron a la mitad la cantidad de pasajeros que pueden descender de los cruceros que zarpan desde el puerto de Roses a pasar el día en Cadaqués. A pesar de la temporada baja igual hay gente, pero no agobia. Se encuentran mesas en los bares y es posible caminar por la costanera en calma. No es época de playa; igual, una chica toma sol sobre una lona y dos niños juegan a tirar piedras en el mar.
El auto queda en un estacionamiento que cobra por minuto medio euro, y luego es “callejear”. Eso responde la empleada de la oficina de turismo cuando le pregunto qué hacer.
–Te pierdes, pero enseguida te encuentras.
Es un día soleado de cielo azul, quizás por eso el pueblo parece todavía un poco más blanco. Quedan algunas buganvilias en flor, aunque ya pasó el verano. Higueras, cipreses y suculentas en balcones y jardines. Escucho las olas romper contra algún muro antes de ver el mar. Las tapas de luz de las calles están pintadas con intervenciones marítimas: una puesta de sol, un velero, un atardecer. Veo ropa blanca tendida sobre paredes blancas y, medio encandilada, trepo hasta la iglesia de Santa María. Un hombre toca la guitarra y el viento se lleva la música. Adentro parece que el dorado del altar barroco no brillara nada frente a la luz brutal del día. Leo que la misa es el domingo a las 10.
Distingo algunos turistas con el uniforme de Cadaqués que describió Lluis. No muy distintos a las fotos de Dalí, con camisa blanca, abierta y con un nudo hacia el final. Dalí amaba la Costa Brava y, hoy, sus museos y legado son un capítulo esencial de este circuito. “El paisaje me robó a mí”, dijo en una entrevista al volver, en plena posguerra. En la estatua del paseo marítimo se lo ve de traje, con bastón y bigote, el outfit que usaría cuando vendía obras –durante las estancias en Nueva York y París–, no cuando las hacía. La escultura de Ros Sabaté es de 1972 y la cedió a Cadaqués el polémico secretario de Dalí, John Peter Moore, acusado de falsificación de obras.
Veo galerías de arte con exposiciones de artistas contemporáneos, tiendas de ropa náutica y la heladería artesanal Joia, que promete sabores exóticos: lychee con rosas, mango de la India, lavanda de Provence, leche de coco tai, cassis a la violeta. Cuento una fila de 30 personas para probarlos.
Quiero caminar hasta la pequeña bahía donde Dalí pintó el cuadro “Port Alguer” y pararme en el mismo lugar que las mujeres con los cántaros en la cabeza, un poco antes de los soportales. En el camino cruzo una inmobiliaria donde se vende una propiedad por € 4.800.000 (260 m2) y Can Cabrisas, una confitería antigua a la que decido entrar (antojo). Atiende Mercé, la dueña. Muestra en la vitrina rosquillas de anís de Figueras y los taps dulces, bizcochos con forma de tapón de champagne con mucha salida. Mercé dice que desde que salió una nota en la TV coreana no paran de vender. Hacen 5.000 por día y no dan abasto.
–Somos pasteleros desde el 1700. Antes se llamaba La Mallorquina.
–Entonces quizás habrá venido Dalí.
–Claro, cómo no. Mi padre y mi abuelo lo atendían, era una persona agradable, vamos, que hacía de Dalí. De chica yo le he llevado pasteles a la casa. ¿Sabes qué le gustaba? El pescado de nata, como ese que tienes ahí.
Después de una pelea severa con el padre, que lo echó de la casa y de Cadaqués, Dalí encontró su refugio. No se fue demasiado lejos: Portlligat está a 3 kilómetros de Cadaqués. En 1932 compró una barraca de pescadores para instalarse con Gala y tener su taller. Según él, en esa bahía breve había una “tranquilidad planetaria”. Durante los siguientes 40 años, además de trabajar, se dedicó a expandir esa barraca a partir de nuevos módulos que compraba y anexaba, según él, como una “estructura biológica”. Antes de viajar a París (en otoño) y a Estados Unidos (en invierno) dejaba el diseño bocetado y, a la vuelta, tenía que estar listo para que Gala lo decorara. Así fue hasta que la musa murió, en 1982, y Dalí no volvió nunca más. El trabajo quedó a medio terminar y así se ve, el bastidor sobre el caballete, como si hubiera tirado el pincel y salido corriendo. Durante más de una década, la casa estuvo vacía –pero cuidada– y, en 1997, la adaptaron y transformaron en la Casa Museo de Portlligat.
Se construyó sobre la roca y las escaleras sortean los desniveles entre las distintas estancias: el cuarto principal, los estudios de trabajo, el vestidor de Gala, la biblioteca, el cuarto de los colores. Hay objetos táctiles, que utilizaba para inspirarse: desde el caparazón de un erizo hasta piedras, estrellas de mar, espejos y siemprevivas, la flor que más le gustaba a Gala. Desde las terrazas se ve el Mediterráneo y en los jardines crecen olivos.
Después de recorrer la obra, uno se queda pensando en el genio del arte y del marketing, en las extravagancias, en la vida privada de los surrealistas.
Como es fuera de temporada, está habilitado el camino angosto y sinuoso que llega al faro del Cap de Creus. El paisaje mineral de roquedales oscuros se va abriendo hasta que aparece el mar, primero a la derecha, después a la izquierda y, al final, es omnipresente. El faro está a unos 600 metros de altura. Ahí se estaciona el auto y cada uno elige su propia aventura: 1) conocer el museo gratuito que cuenta la historia del parque natural; 2) tomar una caña en el bar; 3) bajar hasta el mar por picadas en las rocas y hacer un tramo del Camí de Ronda; 4) encontrar una roca y quedarse ahí sin hacer nada. Algo tan elemental como sentarse a mirar el mar, eso también es la Costa Brava.
Datos útiles
“Triángulo Daliniano”. Así se llama la ruta que une las tres propiedades de Dalí: el Teatro Museo de Figueras, la Casa Museo de Portlligat y el Castillo Púbol.
CÓMO LLEGAR
- Level A partir de este año, cuenta con ocho frecuencias semanales directas de Buenos Aires a Barcelona. Desde u$s 396 el tramo. La clase Premium Economy incluye servicio de comidas.
DÓNDE COMER
- Cala Jóncols A 12 km de Roses. T: + 34 972 25 3970. Hotel y restaurante sostenible donde también se elaboran vinos biodinámicos envejecidos en el fondo del mar (www.vinosdelmar.com). Un vino de mar cuesta entre € 45 y € 180. La cocina tiene la impronta mediterránea con productos de proximidad: pescados y mariscos de la lonja de Roses y vegetales del huerto propio. Imperdible la fideuá, el tartare y el carpaccio de gambas. Un almuerzo con vino ronda los € 50 por persona. Las 29 habitaciones son blancas, con decoración mínima y vista abierta al mar. Tienen planta purificadora, compostadora, trituradora de vidrio y no usan plásticos en el restaurante. Desde € 120 la doble.
PASEOS Y EXCURSIONES
- Teatro Museo Dalí Plaza Gala y Salvador Dalí 5, Figueras. T: + 34 972 67 7500. Gran museo con la obra principal del pintor. Es imprescindible reservar la entrada por internet para asegurarse la visita. De martes a domingo, de 10.30 a 17.45. € 17.
- Casa Museo Portlligat Portlligat. T: + 34 972 251 015. Después de la visita guiada, arriba se puede ver un documental con fotos excelentes y poco conocidas de Dalí y Gala. Todos los días, de 10.30 a 17. € 15.
- Castillo Púbol Gala Dali s/n, Púbol. T: + 34 972 486 655. Dalí compró este castillo medieval en 1969. Queda en el municipio de La Pera, Bajo Ampurdam. Después de acondicionarlo se lo regaló a Gala y cuando ella murió trasladó allí su taller. Gala está enterrada en ese castillo. Martes a domingo, de 10.30 a 16.15. € 9.
- Museo Cadaqués Narcís Monturiol, 15. T: + 34 972 258 877. Exposiciones que dan cuenta del patrimonio artístico local, Dalí incluído, por supuesto. Todos los días, de 10.30 a 17.30, menos los martes y los domingos por la tarde. € 6.
- Camí de Ronda Se llama así a un camino que conecta por la costa Blanes y Portbou, en la frontera con Francia. Antiguamente, se usó para el control del contrabando. Desde que fue recuperado para el turismo se puede hacer por tramos para disfrutar de vistas abiertas del mar y los paisajes abruptos de la Costa Brava. Por ejemplo, desde Cala Montjoi a Cadaqués son 10,4 km, unas cuatro horas de caminata, con ascensos, descenso y vistas maravillosas del Cap Norfeu.
- Parque Natural Cap de Creus Ubicado en el Alto Ampurdán, el parque tiene un sector marítimo y otro terrestre, con opciones de senderismo y ciclismo. Es mejor planificar la visita porque las opciones de caminatas son extensas y de distintas dificultades y duración. También, es posible ingresar por varios sectores. En la página de los parques catalanes se puede descargan mapas e itinerarios. Al lado del faro de Cap de Creus hay un museo con entrada gratuita.
- Jardines de Santa Clotilde Passeig Jardins s/n. T: + 34 972 370 471. Para los que les gusta caminar: hay Camino de Ronda desde el jardín hasta Lloret del Mar. Todos los días, de 10 a 17; en verano, de 10 a 20. € 6. Para los fans de los jardines, en la Costa Brava hay tres más: Marimurta y Pinya de Rosa, en Blanes, y los Jardines de Cap Roig, en Calella de Parafrugell.
- Vero Medina Events T: + 34 609 01 9042. IG: @vero.m.events Verónica Medina organiza salidas a la carta: puestas de sol, clases de cocina, visitas patrimoniales y degustaciones de pequeños productores de vino, como La Vinyeta y Vinyes des Aspres. Experiencias a medida. El paseo en velero a Cala Joncols, con degustación de vinos de mar, almuerzo y visita a los viñedos, desde € 200 por persona.
- Salidas en velero Navegaciones cortas, de una hora y media para ver cómo el sol se esconde detrás de los Pirineos (€ 150 para cuatro personas) y también de varios días, a Menorca y a Colliure, en Francia. Una salida desde Roses hasta Cap de Creus, durmiendo en Cadaqués, € 1000 para cuatro personas.